Downtown


Con sus mejores galas. Taconazo, minifalda y gafas de sol. Cogió el metro, protegiendo su maquillaje de fundirse por el inclemente calor de un verano que se resistía a darse por vencido. Sabía que atraía las miradas de más de uno en aquél vagón. De todos menos de aquél con su nariz metida en un libro y con los auriculares puestos, el único que no la había prestado atención cuando con su paso de gacela se había asentado en el asiento libre frente a él. No le pasaba nunca. Estaba acostumbrada a que la miraran, a ser el objeto de libidinosas fantasías por parte de los hombres que acompañaban sus trayectos en metro. Era una ley natural. Cruzó sus largas piernas y se puso de lado para mostrar la parte más favorecedora de sus muslos, una pose que tenía bien ensayada y que sabía que causaba estragos porque la falda se deslizaba justo hasta el lugar perfecto para exhibir sus muslos. Aquello tampoco funcionó. Pensó que sería maricón, pero
no tenía pinta y ella nunca había perdido una batalla de ése tipo. Se inclinó hacia delante, buscando algo en el bolso y exponiendo a la vista de aquél que lo deseara un escote generoso apuntalado por un sujetador de encaje negro. Aquellos atributos los había heredado de una madre que, en su juventud, había trabajado en una barra americana. Pero ella sabía como sacar provecho de aquellos firmes pechos y el escote en forma de corazón junto con el sujetador suponía un arma de destrucción masiva de resistencias masculinas. Pero aquél chico no hacía el menor ademán de haber reparado en su belleza. Era algo inaudito, pero no sacaba las narices del libro. La cuestión es que era bastante mono, no del tipo de hombre que le solía gustar, mucho más rudo y menos refinado, pero tenía un algo que la atraía. Era algo ridículo. A ella le gustaban los tipos con coche y no usuarios intelectuales de transporte público. Era para volverse loca, pero el
chaval no la prestaba la menor atención. Retomó su postura, irguiéndose en el borde del asiento, echando los hombros hacia atrás y levantando la barbilla, las piernas aún cruzadas con la falda lo suficiente subida como para interpretarla como la promesa del territorio incógnito de su pubis. Pero nada. Alguno de los otros viajeros estaba al borde de la taquicardia ante aquél despliegue de energía femenina. Se decía a sí misma que no podía ser normal. Ella era ese tipo de mujer que hace que a los hombres les huela el sudor fuerte. Pero por más que lo intentaba, no lograba llamar la atención de aquél intelectual. Las impersonales voces anunciaban una parada tras otra, luego otra mas. El enfrascado en el libro. Ella tratando de provocarle. En un momento dado, ella se dio cuenta de que se había pasado de parada inmersa, como estaba en una lucha de su ego contra aquel muro de indiferencia masculina. Con la destreza que solo tienen las mujeres, se levantó para bajarse en la siguiente estación. Por una vez, había perdido.

Dos días mas tarde se descubrió a sí misma en la sección de libros del centro comercial buscando la portada de la novela que llevaba el intelectual del metro.

mp3: Petula Clark “Downtown”

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Un pensamiento en “Downtown”

  1. Me gusta mucho esto que has escrito, Antonio. Tienes una muy buena capacidad para narrar. Además, la historia tiene una longitud perfecta para no aburrir.
    Leyéndote me dan ganas de ponerme a escribir sobre todos los temas que se me han ocurrido en mis vacaciones (menos mal que he tomado notas en mi libreta para que no se me olviden).

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