La mujer invisible


 

Supongo que ésta historia tiene mucho que agradecer a Almudena Grandes…

lamujerinvisible 

-¡Manuela!- el grito de Paca la del tercero, atronó la calle, haciendo que más de uno de los anónimos viandantes se dieran la vuelta mirando a la ventana desde que su vecina de toda la vida la gritaba. La escena era tan habitual que ni se sonrojaba, sabía que le pediría que le subiera algo del supermercado y que ya se lo pagaría cuando se lo llevara. Nunca se lo pagaba. Ni el brick de leche. Ni la barra de pan. Ni la docena de huevos. Pero aquellas menudencias no la molestaban, servían de excusa para pasarse por la tienda de la esquina, la de toda la vida, donde la conocían desde antes de que su nariz llegara a asomar por encima del mostrador. Aquellos favores para Paca la del tercero la servían para pasarse por el colmado donde, cuando era pequeña, quedaba fascinada por los colores y las formas de las chucherías que se apilaban en las cajas translúcidas sobre la encimera. Aquello era lo que le gustaba cuando era niña. Pero hacía mucho tiempo que había olvidado lo que le gustaban los regalices rojos o los chicles de fresa ácida y lo que le llevaba todos los días hasta el umbral de aquella tienda era otra cosa que también estaba cuando ella era niña pero a lo que nunca prestó atención. Ahora, con una madre enferma con la que volver a vivir después de dos divorcios, prestaba más atención los detalles.

 

-Buenas tardes, Manuela ¿Qué te pongo hoy?- los ojos de Vicente la miraban desde el otro lado del mostrador como la habían mirado desde siempre pero ella no se había dado cuenta, inmersa en una vida que parecía pasar al otro lado de un cristal.
-Hola Vicente- sintió ruborizarse ante una mirada que la devolvía su propia imagen de una forma que no se había visto nunca, como una mujer de carne y hueso, no como un accesorio para llevar a las cenas de empresa, o como la que tenía que ser una puta en la cama y una señora en la calle, o como aquella contra la que descargar la frustración de un trabajo y de una vida que no estaba a las alturas de las expectativas del otro, o como la que tenía que cargar con el peso de una vida y de una responsabilidad que, las más de las veces, le quedaba grande. La mirada de Vicente la convertían en un ser tangible, nada que ver con la mujer anodina, invisible, a la que nadie prestaba nunca atención. La mirada de Vicente hacía que su cuerpo se expandiera como un buñuelo en contacto con el aceite caliente. La mirada de Vicente la veía y la calaba hasta lo más hondo, la atravesaba y se quedaba en ella, viendo la niña que fue, la adolescente que llegó a ser, la mujer en la que se convirtió y aquella que tuvo que volver al barrio, marchita y con la tarea de cuidar a su madre.
-Ponme una barra de pan, cien gramos de jamón y dos bricks de leche.
-Uno de ellos para Paca ¿no?- sonrió Vicente, sabiendo de sobra que Manuela era la encargada de las menudencias de la vecina del tercero.
-Ya sabes que sí- la mano de Vicente se detuvo unos instantes más de lo habitual cuando cogía el billete de diez euros que Manuela le extendía. El roce, ligero, casi imperceptible, hizo que su corazón, cansado de una vida monótona diera un vuelco.

 

-Tarde. Llegas más de diez minutos tarde- la voz de su anciana madre parecía tener polvo en las esquinas.
-Madre, no creo que haya tardado tanto. Sólo he ido a la mercería a por unas medias y al colmado de la esquina.
Los ojos nublados de cataratas de su madre le miraron inquisitivos.
-Ya he oído los gritos de Paca la del tercero pidiéndote un litro de leche ¿Hasta cuando vas a ser la criada de esa mala pécora?- su madre siempre había sentido un odio inexplicable hacia su vecina, tal vez porque era cinco años más joven que ella, tal vez porque era más guapa que ella, tal vez porque era bastante más lanzada con los hombres de lo que el decoro de una mujer instalada en las más férreas tradiciones, jamás le hubiera permitido. –Esa solterona debía de habérselo pensado dos veces antes de quedarse solterona para toda la vida. Aunque ¿qué te voy a decir a ti? Una vez divorciada, la otra separada de un hombre con el que vivías en pecado…- la eterna perorata de su madre seguía por los lugares comunes que siempre usaba pare echarle en cara. Tras su divorcio y su separación pasaría por el tema de no haber tenido hijos, de ser la única de sus hijos que no la había dado nietos, por haberse quedado sola para siempre. Aquella tarde, que no tenía nada más especial que ser la del último martes del mes de abril, la capacidad de aguante de Manuela llegó a su límite.
-Deberías dar gracias a tu hija la pecadora, la que nunca tuvo hijos porque de no ser por mí, si fuera por los otros, estarías en un asilo…
-¡Mira desvergonzada! Ahora no puedo decirte lo que te tendría que decir porque tenemos que arreglarnos para ir a misa de ocho.
Manuela se mordió los labios, como tantas otras veces había hecho. Con la callada por respuesta ayudó a su madre a ponerse los zapatos, le acercó el rosario y el breviario, la pasó la toquilla sobre los hombros, ya no hacía temperatura para llevar abrigo.

