El orgullo del Tercer Mundo (o África empieza en los Pirineos)


 

Esta entrada no es la que tenía planeada colgar hoy, pero lo que he sufrido ayer merece que me desahogue un poco.

Se supone que vivimos en un país desarrollado, que pertenecemos a la Unión Europea (éste semestre, incluso, somos el país que la preside). Pues bien, con tanto desarrollo como el que tenemos, resulta que cuando hay una helada y cae una nevada, el país desarrollado se colapsa y vuelve a la edad de piedra, o de hielo, como prefiráis.

Así, un viaje de cuatro horas y medias se transforma en una odisea: mi tren destino a la Villa y Corte tenía que salir a 19:20 pero se retrasó hasta las 19:50 ¿Por qué? Sin explicación alguna, porque para qué le vas explicar nada a los sufridos clientes y viajeros. Que se joroben. Al menos ese era el careto de todo el personal del tren. Las estaciones se sucedían con más o menos normalidad. Y a las 23:00 se llegó a Valladolid donde, en teoría, había cambio de tren. Algo anunciado en la web de Renfe desde dos días antes. Sabiéndolo de antemano te plantéas que ya tendrán el nuevo tren preparado, que lo pondrán en el andén de enfrente y cambiarás de vía tan feliz sin más contratiempo… Craso error: el nuevo tren no estaba listo y nos dijeron que tardaría 45 minutos que se alargaron hasta casi la hora y media y lo pusieron en otro anden al que, para acceder, había que subir una pasarela de escaleras empinadas lo que, con los maletones que llevaba la gente lo convertía en una proeza digna de unos cuantos cantares de gesta. Al final el tren se puso en marcha llegando a su destino a las 2:00. En fin. Resignación. No va a haber metro así que habrá que soltarle la tela a esos majos señores que conducen coches y se hacen llamar Servicio Público: los taxistas. Lo que no se esperaba nadie es que el tren anterior todavía andaba esperando taxis y que estos aparecían con una frecuencia de uno cada cinco minutos. La cola de doscientas personas en la estación de Chamartín era de proporciones épicas. Así, a la intemperie hubo que esperar más de dos horas hasta que un simpático taxista (esto va sin coña, era majo de verdad) apareció para llevarme hasta mi casa. Hasta que apareció, un grupo de intrépidas damiselas se enfrentaron a los seguratas de Chamartín para pasar dentro de la estación y resguardarse del frío. La actitud de estos no es que fuera lamentable, es que fue tan delirante (uno de ellos llegó a decir “A mí no se me quejen y prendan fuego a la estación que es lo que tienen que hacer”) que llamaron a las fuerzas del estado que, como no tenían nada mejor que hacer, se presentaron en la estación. Hasta seis zetas y una furgoneta se presentaron en el lugar de los hechos. Poco más y nos piden que nos disolvamos por reunión ilícita. Y para más recochineo, a las 4:15 sale un policía con voz engolada que anuncia que van a abrir la estación para que los que quieran puedan entrar a resguardarse del frío pero que no se hacían responsables del lugar en la cola para los taxis. Qué gracioso. La estación de Chamartín abre sus puertas a las 4:30.

Al final, a las 4:35 logré llegar a casa. Sólo tardé 9 horas en llegar a mi destino.

Y digo yo ¿qué pasa en el norte de Europa cuando ocurren éste tipo de cosas? ¿No nos pueden enseñar nada a los pobres españolitos?

mp3: Snow “Informer”

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