Archivo de la categoría: Religión

El cielo es para la neurociencia: Cómo el cerebro crea visiones de dios (y III)


Lee el artículo original aquí.

El despertar espiritual de los epilépticos del lóbulo temporal.

entrada15052014

Se da por seguro que Dostoyevsky sufría de epilepsia del lóbulo temporal (que se sitúa tras las sienes envolviendo literalmente el cerebro, como una especie de orejeras). No todos los epilépticos del lóbulo temporal convulsionan, pero muchos experimentan una distintiva aura. Las auras son visiones, sonidos, olores u hormigueos que se dan justo cuando comienzan los ataques, un presagio de las cosas peores que están por venir. La mayoría de los epilépticos experimentan auras de algún tipo, y la mayoría de los que sufren de epilepsia pero no en el lóbulo temporal, las encuentran desagradables: algunos desafortunados notan un hedor a heces quemadas o notan hormigas caminando bajo su piel. Pero por alguna razón (quizás porque las cercanas estructuras límbicas son aceleradas) las auras que se originan en el lóbulo temporal se sienten más ricas emocionalmente y muchas veces con un cariz sobrenatural. Algunas víctimas sienten que sus “almas” se unen con alguna divinidad (por eso los antiguos doctores denominaban la enfermedad sagrada). Por su parte, las crisis de Dostoyevsky se veían precedidas por una rara “aura mística” en la que sienten una ducha tan intensa que dolía. Como dijo a un amigo “Tal gozo sería inconcebible en una vida normal… una completa armonía entre yo y el mundo entero”. Después se sentiría destrozado: magullado, deprimido, acosado por sentimientos de maldad y culpa (motivos comunes en su ficción). Pero Dostoyevsky insistía en que los sufrimientos merecían la pena: “Por un breve instante de gozo daría diez o más años de mi vida, incluso mi vida entera.”

La epilepsia del lóbulo temporal, ha transformado la vida de otras personas de una forma similar. Parece que todos los seres humanos disponen de conexiones mentales que reconocen ciertas cosas como sagradas y nos predisponen a sentirnos un tanto espirituales. Sólo es una característica de nuestro cerebro. Pero parece que las crisis de los lóbulos temporales parecen sobreestimular dichas conexiones y normalmente dejan a sus víctimas con una sensación intensamente religiosa, como si una deidad les bendijera con su presencia. Aunque las víctimas no se conviertan en religiosas, su personalidad normalmente se modifica de forma previsible. Empiezan a preocuparse por la moralidad, normalmente perdiendo su sentido de humor por completo (Las líneas jocosas son escasa en Dostoyevsky). Se vuelven obstinados en las conversaciones, continuándolas pese a las señales de aburrimiento de su interlocutor. Y por alguna desconocida razón, muchos de los pacientes empiezan a escribir de forma compulsiva. Pueden dedicarse a rellenar página tras página de ripios y aforismos, o copiar letras de canciones y etiquetas de latas de comida. Aquellos que visitan el paraíso, normalmente detallan sus visiones de forma minuciosa.

Basándose en estos síntomas, en concreto en la rectitud y el repentino despertar espiritual, doctores modernos han retrodiagnosticado ciertos iconos religiosos como epilépticos, incluyendo a San Pablo con la luz cegadora y estupor cerca de Damasco, Mahoma y los viajes al cielo y Juana de Arco con sus visiones y su sentido del destino. Swedenborg también cumple con el perfil. Se convirtió de forma abrupta, escribía como un adicto a la metanfetamina (el libro “Arcana Coelestia” tiene dos millones de palabras) y muchas veces se estremecía y caía inconsciente durante sus visiones. En ocasiones sentía como había “ángeles” que colocaban su lengua entre sus dientes para que se la arrancara de un mordiscos, un peligro bastante común durante las crisis epilépticas.

