Catholic Star System: la corista


 

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Era la hora; alguien había golpeado la puerta de aquél cuchitril que, airosamente, tildaban de camerino, gritando que faltaban cinco minutos. Se miró en el espejo, se ahuecó el pelo y humedeció los labios, tratando parecer natural bajo tal cantidad de maquillaje y laca que sólo reconocía sus ojos. Se resignó. Se santiguó. Aquella era una de las cosas que le correspondía hacer por ser la madre de la primera virgen embarazada que el mundo había conocido en más de dos mil años. Habitualmente no eran lugares tan cutres como aquella televisión local pero, como solía decir su confesor, dios está en todas partes y estar allí era una de sus responsabilidades. Para con su hija. Para con su fe, aquellas creencias que la habían salvado de consumirse en un hogar del que se había convertido en la chacha.

Pocas preguntas que le hicieran en plató la sorprenderían ya, tenía su guión más que aprendido. Que aquello era una bendición y que su familia se sentía honrada por aquella gracia del altísimo. Claro que era una responsabilidad. Pero la había acogido con regocijo y júbilo. Estaba deseando ver el rostro del hijo de dios en su nieto. La iglesia respaldaba a su hija y se decía que el propio Papa visitaría su ciudad para el bautismo. Claro que le iban a bautizar. No, no estaba segura del nombre que había pensado su hija para su descendencia, pero estaba segura de que todo el mundo lo conocería como el salvador. Claro que su vida había cambiado, nunca nadie había tenido la gracia que había recaído sobre su familia. Era un honor muy grande y lo sentía como una responsabilidad y un gozo. No daba crédito a rumores y habladurías de ese tipo de gente que no conocen el camino del señor, el camino de la fe. Ella y la iglesia sabían que su hija realmente era la madre del nuevo hijo de dios que se iba a hacer carne para redimir todos los pecados que había cometido el hombre. Con su nieto empezaría una nueva era de armonía para todos y paz en el mundo. Dudaba mucho que su hija mantendría el virgo tras el alumbramiento, pero los doctores de la iglesia tampoco se ponía de acuerdo sobre la virginidad de María tras el nacimiento de Jesucristo. En pocos días su hija saldría de cuentas y el mundo entero conocería la gracia del hijo de dios.

Se cuidaría muy mucho de quejarse de los viajes de un lado a otro, del mundo de los hoteles, de las maletas perpetuamente extraviadas en aeropuertos de países que ni siquiera sabía que estuvieran bajo el cielo, de los incrédulos que la insultaban, de los curas que la aleccionaban, del desajuste horario que acumulaba en su cuerpo. De eso no diría una palabra.

Y mientras su rostro aparece en la pantalla de todas las televisiones de aquella ciudad, su teléfono no cesaba de sonar en el bolso olvidado en el camerino.

mp3: Joaquín Sabina “Una canción para la Magdalena”

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