Un viaje de dos euros
a la crueldad,
más allá de la ingratitud
patrocinada por las lacras
simultáneas del honor y la gloria
que se va haciendo fuerte
entre los débiles de ánimo,
de los mohines de hastío
en el rostro de maniquíes
con ojos lúgubres
suspendidos en un desatino
y último aliento
cuando se amontonan las venganzas
en rincones inhóspitos,
de las dignidades soterradas
de nazarenos de alquiler
que vengan noches ajenas
en lupanares anónimos
con la furia comedida
de aquellos que tienen miedo
a los payasos,
de las culpabilidades al peso
que lastran los trastabilleos,
de las singularidades
que castran patrones
repetitivos de conductas
inmorales,
de los favores concedidos
con un cañón besándote
las sienes
el cielo de la boca.
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Cómo apagar un conato de incendio
Siempre le ha gustado verla imitando a Audrey Hepburn con los leggins ajustados, el jersey de cuello alto, todo en un sobrio negro, mientras fuma, ausente, apoyada en la barandilla del balcón. A contraluz, parece dibujada a carboncillo. Siempre que no está la recuerda así, acodada y ausente, fumando uno de esos cigarros largos que solo compra ella. En su recuerdo a veces lleva el pelo suelto, las mas de las veces en una coleta alta, tan tensa que parece estirar sus facciones.
Ella se postrerna a su lado, con cierta cualidad felina, y huele a limón. Siempre le acompaña ese aroma con una nota cítrica, especialmente por las mañanas, sobre todo entre sus piernas. Acaricia la parte exterior de su muslo con ternura, él ni se solivianta, pero es capaz de rememorar exactamente la palidez de su mano, la longitud de los dedos y la curva que hace su muñeca al tentar cualquier parte de su cuerpo. Levemente, ella posa la cabeza en su hombro, el aroma a espliego de su champú se mezcla con ese toque ácido que siempre tiene, inunda sus fosas nasales. Él se da cuenta de que se está mordisqueando el labio inferior, con su lengua nota cierto escozor aliviado por la saliva y el ligero abultamiento de la inflamación producida por la succión de los besos con los que se han estado entreteniendo mientras haraganeaban entre el caos de sábanas y mantas.
Ella mueve la cabeza, tratando de alcanzar su boca, su campo de visión se opaca y se centra en lo que su madre llama el pico de viuda, el nacimiento del pelo. No puede ver nada más mientras nota el leve aleteo de los labios de ella sobre los suyos. Trata de apartarse a tiempo, pero el inequívoco estruendo de la televisión le indica que no ha sido lo suficiente ágil. Estrella el mando de la consola contra la mesa.
-¡Joder! ¡Que estaba a punto de pasarme el puto juego!
Incertidumbres
Al principio fue la incertidumbre,
un agujero negro
en medio del pecho,
al final de todas las direcciones
de ésta vetusta brújula.
Poco a poco los traspiés,
las corazonadas fallidas,
los chantajes del confesor,
las preguntas retóricas
que siempre callamos.
Sin aviso previo
o justificación alguna,
atrapado en la narcolepsia cinética,
el cielo cambia, del color
de una herida que escuece,
aquél que se pinta en los exilios.
La valentía es un arma
de doble filo,
una amenaza para los cobardes,
para los bravos, una carga.
Esto puede ser
el preludio de un insomnio
tres remordimientos
cuatrocientos golpes.
La vida hasta aquí
Este es el poema que da título al último de los poemarios que considero terminados. Ahora mismo tengo dos empantanados, lo cuál es mucho más de lo que he logrado en un tiempo.
Ya que por las venas
me laten bostezos,
que en los tictacs
de los relojes
se pelean los instantes,
que en los mapas
se oxidan las chinchetas
de los lugares clavados
donde te olvidé,
creo que he decidido regresar
como vuelve el viento
como vuelve el rumor de las olas
empapados los pies de horas
que he despilfarrado alguna vez.
En los espejos busco mi mirada,
encuentro puntos suspensivos,
me revuelco en la apatía
de un tormento prestado,
trato de no preguntarme
por recuerdos que me laceran
como un muñeco vudú.
Es fácil sentir compasión
por uno mismo,
lo complicado es mantener
las ganas de arder en el infierno.
No me han pedido opinión,
la comparto de forma gratuita:
mejor escupir
que ahogarme en mi bilis.
Anatomía del desastre
El dictador bendijo los alimentos
(murmuraba entre dientes)
(susurraba herrumbre)
las horas crujían en un suspiro.