Pero al mismo tiempo, hay problemas para catalogar a Swedenborg y otro religiosos como epilépticos. La mayoría de los ataques tienden a durar segundos, como mucho minutos, no las horas que algunos profetas aseguran haber pasado en estado de trance. Y como un ataque temporal puede paralizar el hipocampo, que ayuda a la creación de recuerdos, muchos epilépticos del lóbulo temporal no pueden recordar sus visiones en detalle (Incluso Dostoyevsky caía en vagas descripciones cuando trataba de volver a relatar su visiones). Además, mientras que los trances de Swedenborg eran una mezcla de visiones, sonidos y olores en una embriagadora espuma celestial, la mayoría de los epilépticos tienen alucinaciones con un sólo sentido al mismo tiempo. Más aún, la mayoría de las auras epilépticas terminan resultando tediosas, produciendo la misma luz refulgente, el mismo coro de voces o los mismo aromas a ambrosía una y otra vez.

En conclusión, mientras la epilepsia bien pudo inducir las visiones, es importante recordar que Juana de Acro, Swedenborg, San Pablo y los demás, trascendieron su epilepsia. Con seguridad, nadie más que Juana de Arco hubiera podido capitanear a Francia, nadie más que Swedenburg hubiera imaginado ángeles comiendo mantequilla. Como cualquier tic neurológico, la epilepsia del lóbulo temporal no hace tábula rasa de la mente de alguien. Simplemente moldea y vuelve a dar forma lo que ya estaba ahí.

Extraído de “The Tale of the Dueling Neurosurgeons: The History of the Human Brain as Revealed by True Stories of Trauma, Madness, and Recovery” by Sam Kean. Copyright © 2014 by Sam Kean. Reprinted by arrangement with Little, Brown and Company. All rights reserved.

Parte I | Parte II

El cielo es para la neurociencia: Cómo el cerebro crea visiones de dios (II)


Lee el artículo original aquí.

¿Es la epilepsia la respuesta a las visiones celestiales? Tal vez el caso de Dostyevsky lo pueda explicar.

entrada14052014

En su nivel más básico, la epilepsia involucra neuronas que se activan cuando no debieran lo que genera una especie de tormentas de actividad eléctrica dentro del cerebro. Las neuronas se pueden activar por distintas razones. Algunas neuronas se desarrollan con malformaciones en los canales de su membrana y no pueden regular el intercambio de iones. En otras ocasiones, cuando los axones están dañados, las neuronas sufren descargas eléctricas simultáneas, como si fueran cables eléctricos pelados. A veces estas alteraciones son de carácter local y sólo afectan a una parte del cerebro, lo que sería una crisis parcial. Otras veces, la crisis cortocircuita por completo el cerebro llevando a crisis de distinta intensidad. Las crisis tónico-clónicas (o gran mal) comienzan con rigidez muscular y terminan con movimientos convulsivos y espumarajos: el comportamiento que todos tenemos en mente cuando nos referimos a la epilepsia. Los petit mals no conllevan convulsiones pero normalmente causan “ausencias” durante las que el enfermo queda congelado y su mente se queda en blanco durante unos momentos.

El desencadenante de una crisis epiléptica puedes ser increíblemente específico: determinado olor, luces brillantes, cubos de Rubik, fichas de mah-jongg, instrumentos de viento, parásitos. Aunque relativamente embarazosas, las crisis no siempre comprometen la calidad de vida y, en algunas ocasiones, suponen un beneficio. Algunos de aquellos que sufren una crisis por primera vez de pronto descubren que son capaces de dibujar mejor o de apreciar la poesía. Algunas mujeres incluso disfrutan de orgasmos durante las crisis. Dejando de lado los desencadenantes específicos, las crisis se dan de forma mayoritaria durante momentos de estrés o problemas psicológicos y emocionales. El mejor ejemplo de esto sería Fyodor Dostoyevsky.

Los biógrafos no se ponen de acuerdo si Dostoyevsky sufrió algún ataque durante su juventud, pero él mismo confirmó que la epilepsia apareció sólo tras un simulacro de ejecución en Siberia. Dostoyevsky y otro radicales fueron arrestados en abril de 1849 bajo la acusación de conspirar para destronar al Zar Nicolas. Aquél diciembre los soldados arrastraron al grupo a una plaza nevada con tres altos postes plantados en el centro. Hasta aquél momento los camaradas creyeron que les sentenciarían a trabajos forzados picando piedras. Entonces llegó un sacerdote junto con un pelotón de ejecución y los funcionarios les hicieron entrega de casacas blancas para que se las pusieran: mortajas. Dostoyevsky se puso frenético, más aún cuando un amigo señaló un carro que parecía contener ataúdes. Los soldados arrastraron a los cabecillas del complot hasta los postes y cubrieron sus ojos con vendas blancas. Los pistoleros alzaron los rifles. Transcurrió un minuto agónico. De pronto, bajaron los rifles y un mensajero llegó trotando a caballo con el perdón del zar. En realidad Nicolas organizó toda la farsa para enseñar a los conspiradores una lección, pero el estrés sacó a Dostoyevsky de sus casillas. Y tras pasar varios meses en un campo de trabajo (el zar no les permitió irse libres tan fácilmente), los abusos de los guardias y las duras condiciones meteorológicas finalmente le llevaron al límite, desencadenando su primera gran crisis: convulsiones, espumarajos… todos los síntomas.

