El libro


 

verlaine Se ve que el libro está muy manoseado, que ha sido leído y releído varias veces, incluso con anotaciones a lápiz. Uno de esos volúmenes de poesía con las tapas negras, aunque éste tiene las esquinas dobladas y las páginas hace tiempo que han dejado de ser un uno compacto, cada una abarquillada por el manoseo y el paso del tiempo. Seguro que hace tiempo que ha olvidado que olía a cola y celulosa, a nuevo, ahora debe tener cierto aroma a baraja de cartas manoseada*.

Él ha debido cumplir la mayoría de edad recientemente, abre el libro buscando el verso preciso, lo relee, lo dice en voz baja como una suerte de conjuro contra la soledad. Rebusca entre las páginas otra frase que le duela. O que le recuerde a alguien. O que le explique por qué vuelve solo a casa. Pese a ser joven. Y ser guapo. Y lo bastante inteligente como para emocionarse con Verlaine y saberse sus poemas de memoria. La noche ha sido lo bastante larga como para contener humo, alcohol, risas y peleas. Para flirtear. Incluso para hablar con ése chico del flequillo raro que le hace tilín y que sólo es capaz de charlar de una saga de novelas para adolescentes mientras grita cada vez que reconoce una canción. Pero no ha habido ni una sola conversación. Ha hablado, sí, pero no le han escuchado, sólo le han oído.

Yo me bajo del vagón, ya he llegado a mi parada, pensando que, a su edad, yo también creía en los simbolistas franceses.

* Gracias Bea por esa imagen

mp3: Serge Gainsbourg “Les amours perdues”

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