Como la canción de Tom Jones


Buscó el número en la D del teléfono privado, el que casi nunca usaba, sometido a la eterna tiranía del móvil de trabajo en el que siempre estaba localizado.

No solía recurrir demasiado a sus servicios pero, de vez en cuando, la revolución hormonal era demasiado exigente como para poder aliviarla en soledad. En un par de horas ella estaría allí, en aquel piso demasiado grande para una persona sola, tan impersonal como las fotos de una revista de decoración, tan aséptico como un quirófano, tan anónimo que, la gran parte de las veces, no era capaz de reconocerse, de encontrarse en aquél espacio, de localizar ni el mando a distancia de la televisión. Pero en breve llegaría ella, Delilah, como la canción de Tom Jones, no Dalila como la de Sansón. Delilah para llenar, brevemente, aquél espacio.

No era de aquellos que recurrían asiduamente a los servicios de una profesional, no se consideraba un putero, pero llegó un punto en su vida en el que decidió que el contrato mercantil le convenía más que el contrato matrimonial. Para eso tuvo que llegar un momento en el que se dio cuenta de que su vida no era más que una sucesión de ciclos que empezaban con un matrimonio, continuaban con la ruptura y terminaba en el juzgado. Así tres veces. La cuarta vez que se vio metido en el mismo círculo vicioso y viciado, cayó en la cuenta de que, para él, lo mejor era librarse de ataduras.

Fue una primera vez casi tan traumática como la primera vez con una mujer, tan nervioso estaba que no sabía ni cómo actuar. Aunque intentara negarlo, fue obvio, no consiguió una erección lo bastante satisfactoria como para poder llevara cabo la tarea que se había encomendado a sí mismo y a su ego. Cuando fue consciente que aquello era follar, no hacer el amor, su relación con las distintas hetairas que promulgaban su amor en las páginas del periódico. No fueron muchas, pero sí unas cuantas, las que pasaron por aquella cama king size, y siempre quedaba aquella sensación de que no llegaba a ser un hombre construido a la altura de sus deseos, de sus expectativas. A lo mejor no era una satisfacción física, pero sí que lo era emocional: dos cuerpos reconociéndose como animales, reconfortado por la falta de reproches, amparado en la carencia de los compromisos, cimentado en el vil metal.

Y apareció ella, una diosa del lenocinio, con todo un repertorio aprendido de juegos de seducción. Delilah, como la de la canción de Tom Jones. El compromiso fue consigo mismo y eso le valió. Sin palabras de doble sentido, sin las reconvenciones de la salud y la enfermedad, de las alegrías y las tristezas, de la pobreza y la riqueza, desterrada la sentencia del hasta que la muerte os separe.

mp3: Tom Jones “Delilah”

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