Se llenaron de polvo todas las buenas intenciones,
se agusanaron,
se apolillaron
(se dice que prefirieron exiliarse)
(se comenta que fueron fusiladas una noche de noviembre)
Dijo otra vez los amenes y los parabienes
con los que adormilar conciencias,
sortilegios y juegos de manos
con los que justifica la mierda
que esconde bajo la alfombra
(la prestidigitación siempre ha sido
un arte menor)
Las hojas secas del otoño
desnudaron a las modelos famélicas,
hambrientas de oropeles,
codiciosas de martas cibelinas
para cubrir sus hambres.
La gorra de plato del dictador
las medallas
los galones sustraídos
al honor y a la gloria
deslumbraron a la audiencia
justo antes de que España
marcara un nuevo gol
(respiró aliviado)
(su resoplo de alivio
calló el gemido
de los muertos en el armario)
Egolatría deslustrada (o tengo un ego que no me cabe en esta bocaza que tengo)
Dedicado a Lady S. (and you know why)
“Y yo…”
“Pues a mí…”
“Es que mi…”
“Yo…”
Debe ser lo bueno de ser un travelo que hace la calle: tienes tantas experiencias en tu vida que eres capaz de extrapolar cualquier historia, cualquier anécdota, cualquier relato a alguna relacionada con la vida lumpen que has vivido.
“Y yo…”
“Pues a mí…”
“Es que mi…”
“Yo…”
No hace falta que escuche lo que tiene que decir su interlocutor, en cuanto encuentra un hueco (o no, también sirve callarle interrumpiendo) lanza su preparada diatriba sobre cualquier tema que se prepare la noche antes.
“Y yo…”
“Pues a mí…”
“Es que mi…”
“Yo…”
La lumi con la que comparte esquina, la mira con perplejidad: acabar de llegar de Rusia y no entender castellano no es obstáculo para quedarse sorprendida ante un torrente de palabras acompañadas de una hiperbólica gesticulación con la que hacerse entender.
“Y yo…”
“Pues a mí…”
“Es que mi…”
“Yo…”
Una vez estuvo trabajando a las órdenes de un proxeneta, un rufián del tres al cuarto, al que llamaban “Media leche” porque salía escaldado cada vez que se metía en alguna rencilla por una esquina en la que colocar a sus protegidas.
“Y yo…”
“Pues a mí…”
“Es que mi…”
“Yo…”
La que mejor lo sobrellevaba, la que lo aguantaba sin decir ni mu, era una madre sorda con la que compartía la destartalada habitación de un quinto interior sin ascensor.
“Y yo…”
“Pues a mí…”
“Es que mi…”
“Yo…”
La balada de los hipócritas
Llegarán tahúres que vendaran los ojos a los iracundos.
Dirán que eso está mal,
dirán que no está nada bien.
Que todo lo hacen
en beneficio de las familias
que viven bajo el puente,
allá a lo lejos,
donde el horizonte juega a los dados
con las nieblas;
porque las de aquí se cobijan
bajo esqueletos de paraguas,
pero eso no está tan mal.
Si los niños tienen sed,
que esperen a la lluvia
atraída por el brujo navajo,
seguirán diciendo que es lo correcto.
Dirán que ellos no han inventado nada,
que solo se trata de destruir
lo que no llena sus bolsillos,
capitalizando su hipocresía
de ratas con traje
en el asiento de atrás de su limusina
que eso es lo que está bien.
Conflicto.
El de sus intereses
contra los de los demás
(los tahúres siempre llevan ases en las mangas)
Beeee beeee
Ya que nos venden a los lobos,
los pastores que tanto porfiaron
con su llegada,
el degolladero sigue
sin ser una opción
y escapar no tiene viso alguno
de llegar a cualquier parte.
Si esto fuera una película del oeste,
nos creeríamos capaces
de vender caro nuestro pellejo
impostando un rostro impenetrable
tras el que esconder
nuestro interior de perro de porcelana.
Las puertas al campo
son giratorias para los rabadanes
que solo pisan las alfombras
rojas de nuestras vergüenzas,
les damos las gracias por el fuego
les damos las gracias por el sol y la luna,
balamos de agradecimiento
cargando con nuestros yugos.
Desde este lado de la verja
deberíamos ser capaces
de escandalizarnos
por su incestuoso encamamiento,
pero es mejor aplaudir a los focos,
sonreír ante la cámara,
arrancarnos la piel
por otros cinco minutos de fama.
