Sálvate


 

lemat 

Se adelantan los vientos de la primavera
huele a romero y a humedad,
la bayoneta cruzada en la espalda
con la vieja manía
de construir castillos en el aire.

Cruzando calles a ciegas,
el loco del tarot no despegará
                                      los labios.

Habiendo perdido la costumbre
de batallar contra pesos pluma,
se hace cuesta arriba
la tradición de inmolarte.

Sálvate de los tiempos de bruma.

Sálvate de la cordura traidora.

Sálvate de la insidiosa morriña.

Ajustando cuentas con el destino
trazado en la palma de la mano,
arena de reloj
llenando los bolsillos.

Pudiendo ser tu propio adversario
te convertiste en tu esclavo.

Se adelantan los vientos de la primavera.
No osan pasar más allá del zaguán.

mp3: Moloko “Come on”

El orgullo del Tercer Mundo (o África empieza en los Pirineos)


 

Esta entrada no es la que tenía planeada colgar hoy, pero lo que he sufrido ayer merece que me desahogue un poco.

Se supone que vivimos en un país desarrollado, que pertenecemos a la Unión Europea (éste semestre, incluso, somos el país que la preside). Pues bien, con tanto desarrollo como el que tenemos, resulta que cuando hay una helada y cae una nevada, el país desarrollado se colapsa y vuelve a la edad de piedra, o de hielo, como prefiráis.

Así, un viaje de cuatro horas y medias se transforma en una odisea: mi tren destino a la Villa y Corte tenía que salir a 19:20 pero se retrasó hasta las 19:50 ¿Por qué? Sin explicación alguna, porque para qué le vas explicar nada a los sufridos clientes y viajeros. Que se joroben. Al menos ese era el careto de todo el personal del tren. Las estaciones se sucedían con más o menos normalidad. Y a las 23:00 se llegó a Valladolid donde, en teoría, había cambio de tren. Algo anunciado en la web de Renfe desde dos días antes. Sabiéndolo de antemano te plantéas que ya tendrán el nuevo tren preparado, que lo pondrán en el andén de enfrente y cambiarás de vía tan feliz sin más contratiempo… Craso error: el nuevo tren no estaba listo y nos dijeron que tardaría 45 minutos que se alargaron hasta casi la hora y media y lo pusieron en otro anden al que, para acceder, había que subir una pasarela de escaleras empinadas lo que, con los maletones que llevaba la gente lo convertía en una proeza digna de unos cuantos cantares de gesta. Al final el tren se puso en marcha llegando a su destino a las 2:00. En fin. Resignación. No va a haber metro así que habrá que soltarle la tela a esos majos señores que conducen coches y se hacen llamar Servicio Público: los taxistas. Lo que no se esperaba nadie es que el tren anterior todavía andaba esperando taxis y que estos aparecían con una frecuencia de uno cada cinco minutos. La cola de doscientas personas en la estación de Chamartín era de proporciones épicas. Así, a la intemperie hubo que esperar más de dos horas hasta que un simpático taxista (esto va sin coña, era majo de verdad) apareció para llevarme hasta mi casa. Hasta que apareció, un grupo de intrépidas damiselas se enfrentaron a los seguratas de Chamartín para pasar dentro de la estación y resguardarse del frío. La actitud de estos no es que fuera lamentable, es que fue tan delirante (uno de ellos llegó a decir “A mí no se me quejen y prendan fuego a la estación que es lo que tienen que hacer”) que llamaron a las fuerzas del estado que, como no tenían nada mejor que hacer, se presentaron en la estación. Hasta seis zetas y una furgoneta se presentaron en el lugar de los hechos. Poco más y nos piden que nos disolvamos por reunión ilícita. Y para más recochineo, a las 4:15 sale un policía con voz engolada que anuncia que van a abrir la estación para que los que quieran puedan entrar a resguardarse del frío pero que no se hacían responsables del lugar en la cola para los taxis. Qué gracioso. La estación de Chamartín abre sus puertas a las 4:30.

Al final, a las 4:35 logré llegar a casa. Sólo tardé 9 horas en llegar a mi destino.

Y digo yo ¿qué pasa en el norte de Europa cuando ocurren éste tipo de cosas? ¿No nos pueden enseñar nada a los pobres españolitos?

mp3: Snow “Informer”

La señorona


 

Al fondo del bar, humo y luces tenues. Tan dramático es para ella el no ser capaz de desprenderse de aquellos modales empañados de naftalina como que le quede como un saco cualquier modelito de “haute couture” cortado a medida. Sus formas de señorona de sesenta años contradice una edad biológica que no llega al tercio de siglo. Harta de la imposibilidad de verse favorecida de forma alguna por los modelitos acordes con los años que pone en su carné de identidad ha optado por el luto como base de su fondo de armario. El negro de moda entre los góticos, aquél que siempre se considera que combina bien con cualquier cosa, el que se cree que hace la silueta más estilizada, en su caso se transforma en un borrón en tu visión periférica. De pronto un manchurrón negro llena el espacio, mientras un aroma de flores marchitas toma posesión del ambiente transformando al resto de los presentes en estatuas convidadas a su prematura decrepitud.

Dicen que perdió la razón como una Penélope de Serrat. Que por eso habla en voz alta consigo misma con un tono que hiere el tímpano de todo aquél que están en un radio más o menos próximo a su influencia. El tema casi siempre es ella misma en una suerte de monólogo autobiográfico con el que templa los días para darles la forma que mejor se adapte a su incapacidad de que alguien se interese por su incesante charloteo. Aquellos que, por desconocimiento o audacia, han tratado de interesarse por lo que dice, por sus historias, sus anécdotas o sus necias opiniones, generalmente no sacan nada en claro más que desquiciadas disquisiciones sobre la vida que dan lugar a comentarios jocoso. Especialmente cuando, con un auditorio que la presta atención, trata de hacerse más intelectual de lo que es.

Al fondo del bar puedes llegar a escuchar perlas que persisten en tu memoria dado el asombro que te producen como aquello de “Una vez me he fumado un porro de manzanilla y casi me muero”, esas opiniones políticas dignas de usarse como muletilla en cualquier conversación del tipo “Hay que distinguir entre dos izquierdas: la buena y la mala”, los impagables momentos literarios “Me gusta mucho Monterroso, nunca me he terminado de leer su historia sobre el dinosaurio, pero lo sigo mucho” o “Pocoyo es demasiado intelectual para mí”, sin olvidar sus conocimientos histórico-electricistas “Me he quedado sin luz en casa: se ha caído la gleba”

Cerca de la cirrosis, la dejamos en el fondo del bar, humo y luces tenues, mientras ojea el Venca como quien revisa el Vogue.

mp3: Lostprophets “It’s not the end of the world but I can see it from here”