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Nunca conocí a Javier Krahe


Anoche mismo me asaltaba un pensamiento que me ha rondado la sesera durante los últimos años y es “¿Por qué nunca me he acercado a Javier Krahe cuando he tenido oportunidad?”. La cuestión me vino a la cabeza porque este fin de semana he tenido el privilegio de conocer a Luis Pastor, otro de los referentes para cualquiera al que le guste la música de voz y guitarra y se descuelgue un poco hacia la izquierda.

Las oportunidades de conocer a Krahe han sido varias, más que el primer concierto que le vi en la sala Galileo, en otros conciertos suyos en el maravilloso Café Central. Precisamente allí fue, tras un concierto de Andreas Prittwitz, sentado en la mesa de al lado de la escalera, que me contuve. No sé por qué. No sabría cómo abordarle. Siempre pensé que habría otra ocasión, un momento más adecuado.

Y se nos ha ido. Justo ahora. Que siempre había estado ahí pero de nuevo estaba cada vez más presente de la mano de generaciones que reivindican su mordaz y lúcido sentido de humor. Que su receta para cocinar un crucifijo debiera estar en el “1080 recetas de cocina”. Que todos somos un poco Cuervo Ingenuo y estamos aprendiendo que hombre blanco habla con lengua de serpiente.

Y yo con este post como un gilipollas, madre. Y yo con este post como un gilipo-o-o-llas.

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Remembranzas culinarias


 

Que la comida nos trae recuerdos no es nada nuevo, que se lo digan a Proust y a sus madalenas. Esto viene a colación de que estoy metido en la cocina preparando un curry y he recordado la primera vez que lo probé. Yo debía tener 23 o 24 años y estaba en plena efervescencia de liberación homosexual, vamos, lo que viene a llamarse la fase puta que viene tras la salida del armario.

Estaba por aquellos entonces en una relación un tanto extraña con un tío que me sacaba catorce años y me parecía el tipo más interesante que he conocido nunca (lo siento por las parejas que he tenido después: ninguno ha superado ese listón): era mayor que yo, tenía una vida MUY interesante, amigos con los que tener conversaciones que retaban intelectualmente, gente con la que podía hablar de cocina y acto seguido debatir sobre María Zambrano, me llevaba a cenar a sitios donde ni se me hubiera ocurrido ir, visitábamos calas que nunca he vuelto a pisar… Volviendo al curry, éste chico, bueno, hombre, tenía un novio que vivía en Los Angeles (casi nada) y llevaban una relación abierta. Vamos, que se ponían los cuernos mutuamente con el conocimiento y el consentimiento del otro. La cosa es que el novio fue de visita a Santander y me invitaron a cenar a su casa porque iban a preparar curry. Ésa fue la primera vez que lo probé y, en honor a la verdad, me encantó.

Después han venido otros currys y otros hombres. Buenos, malos, mejores o peores. Pero ninguno igual.

mp3: George Michael “Outside”

Playground love


 

690202 Aún no sabes lo que es el amor. Todavía no eres consciente de lo que te puede deparar la vida. Pero en el colegio, con seis o siete años, siempre te echas una novia. Simplemente imitando las costumbres de los adultos, lo que ves en casa, lo que ves en la calle. La mía se llamaba A. Tenía unos ojos enormes y el pelo siempre en una prieta trenza. Era mi novia, y eso bastaba para que jugáramos juntos en el patio a la hora del recreo.

No deja de ser una anécdota, un recuerdo de la infancia. Pero hay veces que me pregunto qué habrá sido de ella.

mp3: Air “Playground love”