 

Salieron a la tibia calidez de la calle cuando aún no habían dado las nueve. La verja del colmado no estaba bajada del todo y dentro aún se podía ver la figura de Vicente colocando unas cajas. Mientras su madre hablaba con otras beatas como ella, la mirada de Manuela no se despegaba de aquella cancela que la separaba de aquél que siempre había sabido verla mientras su madre seguía su diatriba con el resto de feligresas cotorreando sobre los últimos rumores del barrio, poniéndose al día de los cotilleos catódicos sobre toreros, tonadilleras y demás personajillos. En el interior de la tienda Vicente había terminado de recoger y colocar, justo subía la verja cuando su madre, con su proverbial sentido de la oportunidad, dio por concluido el cónclave de señoronas del barrio hasta el día siguiente, en el preciso instante en el que la mirada del tendero se detuvo en la figura de una Manuela que, inconsciente de su lenguaje corporal, se irguió sobre sus tacones, poniéndose derecha y sacando pecho. No tuvo tiempo de que se acercara aquel cuyos ojos le había devuelto la visibilidad, su madre le tironeaba de la manga de la ligera chaqueta de entretiempo conminándola a volver a casa.

 

Subiendo los ochenta y ocho escalones de madera, esos que había contado tantas veces de niña y que ahora crujían bajo su paso y el renqueante ascenso de su madre, daba vueltas a que debía haberse acercado a Vicente, saludarle, tal vez comentarle alguna trivialidad e invitarle a tomar una caña en algún bar cercano. Pero como siempre, el sentido del deber había prevalecido, se había retirado con su madre y el silencio que las más de las veces se interponía entre ellas. Nada más abrir la puerta comenzaron las órdenes con las que cuadricular el día siguiente:
-Mañana tienes que descolgar las cortinas del salón, que hay que echarlas a lavar. Y no te olvides de poner ésta noche las lentejas a remojo- la retahíla de órdenes se iban amontonando, pero Manuela no lograba retenerlas, enfrascada en sus propios pensamientos. En Vicente, en su vida, en cómo sería al lado de un hombre como él, en qué pensaría de ella, una mujer separada dos veces. En su fuero interno era capaz de intuir que eso, a él, le daba igual, como siempre era ella la que se ponía sus propios obstáculos. –Y recuerda que tienes que bajar la basura- concluyó la perorata su madre. Aquello le sirvió para sacarla de sus pensamientos y trazar las primeras líneas de su plan.
-Ahora mismo la tiro- respondió sin darse tiempo a desprenderse de la chaqueta.

 

Bajó las escaleras las que había numerado en incontables ocasiones desde que era niña, bautizándolas con un número que las hacía únicas, que las diferenciaba de las demás, viéndose interceptada por la voz de Paca que también le pidió que, si no le resultaba demasiada molestia, también le bajara la basura. Puso un pie en el quicio de la puerta del portal y una vaharada de aire fresco de primavera la impulsó a arrebujarse en su chaquetilla, encaminándose hacia la esquina.

 

El cuerpo de Manuela sintió la mirada de Vicente antes de verle. Notó cómo se volvía corpórea, cómo aquellos ojos que se demoraban en cada una de sus curvas, la volvían más rotunda, más mujer. Y segura de su femineidad se acercó a la puerta del tienda en la que Vicente se despedía de alguno de los vecinos con los que había estado charlando mientras fumada un cigarro liado a mano tras echar el cierre. Su tacón repicó en Morse sobre el empedrado de la carretera las palabras que su voz se negaban a pronunciar.
-Hola Manuela- fue lo único que, después, sería capaz de recordar ella cuando se despertó por el sonido de la lluvia en la cama de Vicente, arrebolada e incapaz de borrar una sonrisa en una boca que había perdido ese hábito.

mp3: Pasión Vega “La canción de las noches perdidas”

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