Gente tóxica


Pequeño homenaje a Lou Reed y su “Walk on the wild side

Optó por la discreción de cruzar las piernas y mantenerse al margen. De todo. De todos. Había llegado a la ciudad con poco más que una maleta y algo de dinero. Por el camino se arregló las cejas en un arco de sorpresa permanente, se depiló las piernas, sus largas piernas, y él se transformó en ella. Hasta que un día se puso en pie. Dejó la larga boquilla en el cenicero. Comprobó que la costura de sus medias estaba completamente recta. Se transformó en Atila, allí donde pisó, allá donde pasó, se transformó en un yermo páramo en el que no volvió a crecer la hierba.

Él trabajaba en el guardarropa. Como ella, había cruzado el país haciendo auto-stop, pero siempre supo el destino al que quería llegar, aquella sólo iba a ser una estación en el viaje. Él la esperaba, desde siempre, detrás del humo de un cigarro a medio consumir en la comisura de la boca, deseando tener el sombrero y el aplomo del señor Bogart, no la veleidad de la inexperiencia cuando ella desplegó todas sus artes y él no supo cómo defenderse.

Ella supo cómo hacerle daño todas las veces que le dijo que le quería, clavando sus largas uñas púrpuras en su espalda, actuando como un caníbal sobre sus labios, cada vez que le pedía perdón, cada vez que le volvía a herir. A veces, con un chico al fondo del local. A veces, con la fogosa camarera que reinaba tras la barra. A veces, con el ricachón que miraba de reojo al anudarse la corbata bajando las escaleras del cuarto oscuro. A veces, con cualquiera que no fuera él.

Cada vez que volvía se excusaba diciendo que no era capaz de evitarlo pero que era con él con quien quería estar, aunque la realidad contradecía las palabras.

La primera señal fue un olor que ella no supo identificar, una colonia que no conocía. Después, la marca de un mordisco en su pecho, prácticamente en la aureola del pezón. No lo dio importancia. Tampoco le importó el día que fue a buscarle y se había marchado porque “estaba muy cansado” o que no respondió al teléfono móvil porque se había dormido. Las heridas que le infligía era más superficiales cada vez. Cada vez que se arreglaba la ceñida falda después de estar con el calvo sudoroso que la mandaba flores cada mes. Cada vez que se retocaba la pintura de los labios tras sudar con el pinchadiscos del local. Cada vez que llegaba a casa y él estaba ya durmiendo en la cama.

Hasta el día que faltaron dos maletas. Y tuvo que desayunar café con el veneno de su cizaña.

mp3: Kings of convenience “Toxic girl”

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