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Criticando el mundo desde 1976

La mujer invisible


 

Supongo que ésta historia tiene mucho que agradecer a Almudena Grandes…

lamujerinvisible 

-¡Manuela!- el grito de Paca la del tercero, atronó la calle, haciendo que más de uno de los anónimos viandantes se dieran la vuelta mirando a la ventana desde que su vecina de toda la vida la gritaba. La escena era tan habitual que ni se sonrojaba, sabía que le pediría que le subiera algo del supermercado y que ya se lo pagaría cuando se lo llevara. Nunca se lo pagaba. Ni el brick de leche. Ni la barra de pan. Ni la docena de huevos. Pero aquellas menudencias no la molestaban, servían de excusa para pasarse por la tienda de la esquina, la de toda la vida, donde la conocían desde antes de que su nariz llegara a asomar por encima del mostrador. Aquellos favores para Paca la del tercero la servían para pasarse por el colmado donde, cuando era pequeña, quedaba fascinada por los colores y las formas de las chucherías que se apilaban en las cajas translúcidas sobre la encimera. Aquello era lo que le gustaba cuando era niña. Pero hacía mucho tiempo que había olvidado lo que le gustaban los regalices rojos o los chicles de fresa ácida y lo que le llevaba todos los días hasta el umbral de aquella tienda era otra cosa que también estaba cuando ella era niña pero a lo que nunca prestó atención. Ahora, con una madre enferma con la que volver a vivir después de dos divorcios, prestaba más atención los detalles.

 

-Buenas tardes, Manuela ¿Qué te pongo hoy?- los ojos de Vicente la miraban desde el otro lado del mostrador como la habían mirado desde siempre pero ella no se había dado cuenta, inmersa en una vida que parecía pasar al otro lado de un cristal.
-Hola Vicente- sintió ruborizarse ante una mirada que la devolvía su propia imagen de una forma que no se había visto nunca, como una mujer de carne y hueso, no como un accesorio para llevar a las cenas de empresa, o como la que tenía que ser una puta en la cama y una señora en la calle, o como aquella contra la que descargar la frustración de un trabajo y de una vida que no estaba a las alturas de las expectativas del otro, o como la que tenía que cargar con el peso de una vida y de una responsabilidad que, las más de las veces, le quedaba grande. La mirada de Vicente la convertían en un ser tangible, nada que ver con la mujer anodina, invisible, a la que nadie prestaba nunca atención. La mirada de Vicente hacía que su cuerpo se expandiera como un buñuelo en contacto con el aceite caliente. La mirada de Vicente la veía y la calaba hasta lo más hondo, la atravesaba y se quedaba en ella, viendo la niña que fue, la adolescente que llegó a ser, la mujer en la que se convirtió y aquella que tuvo que volver al barrio, marchita y con la tarea de cuidar a su madre.
-Ponme una barra de pan, cien gramos de jamón y dos bricks de leche.
-Uno de ellos para Paca ¿no?- sonrió Vicente, sabiendo de sobra que Manuela era la encargada de las menudencias de la vecina del tercero.
-Ya sabes que sí- la mano de Vicente se detuvo unos instantes más de lo habitual cuando cogía el billete de diez euros que Manuela le extendía. El roce, ligero, casi imperceptible, hizo que su corazón, cansado de una vida monótona diera un vuelco.

 