La mujer invisible
Supongo que ésta historia tiene mucho que agradecer a Almudena Grandes…
-¡Manuela!- el grito de Paca la del tercero, atronó la calle, haciendo que más de uno de los anónimos viandantes se dieran la vuelta mirando a la ventana desde que su vecina de toda la vida la gritaba. La escena era tan habitual que ni se sonrojaba, sabía que le pediría que le subiera algo del supermercado y que ya se lo pagaría cuando se lo llevara. Nunca se lo pagaba. Ni el brick de leche. Ni la barra de pan. Ni la docena de huevos. Pero aquellas menudencias no la molestaban, servían de excusa para pasarse por la tienda de la esquina, la de toda la vida, donde la conocían desde antes de que su nariz llegara a asomar por encima del mostrador. Aquellos favores para Paca la del tercero la servían para pasarse por el colmado donde, cuando era pequeña, quedaba fascinada por los colores y las formas de las chucherías que se apilaban en las cajas translúcidas sobre la encimera. Aquello era lo que le gustaba cuando era niña. Pero hacía mucho tiempo que había olvidado lo que le gustaban los regalices rojos o los chicles de fresa ácida y lo que le llevaba todos los días hasta el umbral de aquella tienda era otra cosa que también estaba cuando ella era niña pero a lo que nunca prestó atención. Ahora, con una madre enferma con la que volver a vivir después de dos divorcios, prestaba más atención los detalles.
-Buenas tardes, Manuela ¿Qué te pongo hoy?- los ojos de Vicente la miraban desde el otro lado del mostrador como la habían mirado desde siempre pero ella no se había dado cuenta, inmersa en una vida que parecía pasar al otro lado de un cristal.
-Hola Vicente- sintió ruborizarse ante una mirada que la devolvía su propia imagen de una forma que no se había visto nunca, como una mujer de carne y hueso, no como un accesorio para llevar a las cenas de empresa, o como la que tenía que ser una puta en la cama y una señora en la calle, o como aquella contra la que descargar la frustración de un trabajo y de una vida que no estaba a las alturas de las expectativas del otro, o como la que tenía que cargar con el peso de una vida y de una responsabilidad que, las más de las veces, le quedaba grande. La mirada de Vicente la convertían en un ser tangible, nada que ver con la mujer anodina, invisible, a la que nadie prestaba nunca atención. La mirada de Vicente hacía que su cuerpo se expandiera como un buñuelo en contacto con el aceite caliente. La mirada de Vicente la veía y la calaba hasta lo más hondo, la atravesaba y se quedaba en ella, viendo la niña que fue, la adolescente que llegó a ser, la mujer en la que se convirtió y aquella que tuvo que volver al barrio, marchita y con la tarea de cuidar a su madre.
-Ponme una barra de pan, cien gramos de jamón y dos bricks de leche.
-Uno de ellos para Paca ¿no?- sonrió Vicente, sabiendo de sobra que Manuela era la encargada de las menudencias de la vecina del tercero.
-Ya sabes que sí- la mano de Vicente se detuvo unos instantes más de lo habitual cuando cogía el billete de diez euros que Manuela le extendía. El roce, ligero, casi imperceptible, hizo que su corazón, cansado de una vida monótona diera un vuelco.
-Tarde. Llegas más de diez minutos tarde- la voz de su anciana madre parecía tener polvo en las esquinas.
-Madre, no creo que haya tardado tanto. Sólo he ido a la mercería a por unas medias y al colmado de la esquina.
Los ojos nublados de cataratas de su madre le miraron inquisitivos.
-Ya he oído los gritos de Paca la del tercero pidiéndote un litro de leche ¿Hasta cuando vas a ser la criada de esa mala pécora?- su madre siempre había sentido un odio inexplicable hacia su vecina, tal vez porque era cinco años más joven que ella, tal vez porque era más guapa que ella, tal vez porque era bastante más lanzada con los hombres de lo que el decoro de una mujer instalada en las más férreas tradiciones, jamás le hubiera permitido. –Esa solterona debía de habérselo pensado dos veces antes de quedarse solterona para toda la vida. Aunque ¿qué te voy a decir a ti? Una vez divorciada, la otra separada de un hombre con el que vivías en pecado…- la eterna perorata de su madre seguía por los lugares comunes que siempre usaba pare echarle en cara. Tras su divorcio y su separación pasaría por el tema de no haber tenido hijos, de ser la única de sus hijos que no la había dado nietos, por haberse quedado sola para siempre. Aquella tarde, que no tenía nada más especial que ser la del último martes del mes de abril, la capacidad de aguante de Manuela llegó a su límite.
-Deberías dar gracias a tu hija la pecadora, la que nunca tuvo hijos porque de no ser por mí, si fuera por los otros, estarías en un asilo…
-¡Mira desvergonzada! Ahora no puedo decirte lo que te tendría que decir porque tenemos que arreglarnos para ir a misa de ocho.
