Ese hombre


 

esehombre 

Cerró la puerta tras él y aún no había logrado discernir si estaba satisfecho o decepcionado. Tantas pruebas después ya se había dado cuenta que sus pálpitos, sus intuiciones, las más de las veces, eran erróneas. Hacía un par de horas había llegado a aquél hotel tan céntrico, tan moderno, tan exclusivo, donde aquél que según todos los medios era el mejor director de cine español, estaba haciendo pruebas para extra con frase en su siguiente película, protagonizada por uno de sus primeros actores fetiche y la musa de su más reciente y aclamada filmografía. Por supuesto, se había presentado allí con la intención de dejarles anonadados con sus capacidades interpretativas y conseguir algo más que una línea. Al llegar, una chica ataviada con lo que parecía un kimono y pelo cortado a tazón, con aquellas gafas de pasta negra que la circunscribían en una tribu social muy definida, le tomó los datos, recogió su book y su curriculum, le entregó un número y le hizo pasar a una sala en la que se hacinaban decenas de aspirantes como él. A la mayoría de ellos ya los conocía de otras situaciones similares, algunos estaban en la misma agencia que él y, como siempre, la sensación que tenía era como el tener que esperar en la carnicería a que te llegara el turno. Sólo que en aquellos casos, el trozo de carne era él. Y aquella ocasión no fue distinta, aunque esperaba que lo fuera, que le permitiera conocer a aquél genio cuyas películas había visto miles de veces (en realidad un par de ellas, y no todas, sólo las más importantes, aunque no lo fuera a confesar ni aunque le fuera la vida en ello), que les deslumbrara con su interpretación.

Pero cuando le hicieron pasar a la sala en penumbra, sólo le presentaron a la asistenta de la ayudante del director de casting. Trató de no parecer decepcionado, pero no podía evitar el desasosiego de sentirse observado, casi como el insecto bajo la lupa del entomólogo. “Al fin y al cabo, para eso soy actor” lo que era su mantra en el día a día, la frase que se repetía una y otra vez y otra y mil veces, que le había hecho dejar aquella ciudad del sur en la que había crecido para encontrar su oportunidad en la gran urbe. Y las oportunidades, una tras otra, se habían ido presentando tan esquivas como la sensación de un sueño de esos tan vívidos que crees que vas a ser capaz de rememorarlos una vez entres en el mundo de la vigilia. Y las oportunidades, una tras otra, habían pasado de largo. Y pensó que aquella era otra de esas oportunidades esquivas y ladinas, hasta que apareció la ayudante del director de casting arreglándose la falda. Hasta que apareció el director de casting tratando de remeterse la camisa y la satisfacción por dentro de los pantalones. Leyó su línea, tal y como la había ensayando en cientos de ocasiones. Le pidieron que la dijera más despacio. Le pidieron que adoptara un tono más grave. Le pidieron que fuera más dramático. Le pidieron que tratara de parecer más alegre. Le pidieron que se quitara la camiseta. El momento carnicería llegó sin aviso previo. Estaba tan concentrado en las palabras que, al principio, no se dio cuenta de lo que le estaban pidiendo.
”¿No me has oído?” toques de exasperación y cansancio se traslucía en la voz del director de casting, como si, de repetir tantas veces la misma frase, la hubiera desgastado. Con cierta resignación se levantó el bajo de la camiseta, preguntándose si era necesario repetir la misma frase a pecho descubierto, sabiendo que aquello no cambiaría para nada la decisión. Se terminó de sacar la prenda, esperando instrucciones pero los rostros de sus jueces eran inescrutables. No esperaba una reacción desmesurada, pero sí algún gesto, bien de asentimiento, hasta de disgusto, no la expresión desapasionada desde cuya altura le observaban como un objeto inanimado.

Cuando cerró la puerta detrás de sí no sabía si estar desanimado o eufórico, no sabía qué esperar de aquello. No sabía si estaba satisfecho o decepcionado. El reloj decía que sólo le quedaba media hora para llegar a aquella cafetería en la que consumía seis de las horas de sus días, así que se apresuró a coger un metro que, como siempre, tardaba más de lo que él necesitaba. La jornada laboral se presentaba racheada, tan pronto la emoción le embargaba como en cuestión de minutos se dejaba acunar por los brazos del desánimo. Sentía el peso del móvil en el bolsillo del pantalón, bajo el delantal, como un animal muerto, esperando una llamada, esperando la señal que significara que su denuedo había dado los frutos esperados. Pero el teléfono no sonó aquella tarde. Ni el día siguiente. El móvil fue mutando hasta convertirse en un enemigo y el clavo ardiendo al que agarrarse ante la adversidad. Una pistola que no sabía por cuál de los dos lados dispararía en el momento en el que apretara el gatillo. Las horas en el trabajo se aderezaban con la sorda banda sonora de la desilusión, jalonadas por café cortados, bollos y manzanillas (1), de los rostros vacíos, anónimos al otro lado de la barra, de la eterna duda de si había hecho bien dejándolo todo y mudándose a aquella ciudad que le estaba devorando, que le estaba chupando la sangre, todo ello blindado tras la inmarceable sonrisa que se colgaba cada vez que se ponía el negro delantal que era su uniforme.