Aquella primera crisis redujo el umbral de tolerancia del cerebro de Dostoyevsky y, tras esa primera vez, el más mínimo estrés, físico o mental, podía dar lugar a una crisis. El descorche de un champán, mantenerse en pie toda la noche escribiendo o perder dinero en la ruleta, podrían ser desencadenantes. Hasta una mera conversación podía ser la causa: durante una acalorada disquisición filosófica con un amigo en 1863, Dostoyevsky comenzó a andar arriba y abajo moviendo los brazos, exaltado respecto algún punto. De pronto se tambaleó. Su cara se contorsionó y las pupilas se dilataron, cuando abrió la boca se escapó un quejido: la contracción de los músculos del pecho forzaron que expulsara todo el aire de golpe. La crisis que siguió fue intensa. Un incidente similar ocurrió unos años después cuando se colapsó en el divan del salón en casa de la familia de su esposa y empezó a aúllar de forma clamorosa. Los sueños podían ser otra razón que desencadenara una crisis, tras las cuales mojaba la cama. Dostoyevski comparaba los ataques con posesiones demoniacas y muchas veces transponía la agonía de las mismas en su escritura, incluyendo personajes epilépticos en “Los hermanos Karamazov” o en “El idiota”.

Parte I | Parte III

El cielo es para la neurociencia: Cómo el cerebro crea visiones de dios (I)


Lee el artículo original aquí.

Reconocidas figuras como Juana de Arco o Dostoyevsky aseguraban tener visiones sobrenaturales. Y la respuesta estaba en su cerebro.

entrada13052014

Durante gran parte de la historia, los seres humanos han situado la mente (por extensión, también el alma) no en el cerebro sino en el corazón. Por ejemplo, los antiguos sacerdotes egipcios, al preparar las momias para el más allá, sacaban el corazón completo y lo guardaban en una vasija ceremonial, por el contrario, arrancaban el cerebro a través de las fosas nasales con ganchos de hierro, alimentaban con ello a los animales y llenaban la calavera con serrín o resina (esto no es un comentario jocoso respecto a sus líderes, consideraban cualquier cerebro inútil). La mayoría de los filósofos griegos también consideraban el corazón como la parte más importante del cuerpo. Aristóteles señalaba que el corazón contaba con grandes arterias para lanzar mensajes al resto del cuerpo mientras el cerebro sólo disponía de endebles venas. Además, el corazón se sitúa en el centro del cuerpo, el lugar perfecto para dirigir, mientras que el cerebro está exiliado en la parte alta del cuerpo. El corazón se desarrolla antes en el embrión y responde en sincronía con nuestras emociones, latiendo más rápido o más despacio, mientras el cerebro sólo parece estar ahí. Por lo tanto, el corazón debería albergar nuestras más altas capacidades.

Algunos médicos siempre han mantenido una perspectiva distinta de dónde viene la mente. Ver a tantos pacientes que, al sufrir un traumatismo en la cabeza, pierden alguna de sus facultades, hace pensar que no se trate de una coincidencia. De esta forma, los doctores empezaron a promover una visión “cerebrocéntrica” de la naturaleza humana. Y pese a algunos acalorados debates a lo largo de los siglos (sobre todo respecto a la especialización o no de algunas áreas del cerebro), para el siglo XVII la mayoría de las personas de cierto nivel cultural ubicaban el espíritu en el cerebro. Algunos valientes incluso trataron de localizar una especie de “El Dorado” de la anatomía: el punto exacto del cerebro en el que se encuentra el alma.

