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Diva del extrarradio


Otra pequeña historia con una mujer de protagonista. No sé por qué me ha dado esta racha.

Nunca llegó a ser una vedette, ni siquiera corista o suplente. A lo más que llegó fue a camarera de una barra americana de siete a tres. Un sitio con mucho estilo, eso sí, lo que viene a significar que el número de clientes babosos era relativamente reducido. Triunfar es complicado y la gran ciudad es un ente antropófago que, antes de que te des cuenta, te está fagocitando. Y cuando te regurgita, te devuelve como otra persona, como quién no pretendías ser, el reverso tenebroso de los inocentes sueños del que cree tener la vida por delante. Así que cuando el tipo del final de la barra que fumaba un Ducados tras otro le propuso matrimonio no vio ninguna razón para rechazarlo, las mismas qué encontró para aceptarlo.

Pese a todo fue blanca y radiante al altar, aunque sabía de sobra que aquél color no era más que otra impostura. La luna de miel, en Canarias. El primer hijo, con el nombre de su abuelo paterno, igual que su padre. La hija, casi un año después, con el nombre que la abuela eligió.

Al cabo del suficiente tiempo, la vida que no había soñado la golpeó con la potencia de una apisonadora. Fue un viernes por la tarde, cuando los niños habían salido con sus amigos y el marido no había llegado de la oficina (o del lupanar de turno, no había perdido las costumbres). El primer vaso fue accidental, sí, pero el segundo se rompió por los sueños qué no había cumplido, como el tercero se partió por la soledad de una madre que nunca pudo ver crecer a sus hijos por tener que fregar escaleras, el cuarto se estrelló contra el suelo con la amargura de toda una vida que le había engañado.

Aquél sábado, le pidió a su marido que la llevara al centro comercial. Necesitaba comprar vasos.

mp3: Bebe “Que nadie me levante la voz”

Sopa


No hace más que mirar al frente con la dignidad de una esfinge mientras escucha los reproches que tantas veces le ha echado en cara. Tantas que ya no la afectan.

Al principio lloraba. Después apretaba los labios hasta transformar su boca en algo similar al tajo de un cuchillo. Ahora ha conseguido mantenerse impávida al tiempo que los gritos de se vuelven asmáticos, sus manos tiemblan, su cabello clarea, su piel se convierte en papiro.

No le escucha.

No le oye.

Pero sabe qué está diciendo. Consciente de lo que espera de ella, interpreta el papel para el que la ha elegido, regresa de la cocina con el plato de sopa que le acerca de forma lenta a su viudedad.

 mp3: Bebe “Ella”

La hija del lanzador de puñales


She says sometimes
she spread the legs,
she doesn’t care
for the name of the guest.
After he’s finished
she waits for the next
Christina Rosenvinge “Easy girl”

Dice que, a veces, se abre de piernas sin preguntar el nombre del huesped. Otra ciudad. Otra cara. Otro cuerpo. Bajo las uñas pintadas de bermellón, el polvo de un camino que ha recorrido mil veces. Otra ciudad. Otra cara. Otro cuerpo. Se culpa a sí misma, tratando de encontrar atajos en las distancias cortas. El lugar es lo de menos. Una playa al amanecer, el asiento de atrás de un coche con olor a ambientador de pino, las escaleras de un parque. Otra ciudad. Otra cara. Otro cuerpo. Y vuelta a empezar. Busca una excusa para enfrentar la tiranía de la soledad, haciéndose la fuerte, levantándose la falda, abandonándose a otros cuerpo que, después le dan la espalda. Otra ciudad. Otra cara. Otro cuerpo. Y en la caravana, en dirección a otro punto de partida, se lima las uñas, lamentándose de que nunca la han besado en los labios.

mp3: Christina Rosenvinge “Easy girl”

El hombre que descubrió el agua


Éste relato forma parte de un ejercicio del foro de

Taller Literario en el que se proponía escribir una historia de entre 1000 y 1500 palabras con el agua como elemento central. Al final, en mi historia, el agua es un elemento tangencial, pero para cuando me quise dar cuenta, la historia ya tenía forma.