-Tarde. Llegas más de diez minutos tarde- la voz de su anciana madre parecía tener polvo en las esquinas.
-Madre, no creo que haya tardado tanto. Sólo he ido a la mercería a por unas medias y al colmado de la esquina.
Los ojos nublados de cataratas de su madre le miraron inquisitivos.
-Ya he oído los gritos de Paca la del tercero pidiéndote un litro de leche ¿Hasta cuando vas a ser la criada de esa mala pécora?- su madre siempre había sentido un odio inexplicable hacia su vecina, tal vez porque era cinco años más joven que ella, tal vez porque era más guapa que ella, tal vez porque era bastante más lanzada con los hombres de lo que el decoro de una mujer instalada en las más férreas tradiciones, jamás le hubiera permitido. –Esa solterona debía de habérselo pensado dos veces antes de quedarse solterona para toda la vida. Aunque ¿qué te voy a decir a ti? Una vez divorciada, la otra separada de un hombre con el que vivías en pecado…- la eterna perorata de su madre seguía por los lugares comunes que siempre usaba pare echarle en cara. Tras su divorcio y su separación pasaría por el tema de no haber tenido hijos, de ser la única de sus hijos que no la había dado nietos, por haberse quedado sola para siempre. Aquella tarde, que no tenía nada más especial que ser la del último martes del mes de abril, la capacidad de aguante de Manuela llegó a su límite.
-Deberías dar gracias a tu hija la pecadora, la que nunca tuvo hijos porque de no ser por mí, si fuera por los otros, estarías en un asilo…
-¡Mira desvergonzada! Ahora no puedo decirte lo que te tendría que decir porque tenemos que arreglarnos para ir a misa de ocho.
Manuela se mordió los labios, como tantas otras veces había hecho. Con la callada por respuesta ayudó a su madre a ponerse los zapatos, le acercó el rosario y el breviario, la pasó la toquilla sobre los hombros, ya no hacía temperatura para llevar abrigo.

 

Salieron a la tibia calidez de la calle cuando aún no habían dado las nueve. La verja del colmado no estaba bajada del todo y dentro aún se podía ver la figura de Vicente colocando unas cajas. Mientras su madre hablaba con otras beatas como ella, la mirada de Manuela no se despegaba de aquella cancela que la separaba de aquél que siempre había sabido verla mientras su madre seguía su diatriba con el resto de feligresas cotorreando sobre los últimos rumores del barrio, poniéndose al día de los cotilleos catódicos sobre toreros, tonadilleras y demás personajillos. En el interior de la tienda Vicente había terminado de recoger y colocar, justo subía la verja cuando su madre, con su proverbial sentido de la oportunidad, dio por concluido el cónclave de señoronas del barrio hasta el día siguiente, en el preciso instante en el que la mirada del tendero se detuvo en la figura de una Manuela que, inconsciente de su lenguaje corporal, se irguió sobre sus tacones, poniéndose derecha y sacando pecho. No tuvo tiempo de que se acercara aquel cuyos ojos le había devuelto la visibilidad, su madre le tironeaba de la manga de la ligera chaqueta de entretiempo conminándola a volver a casa.

 

Subiendo los ochenta y ocho escalones de madera, esos que había contado tantas veces de niña y que ahora crujían bajo su paso y el renqueante ascenso de su madre, daba vueltas a que debía haberse acercado a Vicente, saludarle, tal vez comentarle alguna trivialidad e invitarle a tomar una caña en algún bar cercano. Pero como siempre, el sentido del deber había prevalecido, se había retirado con su madre y el silencio que las más de las veces se interponía entre ellas. Nada más abrir la puerta comenzaron las órdenes con las que cuadricular el día siguiente:
-Mañana tienes que descolgar las cortinas del salón, que hay que echarlas a lavar. Y no te olvides de poner ésta noche las lentejas a remojo- la retahíla de órdenes se iban amontonando, pero Manuela no lograba retenerlas, enfrascada en sus propios pensamientos. En Vicente, en su vida, en cómo sería al lado de un hombre como él, en qué pensaría de ella, una mujer separada dos veces. En su fuero interno era capaz de intuir que eso, a él, le daba igual, como siempre era ella la que se ponía sus propios obstáculos. –Y recuerda que tienes que bajar la basura- concluyó la perorata su madre. Aquello le sirvió para sacarla de sus pensamientos y trazar las primeras líneas de su plan.
-Ahora mismo la tiro- respondió sin darse tiempo a desprenderse de la chaqueta.

 

Bajó las escaleras las que había numerado en incontables ocasiones desde que era niña, bautizándolas con un número que las hacía únicas, que las diferenciaba de las demás, viéndose interceptada por la voz de Paca que también le pidió que, si no le resultaba demasiada molestia, también le bajara la basura. Puso un pie en el quicio de la puerta del portal y una vaharada de aire fresco de primavera la impulsó a arrebujarse en su chaquetilla, encaminándose hacia la esquina.