Uno de aquellos exploradores fue el filósofo sueco Emanuel Swedenborg, uno de los personajes más estrafalarios de la historia. La familia de Swedenborg hizo una fortuna a finales del siglo XVII gracias a la minería y, pese a provenir de una familia muy pía (su padre escribía himnos para bendecir la mesa cada día y terminó convirtiéndose en obispo) Swedenborg dedicó su vida a la física, la astronomía y la geología. Fue la primera persona en sugerir que el sistema solar se formó por el colapso de una gigantesca nube de polvo espacial y, de la misma forma que Leonardo, abocetó aeroplanos, submarinos y armas de fuego es sus diarios. Sus contemporáneos le llegaron a llamar “el Aristóteles sueco.”

En 1730, al poco de cumplir cuarenta años, Swedenborg se empezó a dedicar a la neuroanatomía. En lugar de diseccionar cerebros, lo que hizo fue ocupar un sillón confortable y dedicarse a devorar una montaña de libros. Basándose exclusivamente en sus indagaciones, desarrolló algunas ideas de una clarividencia pasmosa. Su teoría respecto a que el cerebro contenía millones de pequeñas piezas independientes conectas entre sí por fibras anticipaba la doctrina “neuronal”, dedujo correctamente que el “corpus callosum” permitía la comunicación entre ambos hemisferios cerebrales y determinó que la pituitaria actúa como un “laboratorio químico”. En cada caso Swedenborg afirmó que él sólo había extraido una serie de conclusiones obvias a partir de las investigaciones de otras persona. En realidad, lo que hizo fue reinterpretar de forma radica la neurociencia de la época y la mayoría de sus fuentes serían condenados como lunáticos y/o herejes.

La historia de la neurociencia hubiera adquirido un cariz distinto si Swedenbourg hubiera continuado con sus estudios. Pero en 1743 comenzó a caer en trances místicos. Visiones de caras y ángeles, truenos retumbando en sus oídos, incluso sufría alucinaciones olfativas y táctiles. En medio de estos trances muchas veces se derrumbaba entre convulsiones y una vez un mesonero en Londres se lo encontró envuelto en su camisola de dormir, soltando espumarajos por la boca y desvariando en latín sobre ser crucificado para salvar a los judíos. Swedenborg recuperó la conciencia, insistiendo haber tocado a dios, en otras ocasiones clamaba haber conversado con Jesús, Aristóteles, Abraham y los habitantes de otros cinco planetas (entonces no se conocía la existencia de Urano ni de Neptuno, de lo contrario seguro que se hubiera encontrado con oriundos de allí). A veces sus visiones revelaban respuesta a misterios científicos, por ejemplo, cómo los cuerpos comidos por los gusanos podrían ser recompuestos en el día del Juicio Final. Otros trances era menos trascendentales, como la ocasión en la que compartió un desayuno con ángeles para descubrir que estos seres odiaban la mantequilla. En otra ocasión, dios le gastó una broma pesada transformando su cabello en una maraña de serpientes como la cabellera de la Medusa. En comparación con esas intensas visiones, los placeres de la ciencia palidecían y desde 1744 dedicó su vida a relatas aquellas revelaciones.

Swedenborg falleció en 1772 y la historia devuelve un veredicto escindido respecto a su legado. Sus diarios con sueños eclécticos encandilaron a gente como Coleridge, Blake, Goethe o Yeats. Mientras, Kant le despreció tildándole como el “archi-fanático de todos los fanáticos.” Muchos otros observadores estaban igual de desconcertados ¿Qué pudo transformar a un talentoso y reservado caballero científico en alguien a quien John Wesley llamó “uno de los más ingeniosos, vibrantes y entretenidos locos que jamás haya puesto una pluma sobre el papel”? La respuesta puede ser la epilepsia.

Parte II | Parte III

“El mito de la persecución”: los primeros cristianos no fueron perseguidos


Una historiadora especializada en la iglesia primitiva asegura que los romanos no tuvieron como objetivo, cazaron o masacraron a los seguidores de Jesús.