El hombre que descubrió el agua, agitó los hielos que naufragaban en su whisky, provocando seísmos a escala en aquellos icebergs, se encogió de hombros para justificarse:

-El agua ya estaba allí, yo sólo descubrí el océano.

Siempre se escudaba en su presencia taciturna para esquivar las preguntas impertinentes y los peregrinos intentos de hacerle saltar a la fama como descubridor de uno de los elementos básico para nuestra existencia. Si alguien le preguntaba qué océano había descubierto, un gesto ambiguo con la mano que lo mismo podría decir que te callaras la boca que significar algo a una distancia inimaginable, más allá de la comprensión de una persona que, como yo, sólo había recorrido las cuatro esquinas de su ciudad.

Perenne parroquiano del bar en el que me gano el sustento, su presencia silenciosa e indolente, lo convertía en otro elemento de decoración de aquél tugurio, cualquiera podría decir que siempre estaba allí, a cualquier hora, cualquier día, con su abrigo raído y su desastrosa barba de una desvaída blancura salvo en el contorno de la boca, donde la nicotina la había teñido de un tono pardusco.

En días como éste, suele acodarse en la barra y con su lacónico gesto se le sirve su vaso de escocés con tres piedras de hielo en vaso ancho, él rezongando “En buena hora he descubierto el agua, me he empapado”, sin decir nada más el resto del tiempo en el que se transforma en parte del mobiliario, con la excepción del día que cualquiera de los habituales del bar puede recordar, cuando pidió una segunda copa y nos contó que toda aquella historia de que él había descubierto el agua no era más que una patraña, un bulo que los años habían elevado a categoría de mito y del mito había llegado a considerarse realidad. Y agregó que estaba tan cansado que lo había dejado todo para tomarse unas vacaciones que durarían hasta que lo considerase oportuno. Ese día fue el único ataque de locuacidad que tuvo en todo el tiempo que le he conocido. Bueno, conocerle es una palabra que viene grande al hecho de compartir el mismo espacio en el mismo momento. Desde aquél día, marcado en los pequeños históricos vividos en ésta tasca, no ha vuelto a decir una palabra.

Sin embargo, la rutina diaria de hoy se ha visto ligeramente trastocada por su llegada antes de la hora habitual. No ha sido gran cosa, cinco minutos a lo sumo, pero el ansia con la que ha agarrado su vaso ha sido más locuaz que un gran discurso. Yo escucho. Yo veo. Pero no digo nada, nunca digo nada, en eso me parezco al hombre que descubrió el agua, aunque en mi caso son motivos profesionales los que retienen mi lengua y me convierten en confesor casual de aquellos que se acercan a la barra: así he escuchado historias de infidelidades, insatisfechas venganzas o turbios recuerdos de otras vida. Ella ha llegado poco después que él, provocando una queda conmoción entre la gente que ya estaba en el bar porque no es normal

que una mujer como ella se deje caer por un antro como éste. De pies a cabeza se le podía confundir con una de esas mujeres fatales que aparecen en las películas de gansters de madrugada, esas que traen la desgracia a todo aquél que se cruza en su caminar felino. Se ha

sentado en la banqueta contigua al hombre que descubrió el agua el agua. Ginger ale con mucho hielo. Y una guinda. La tensión entre ellos es tan palpable como un muro que les impidiera dirigirse la palabra, entablar la conversación en ciernes, verbalizar lo que reconcome a cada uno como una condena.

El tácito silencio lo rompe su voz de aguardiente:

-No piensas decir nada ¿verdad?

El hombre que descubrió el agua no se digna en mirarla, concentrado en su vaso de whisky como si su vida dependiera de ello, un salvavidas en tierra firme frente a la próxima marejada.

-Después de todo lo que he pasado por encontrarte podrías, al menos, dignarte en responderme. Sólo te estoy pidiendo una explicación.

Su arenga choca contra el infranqueable silencio de aquél que se refugia en el mutismo como forma de defensa. Ella mira a su alrededor, el furtivo mohín de asco que se dibuja en su cara no me pasa desapercibido.

-Además, de todos los lugares, de todos los momentos, de los miles de planos y mundos que podías haber escogido, tenías que haber venido a éste.