 

El cuerpo de Manuela sintió la mirada de Vicente antes de verle. Notó cómo se volvía corpórea, cómo aquellos ojos que se demoraban en cada una de sus curvas, la volvían más rotunda, más mujer. Y segura de su femineidad se acercó a la puerta del tienda en la que Vicente se despedía de alguno de los vecinos con los que había estado charlando mientras fumada un cigarro liado a mano tras echar el cierre. Su tacón repicó en Morse sobre el empedrado de la carretera las palabras que su voz se negaban a pronunciar.
-Hola Manuela- fue lo único que, después, sería capaz de recordar ella cuando se despertó por el sonido de la lluvia en la cama de Vicente, arrebolada e incapaz de borrar una sonrisa en una boca que había perdido ese hábito.

mp3: Pasión Vega “La canción de las noches perdidas”

Ingrávidos y celestes


 ingravidosycelestes

Con pulso impreciso resigue su sombra en la pared, tratando de dibujarla para cuando ella se marche, para que quede algo más que su hueco. Los segundos antes del amanecer son niños crueles y asustadizos, cobardes. Ha visto en sus ojos (los de ella) dolor y celos. En los de él ha visto la satisfacción del que se sabe ganador de una guerra que nunca fue declarada. Y él teniendo claro en qué bando debe enrolarse sin estar demasiado seguro de que quiera: la distancia entre deber y querer no se salva sin que caiga alguien en el intento.

Los dos se conocían de siempre, desde niños, creciendo en aquél barrio más allá de las vías del tren. Eran los raros, a los que todos daban la espalda, de los que todos se burlaban, por eso fue inevitable que se hicieran, más que amigos, compañeros en las vejaciones de los demás. Hablaban de escapar, de visitar lugares que sólo habían visto en la televisión pero que no sabían si existían en el mundo real. No se sorprendió cuando le dijo que había robado las llaves del coche de su padre. Acalló la molesta voz de la conciencia con frases manidas con las que avivó la valentía que no sentía cuando se abrochó el cinturón de seguridad. Se repitieron una y otra vez que lo que dejaban atrás no merecía ninguna oportunidad.

Los horizontes se escurrían al otro lado de las ventanillas. Las luces de las ciudades por las que pasaban dejaban endebles marcas en la carrocería. Durante el día conducían sin rumbo y sin mapa, trazando su propio itinerario. Por la noche se dejaban vencer por una modorra que les arrullaba donde quiera que les sorprendiera la luna, derrotados por un letargo sin sueños. Hasta que soñó con ella haciendo autostop.

Apareció en una recta la tarde siguiente, tal y como había visto en su sueño, más rubia, menos virginal, más brillante del sudor de una tarde a pleno sol. Su destino, tan solitario y rubio era el mismo que el de ellos, así que no parecía haber inconveniente en que siguieran los tres juntos.

Los horizontes se escurrían al otro lado de las ventanillas. Las luces de las ciudades por las que pasaban dejaban endebles marcas en la carrocería. Durante el día conducían sin rumbo y sin mapa, trazando su propio itinerario. Por las noches ya no dormían sin sueños, las más de las veces era una duermevela en el coche de conversaciones a media voz, de confesiones y planes y comentarios subidos de tono. Ellos eran vírgenes. Ella lo había sido. Al final de la primera semana juntos ambos había probado el placer carnal de un cuerpo ajeno. Al final de la segunda semana eran una pareja de tres y las noches se convertían en refriegas, batallas, intercambios de besos, caricias y fluidos sin importar el destino. Podía besarle a él y acariciarla a ella. O que él se inmiscuyera bajo su pantalón mientras ella, sin pedir permiso ni perdón jugaba con sus pezones. Los confines del habitáculo del coche se quedaron estrechos para una expansiva sensación que llenaba a los tres y los daba la vuelta para, al final, devolverlos más cansados, más distintos, a un mundo de carreteras y caminos.