El teléfono sonó al cuarto día con un número oculto, cuando la esperanza había hecho las maletas y le había dejado con la sempiterna sensación de que no iba a ningún sitio, de que se encontraba anclado en la mediocridad y avocado a un fracaso que le obligaría a volver al lugar del que, más que marcharse, había huido.
-Llamo por lo del anuncio- dijo alguien al otro lado de la línea con un indefinible acento del sur del país. Era una voz que le resultaba más que conocida, familiar.
-Perdone, pero creo que se ha equivocado. No he puesto ningún anuncio- replicó mientras trataba de ubicar aquella voz.
La línea murió al otro lado. El silencio caló su cuerpo como la lluvia fría de enero. Sacudiéndose la desilusión que se le incrustaba en la piel como una enfermedad, pensaba en la voz de la llamada. Tan conocida. Tan cercana. Como si hubieran hablado miles de veces. Parapetado tras su delantal limpiaba mesas, atendía pedidos variopintos y soportaba las prisas de los clientes con la mejor sonrisa que era capaz de impostar. Pero la llamada volvía una y otra vez, como un mantra.

Desde la cocina alguien gritó que cerraran la puerta, que entraba frío. Tan solícito como siempre se dispuso a cerrarla, tropezando de frente con las grandes gafas y el pañuelo que cubrían media cara del aclamado director que había ganado premios en Hollywood y en todos los festivales más prestigiosos de Europa, una vez se avino a las convenciones del cine para todos los públicos y dejó de lado las paranoias trash de sus primeros años. La norma de la casa era dejar a todos los clientes tranquilos, especialmente aquellos que aparecían en los medios, aunque aquella vez no pudo evitar quebrarla cuando le llevaba un latte macchiato con leche de soja muy fría y sacarina y le espetó, tras reunir todo el coraje que encontró en su depauperado orgullo, que se había presentado para el casting de su próxima película. No obtuvo más respuesta que una mirada de desprecio y un “de esas cosas se ocupan los demás”, dejando bien a las claras que lo último que deseaba era ser reconocido y molestado. Nunca había entendido tan literalmente lo de ir con el rabo entre las patas porque era exactamente la sensación que le embargaba.

El móvil volvió a vibrar en el bolsillo del pantalón en el momento en el que menos podía atenderlo, cuando llevaba a dos mesas sus respectivos pedidos. Manteniendo una sangre fría de la que no sabía disponer atendió a los clientes, cruzando los dientes y apretando los dedos con la esperanza de que no llamaran desde un número oculto ni desde una centralita, lo que impediría devolver la llamada. Como pudo, volvió a su puesto al lado de la barra y echó un vistazo al móvil. Ver los nueve dígitos hizo que resoplara aliviado. Pulsó el botón verde y se llevó el teléfono a la oreja. Ignoró el repiqueteo de un tono de llamada enervante de una mesa cercana que sonó un par de veces, al mismo tiempo que al otro lado de la línea oía:
-Te he llamado por lo del anuncio del servicio completo por 150€
Enmudecido, miró a su alrededor. Había ubicado la voz y en la mesa cercana a la barra, el internacionalmente reconocido director decía:
-¿Te interesa?

mp3: Macy Gray “That man”

(1) Uno no puede evitar ciertas referencias a las canciones de adolescencia. Platero y tu “Tras la barra del bar”

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2 pensamientos en “Ese hombre”

  1. Delicioso. Me encanta. Me recuerda a Tennesse Williams, más moderno, pero con una esencia similar: la melancolía aterciopelada, el drama cotidiano en corriente a lo extraordinario, las menos que más veladas sugerencias sexuales… Muy bello. Prodrías componer maravillosos dramas… ¿No crees?
    Voy a ojear el resto de cuentos con serena actitud contemplativa, como hay que hacer en estos casos: cuando se presenta la posibilidad de espiar por la cerradura. Si algo me excita (artísticamente), ya te comentaré mis impresiones cuando nos veamos (que por cierto, a ver si es pronto). Un adelanto: afirmo que tienes buen gusto.
    Un beso fuerte.
    Chechu.

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