Un artículo original de Laura Miller

entrada23042014

De forma inmediata tras la tragedia de la masacre de la Escuela de Secundaria de Columbine, nació un mito moderno. Se extendió la historia que uno de los dos asesinos preguntó a una de las víctimas, Cassie Bernall, si creía en dios. Aparentemente, Bernall respondió con un “sí” antes de que la dispararan. La madre de ella escribió una biografía titulada “Ella dijo sí: el improbable martirio de Cassie Bernall”, un tributo a la valiente fe cristiana de su hija. Entonces, mientras se publicaba el libro, otra estudiante que se escondía junto a Bernall contó al periodista Dave Cullen que aquella conversación nunca había tenido lugar.

Pese a que el nuevo libro de Candida Moss, “El mito de la persecución: Cómo los primeros cristianos inventaron la historia del martirio”, se centra en los tres siglos posteriores a la muerte de Jesús, plantea el tema citando este paralelismo de la actualidad. Moss afirma que, si nos se va a considerar a Bernall como una “mártir”, sus últimas palabras son fundamentales. Pese a ello, pueden interferir tergiversaciones e incurrir en falsedades al respecto. Incluso en un momento tan mediatizado y conectado como el que vivimos en la actualidad, el público puede recibir una historia distinta a la real, incluso pese a la presencia entre nosotros de testigos presenciales. Siendo esto así, qué no será con los mártires originales de la cristiandad, con una historia de tercera mano, fuertemente revisada, ceñida a determinados intereses y anacrónica.

Moss, profesora en la Universidad de Notre Dame de Nuevo Testamento y primitiva cristiandad, reta algunas de las más veneradas leyendas de las religión al cuestionar lo que denomina “la narrativa catequista de una iglesia de mártires, de cristianos ocultos por temor en catacumbas, reuniéndose en secreto para evitar ser arrestados y echados a los leones sin ninguna clase de piedad por sus creencia religiosas”. Ella mantiene que nada de eso es cierto. En los 300 años que transcurren entre la (supuesta) muerte de Jesús y la conversión del Emperador Constantino, puede que hubiera en total unos 10 o 12 años dispersos durante los cuales los cristianos fueron singularizados en aras de su supresión por parte de las autoridades imperiales de Roma. Incluso en esas ocasiones, la fuerza de aquellas iniciativas fueron laxas, inexistentes en algunas regiones, aunque duras en otras. Según Moss, “los cristianos nunca fueron víctimas de una persecución sostenida en el tiempo.”

La mayor parte de la sección central de “El mito de la persecución” se basa en la lectura exhaustiva de las seis denominadas “actas” de los primeros mártires de la iglesia. En ellas se incluye a Policarpo, obispo de Esmirna durante el siglo II y quemado atado a una estaca, y Santa Perpetua, una joven madre de clase acomodada que fue ejecutada en la arena de Cartago con su esclava Felicidad, a comienzos del siglo III. Moss apunta cuidadosamente las inconsistencias entre esas historias y lo que conocemos de la sociedad Romana, indaga en herejías que ni siquiera existían en el momento en el que fueron martirizados y las referencias a la tradición del martirio que aún deben de ser establecidas. Es prácticamente segura una base de verdad en estas historias, explica la autora, de la misma manera que tiene que haberla en la primera historia de la iglesia escrita por un palestino llamado Eusebio en el año 311. Lo que ocurre es que esta imposible cribar lo cierto de las invenciones coloristas, los fines egoístas y los intentos de reforzar las ortodoxias posteriores.

Moss también analiza los registros romanos que nos han llegado. Apunta que durante la única campaña anticristiana concertada por los romanos, bajo el gobierno de Diocleciano entre el 303 y el 306, los cristianos fueron expulsados de los puestos públicos. Sus iglesias, como la que existía en Nicomedia, al otro lado de la calle del palacio imperial, fueron destruidas. Aún así, como señala Moss, si los cristianos ocupaban puestos de alto rango de carácter público y habían construido una iglesia “en el jardín delantero del emperador” difícilmente habrían estado escondiéndose en catacumbas antes de que Diocleciano proclamase su edicto contra ellos.

