Ingrávidos y celestes


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Con pulso impreciso resigue su sombra en la pared, tratando de dibujarla para cuando ella se marche, para que quede algo más que su hueco. Los segundos antes del amanecer son niños crueles y asustadizos, cobardes. Ha visto en sus ojos (los de ella) dolor y celos. En los de él ha visto la satisfacción del que se sabe ganador de una guerra que nunca fue declarada. Y él teniendo claro en qué bando debe enrolarse sin estar demasiado seguro de que quiera: la distancia entre deber y querer no se salva sin que caiga alguien en el intento.

Los dos se conocían de siempre, desde niños, creciendo en aquél barrio más allá de las vías del tren. Eran los raros, a los que todos daban la espalda, de los que todos se burlaban, por eso fue inevitable que se hicieran, más que amigos, compañeros en las vejaciones de los demás. Hablaban de escapar, de visitar lugares que sólo habían visto en la televisión pero que no sabían si existían en el mundo real. No se sorprendió cuando le dijo que había robado las llaves del coche de su padre. Acalló la molesta voz de la conciencia con frases manidas con las que avivó la valentía que no sentía cuando se abrochó el cinturón de seguridad. Se repitieron una y otra vez que lo que dejaban atrás no merecía ninguna oportunidad.

Los horizontes se escurrían al otro lado de las ventanillas. Las luces de las ciudades por las que pasaban dejaban endebles marcas en la carrocería. Durante el día conducían sin rumbo y sin mapa, trazando su propio itinerario. Por la noche se dejaban vencer por una modorra que les arrullaba donde quiera que les sorprendiera la luna, derrotados por un letargo sin sueños. Hasta que soñó con ella haciendo autostop.

Apareció en una recta la tarde siguiente, tal y como había visto en su sueño, más rubia, menos virginal, más brillante del sudor de una tarde a pleno sol. Su destino, tan solitario y rubio era el mismo que el de ellos, así que no parecía haber inconveniente en que siguieran los tres juntos.

Los horizontes se escurrían al otro lado de las ventanillas. Las luces de las ciudades por las que pasaban dejaban endebles marcas en la carrocería. Durante el día conducían sin rumbo y sin mapa, trazando su propio itinerario. Por las noches ya no dormían sin sueños, las más de las veces era una duermevela en el coche de conversaciones a media voz, de confesiones y planes y comentarios subidos de tono. Ellos eran vírgenes. Ella lo había sido. Al final de la primera semana juntos ambos había probado el placer carnal de un cuerpo ajeno. Al final de la segunda semana eran una pareja de tres y las noches se convertían en refriegas, batallas, intercambios de besos, caricias y fluidos sin importar el destino. Podía besarle a él y acariciarla a ella. O que él se inmiscuyera bajo su pantalón mientras ella, sin pedir permiso ni perdón jugaba con sus pezones. Los confines del habitáculo del coche se quedaron estrechos para una expansiva sensación que llenaba a los tres y los daba la vuelta para, al final, devolverlos más cansados, más distintos, a un mundo de carreteras y caminos.

Solitarias explanadas de trigo llegaban hasta el lugar donde se cansan los ojos y dan paso a un cielo que parecía más lejano cuanto más se adentraban al sur. Eran tres pero eran uno, aunque ella siempre se reservaba el derecho de la última palabra. Y dormía en tensión, como si lo hiciera con el dedo en el gatillo de una pistola con la que alejar las pesadillas.

Sugirió que se quedaran en un hotel, cambiar el escenario del coche por una cama. No se les ocurrió decir que no como tampoco había ningún motivo para decir que sí. Así descubrieron sus cuerpos bajo una luz que los convertía en algo completamente nuevo. Pasaron aquella noche reconociéndose de nuevo como la primera vez que descubrieron el asiento de atrás del coche. Pero ella intuyó que, la gran mayoría de las veces, no es que tres fueran multitud, es que hacía que las cosas se debían compartir en trozos más pequeños.

De pronto un día, sin previo aviso, se encontraron frente al mar. Ellos sólo lo habían visto en fotos. Ella había crecido en un pueblo de casas encaladas que miraban todas a un mar tranquilo y cruel. Ella fue la encargada de las presentaciones y se metieron los tres sin pensárselo dos veces, ingrávidos y celestes, contagiados de salitre y algas. Se besaron bajo el agua. Primero ella se besó con cada uno, acercando su cuerpo más y más, tenue en aquella maraña de brazos, labios, de pechos y espaldas. Después los dos descubrieron los labios de los que habían escuchado mil fantasías, cientos de planes y un buen puñado de confesiones. Ella se hizo a un lado, convidada de piedra, mientras cada uno colonizaba con manos y brazos un cuerpo que siempre les había sido ajeno pese a estar al alcance de los dedos.

Aquella noche ella toma la decisión. Los mira con el cariño reservado para las cosas que has visto crecer. Él, despierto, finge dormir. Con pulso impreciso resigue su sombra en la pared, tratando de dibujarla para cuando ella se marche, para que quede algo más que su hueco. Los segundos antes del amanecer son niños crueles y asustadizos, cobardes. Se da la vuelta y se marcha sin una mirada atrás. Sin un adiós. Entregando su victoria a aquél que nunca iba a perder.

mp3: Muñeco Vudu “Con el dedo en el gatillo”

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