Sus hombros se encogen pero su expresión no cambia, impávido ante las palabras de la mujer, cada vez más exaltada pero siempre manteniendo las formas y un tono de voz que sobre el resto de los presentes está haciendo que pensemos en situaciones lascivas vividas, imaginadas o deseadas. Mi transpiración hace que la camisa se me pegue a la parte baja de la espalda, las manos me tiemblan de una forma casi imperceptible, pero suficiente como para que me cueste secar los vasos. Todos estamos pendientes de sus palabras, de que su voz nos siga llevando a los lugares que deseamos.

-Nadie es capaz de dejar sus responsabilidades como tu has hecho. Me parece comprensible que estés cansado. Puedo entender que desearas poner un tiempo y una distancia entre lo que has hecho, lo que haces y lo que tienes que hacer, pero eso no es una excusa. No puedes llegar un día y decir: lo dejo. Y desaparecer sin dar explicaciones. Ni a mí ni a nadie. Y no saber cuándo y dónde pretendes volver. Las cosas no funcionan así. Y no me digas que tu pusiste las normas, que te las inventaste y que por eso las puedes romper y hacer con ellas lo que se te antoje. Porque sabes que no es así, sabes que no depende de ti, que hay entidades que te esperan, que tienes responsabilidades en éste y en otros planos y lugares como éste.

La mirada de él, por primera vez desde el comienzo de su diatriba, se aparta del vaso para posarse en ella, de una forma tan silenciosa y significativa que ella tiene que admitir:

-Vale, no tienes ya ninguna responsabilidad sobre éste plano

en éste momento, pero eso no quita para que en otros sitios te necesiten. Tienes que poner orden. Su reproche cala en los testigos de la escena, haciéndonos rememorar momentos en los que pudimos cambiar los rumbos de nuestra vida y dejamos que pasaran: yo recuerdo cierto barco en una mañana de enero, aquél parece barruntar las palabras que tenía que haber dicho en alguna otra ocasión, ese de allá no puede evitar llorar mientras mira sus manos.

-Ya somos demasiado mayores para andarnos con éstas tonterías. Tienes responsabilidades. Tienes que asumirlas. Y no vale con decir que renuncias a ellas. Sabes que no puedes. Sabes que no funciona así. No sé ni por qué te tengo que decir ésto. Nos regimos

por normas, por normas que nosotros no imponemos pero que tenemos que respetar. Y tu el primero.

Ella parece vencida, baja la cabeza. Su cabello cae como un telón sobre su rostro poniendo un punto y final a sus palabras. La voz de él nos sacude, parece que sale de un lugar polvoriento y lejano.

-Tomé una decisión: no me siento orgulloso de ella, ni pretendo justificarme. Pero tampoco me quiero echar atrás. Hace un tiempo hice cosas de las que me puedo arrepentir pero que no se pueden deshacer. Vivir con ellas es más de lo que cualquiera puede soportar.

-¿Como descubrir el agua?- me atrevo a preguntar, inundado por un impulso que no sé de donde sale pero que me impele a romper mi silencio de convidado de piedra tras la barra.

-Basta ya de esa historia, el agua estaba allí: yo sólo la separé de la tierra- se vuelve hacia la mujer a su lado -¿Crees que puedo estar orgulloso de ésto?

-No quiero escuchar más lamentos- restalla con un tono que parece el de un látigo -¿Vas a estar todo el tiempo regodeándote en tu autocompasión?- Antes de que él sea capaz de responder, sisea -Nunca has sido capaz de terminar nada de lo que empiezas.

Como si su palabra hubiera golpeado su rostro, herido en su orgullo, se incorpora, la toma del brazo y la levanta de la banqueta. -No eres quién para juzgarme- sentencia arrastrándola fuera

del local.

El silencio se instala entre los que quedamos, incapaces de comprender qué es lo que ha pasado. Sus vasos, el único vestigio de su paso. Sé que mañana su banqueta estará vacía. Pero también sé que el hombre que descubrió el agua no estará demasiado lejos de éste sitio. Y de ninguno.

mp3: Bloc Party “So here we are”