Dicho esto, no se puede negar que algunos cristianos fuero ejecutados de forma horrible bajo condiciones que consideraríamos de una injusticia grotesca. Pero es importante, explica Moss, distinguir entre “persecución” y “procesamiento”. Los romanos no estaban dispuestos a mantener población reclusa, por lo que la pena capital era común para lo que consideraríamos faltas menores: podían condenarte a muerte por escribir una canción calumniosa. Moss distingue entre aquellos casos en los que los cristianos fueron enjuiciados simplemente por serlo y aquellos a los que se condenaron por participar en lo que los romanos consideraban actividades subversivas o traiciones. Dados los “ideales diarios y las estructuras sociales” que los romanos mantenían que eran esenciales para el imperio, las transgresiones podrían incluir la negación pública del carácter divino del emperador, rechazar el servicio militar o rechazar la autoridad de un juez. En uno de los capítulos más fascinantes, Moss trata de explicar cuán desconcertantes y molestos resultaban los cristianos a los romanos (para los que “no existía el pacifismo como concepto”). Eso cuando los tenían en cuenta.

Los cristianos podían terminar en las cortes de justicia romanas por distintas razones y una vez allí eran propensos a anunciar, como en una ocasión hizo un creyente llamado Liberio, “que no podía ser respetuoso con el emperador, que sólo podía ser respetuoso con Cristo.” Moss lo compara con “defensores modernos que dicen que ellos no reconocen la autoridad del juez o del gobierno, sólo reconocen la autoridad de dios. Tanto para los occidentales como para los antiguos romanos, esto suena o siniestro o vagamente delirante.” Tampoco ayudó la pasión desarrollada por los primitivos cristianos hacia el martirio. Sufriendo demostraban, al mismo tiempo, tanto la piedad del mártir como la autenticidad de la religión que profesaban, haciéndoles ganar al mismo tiempo, un asiento de primera clase en el cielo (el resto de cristianos tendrán que esperar al día del Juicio Final.) Se cuentan historias de fanáticos buscando de forma deliberada la oportunidad de morir por su fe, incluyendo una turba que se presentó en la puerta de un oficial romano en Asia menor, exigiendo ser martirizados, siendo rechazados ya que él no tenía la potestad de satisfacer su demanda.

No es que Moss posea una escritura fluida y natural, pero es minuciosa, se esfuerza por lograr claridad y está sinceramente involucrada en su preocupación por la influencia del mito del martirio en las sociedades occidentales. “La idea de una iglesia perseguida es casi por completo una invención a partir del siglo IV,” escribe. De forma significativa, ese es el periodo durante el cuál la iglesia se convierte, gracias a Constantino, en “políticamente segura”. Aún así, en lugar de proporcionar un relato veraz de los primeros años del cristianismo, los eruditos y clérigos del siglo IV pusieron en relieve historias de violencia sistemática y horrible. Esas historias se usaban de forma sutil (y no tan sutil) como propaganda contra ideas heréticas o sectas. También se convirtieron en un entretenimiento morboso para creyentes que se encontraban en situación de seguridad; Moss lo compara con suburbanitas contemporáneos deleitándose con una película de terror.

Los polemistas de hoy en día continúan empleando la arraigada creencia en una perseguida, y por tanto moralmente recta, iglesia como un arma política con la que demonizar a sus oponentes. Moss ve una relación directa entre el valor de los mártires y la absurda retórica de la derecha sobre la “guerra contra la cristiandad”. Esa táctica hace el compromiso imposible. “No puedes colaborar con alguien que te persigue”, señala de forma astuta Moss. “Tienes que defenderte.”

Donde ella es menos perspicaz es en su creencia de que exponiendo la “falsa historia de la persecución” podremos, de alguna manera, expiar esta aproximación paranoide a las diferencias políticas. Uno de los aspectos más reveladores de “El mito de la persecución” es la capacidad de Moss de encontrar analogías contemporáneas que hacen el mundo antiguo más comprensible para el lector, como la historia de Cassie Bernall. Pero dicha historia nos ofrece una lección adiciona sobre la impermeabilidad a los hechos desagradables de los creyentes. La familia Bernall y la iglesia mantienen su postura pese a los compañeros de escuela que estuvieron presentes en la matanza y que han desmontado la leyenda “Ella dijo sí”. “Puedes decir que no ocurrió de aquella manera,” declaró el pastor de la iglesia a la que asistía Bernall a un reportero, “pero la iglesia no lo aceptará. Para la iglesia, Cassie siempre dijo sí, eternamente.”

mp3: Extremoduro “Jesucristo García”