Manuela se mordió los labios, como tantas otras veces había hecho. Con la callada por respuesta ayudó a su madre a ponerse los zapatos, le acercó el rosario y el breviario, la pasó la toquilla sobre los hombros, ya no hacía temperatura para llevar abrigo.
Salieron a la tibia calidez de la calle cuando aún no habían dado las nueve. La verja del colmado no estaba bajada del todo y dentro aún se podía ver la figura de Vicente colocando unas cajas. Mientras su madre hablaba con otras beatas como ella, la mirada de Manuela no se despegaba de aquella cancela que la separaba de aquél que siempre había sabido verla mientras su madre seguía su diatriba con el resto de feligresas cotorreando sobre los últimos rumores del barrio, poniéndose al día de los cotilleos catódicos sobre toreros, tonadilleras y demás personajillos. En el interior de la tienda Vicente había terminado de recoger y colocar, justo subía la verja cuando su madre, con su proverbial sentido de la oportunidad, dio por concluido el cónclave de señoronas del barrio hasta el día siguiente, en el preciso instante en el que la mirada del tendero se detuvo en la figura de una Manuela que, inconsciente de su lenguaje corporal, se irguió sobre sus tacones, poniéndose derecha y sacando pecho. No tuvo tiempo de que se acercara aquel cuyos ojos le había devuelto la visibilidad, su madre le tironeaba de la manga de la ligera chaqueta de entretiempo conminándola a volver a casa.
Subiendo los ochenta y ocho escalones de madera, esos que había contado tantas veces de niña y que ahora crujían bajo su paso y el renqueante ascenso de su madre, daba vueltas a que debía haberse acercado a Vicente, saludarle, tal vez comentarle alguna trivialidad e invitarle a tomar una caña en algún bar cercano. Pero como siempre, el sentido del deber había prevalecido, se había retirado con su madre y el silencio que las más de las veces se interponía entre ellas. Nada más abrir la puerta comenzaron las órdenes con las que cuadricular el día siguiente:
-Mañana tienes que descolgar las cortinas del salón, que hay que echarlas a lavar. Y no te olvides de poner ésta noche las lentejas a remojo- la retahíla de órdenes se iban amontonando, pero Manuela no lograba retenerlas, enfrascada en sus propios pensamientos. En Vicente, en su vida, en cómo sería al lado de un hombre como él, en qué pensaría de ella, una mujer separada dos veces. En su fuero interno era capaz de intuir que eso, a él, le daba igual, como siempre era ella la que se ponía sus propios obstáculos. –Y recuerda que tienes que bajar la basura- concluyó la perorata su madre. Aquello le sirvió para sacarla de sus pensamientos y trazar las primeras líneas de su plan.
-Ahora mismo la tiro- respondió sin darse tiempo a desprenderse de la chaqueta.
Bajó las escaleras las que había numerado en incontables ocasiones desde que era niña, bautizándolas con un número que las hacía únicas, que las diferenciaba de las demás, viéndose interceptada por la voz de Paca que también le pidió que, si no le resultaba demasiada molestia, también le bajara la basura. Puso un pie en el quicio de la puerta del portal y una vaharada de aire fresco de primavera la impulsó a arrebujarse en su chaquetilla, encaminándose hacia la esquina.
El cuerpo de Manuela sintió la mirada de Vicente antes de verle. Notó cómo se volvía corpórea, cómo aquellos ojos que se demoraban en cada una de sus curvas, la volvían más rotunda, más mujer. Y segura de su femineidad se acercó a la puerta del tienda en la que Vicente se despedía de alguno de los vecinos con los que había estado charlando mientras fumada un cigarro liado a mano tras echar el cierre. Su tacón repicó en Morse sobre el empedrado de la carretera las palabras que su voz se negaban a pronunciar.
-Hola Manuela- fue lo único que, después, sería capaz de recordar ella cuando se despertó por el sonido de la lluvia en la cama de Vicente, arrebolada e incapaz de borrar una sonrisa en una boca que había perdido ese hábito.
Lejos (de casa)
Cambia de piel, busca una excusa.
El tiempo se ha roto de tanto vapuleo.
No es que te haga falta justificar
esa boca de desierto,
mas se hace necesario
convivir con el resuello del pecado.
Como una meretriz de saldo
desgranas amantes a granel
que nunca tuvieron nombre
ni sombra en la pared.
Taconea tus zapatos
enjaretados de rubí,
con tu mejor cara de mártir
di que quieres estar lejos de casa.
Firmada la sentencia sólo resta bajar el telón.