Solitarias explanadas de trigo llegaban hasta el lugar donde se cansan los ojos y dan paso a un cielo que parecía más lejano cuanto más se adentraban al sur. Eran tres pero eran uno, aunque ella siempre se reservaba el derecho de la última palabra. Y dormía en tensión, como si lo hiciera con el dedo en el gatillo de una pistola con la que alejar las pesadillas.

Sugirió que se quedaran en un hotel, cambiar el escenario del coche por una cama. No se les ocurrió decir que no como tampoco había ningún motivo para decir que sí. Así descubrieron sus cuerpos bajo una luz que los convertía en algo completamente nuevo. Pasaron aquella noche reconociéndose de nuevo como la primera vez que descubrieron el asiento de atrás del coche. Pero ella intuyó que, la gran mayoría de las veces, no es que tres fueran multitud, es que hacía que las cosas se debían compartir en trozos más pequeños.

De pronto un día, sin previo aviso, se encontraron frente al mar. Ellos sólo lo habían visto en fotos. Ella había crecido en un pueblo de casas encaladas que miraban todas a un mar tranquilo y cruel. Ella fue la encargada de las presentaciones y se metieron los tres sin pensárselo dos veces, ingrávidos y celestes, contagiados de salitre y algas. Se besaron bajo el agua. Primero ella se besó con cada uno, acercando su cuerpo más y más, tenue en aquella maraña de brazos, labios, de pechos y espaldas. Después los dos descubrieron los labios de los que habían escuchado mil fantasías, cientos de planes y un buen puñado de confesiones. Ella se hizo a un lado, convidada de piedra, mientras cada uno colonizaba con manos y brazos un cuerpo que siempre les había sido ajeno pese a estar al alcance de los dedos.

Aquella noche ella toma la decisión. Los mira con el cariño reservado para las cosas que has visto crecer. Él, despierto, finge dormir. Con pulso impreciso resigue su sombra en la pared, tratando de dibujarla para cuando ella se marche, para que quede algo más que su hueco. Los segundos antes del amanecer son niños crueles y asustadizos, cobardes. Se da la vuelta y se marcha sin una mirada atrás. Sin un adiós. Entregando su victoria a aquél que nunca iba a perder.

mp3: Muñeco Vudu “Con el dedo en el gatillo”

Lejos (de casa)


 

Cambia de piel, busca una excusa.

El tiempo se ha roto de tanto vapuleo.

No es que te haga falta justificar
esa boca de desierto,
mas se hace necesario
convivir con el resuello del pecado.

Como una meretriz de saldo
desgranas amantes a granel
que nunca tuvieron nombre
ni sombra en la pared.

Taconea tus zapatos
enjaretados de rubí,
con tu mejor cara de mártir
di que quieres estar lejos de casa.

Firmada la sentencia sólo resta bajar el telón.

mp3: Christina Rosenvinge “Tok, tok (acústico)”

Patronaje


 

Y si muero por encontrar en ti
las anchuras de un lugar
que se me había quedado estrecho.

Aún así, sabiéndome
en éste pretérito imperfecto,
descubrir que no soy lo que espero
es reiterar lo evidente.

Que me duele el silencio
y me escuecen las palabras
que se escudan en otros cuerpos que nunca conocí.

Porque para salir de
este laberinto en ruinas
tendría que volverme minotauro,
bastardo de una condena
que se ofrece en los anuncios por palabras.

Deseo vinagre para las heridas,
acumulo rencores como cheques al portador.

Qué has hecho conmigo,
simiente del mal augurio,
que se me destierra el alma de éste frágil recoveco.

mp3: 30 seconds to Mars “Kings and Queens”

Por mí, por todos mis compañeros y por mí el primero


 

los-rodriguez 

 

Vivía en un barrio más allá de las vías, un árido conglomerado de bloques tan mastodónticos que le hacían sentir aún más diminuto, vulnerable como en el patio del colegio a merced de los matones del recreo. Los días empezaban y terminaban con los terremotos artificiales de los trenes que llevaban a cualquier otro sitio lejos de aquél lugar en el que sólo se atrevían a crecer las malas hierbas. Los sábados los pasaba jugando con otros chicos del barrio. A veces a “policías y ladrones”, otras al “escondite inglés”, las más de las ocasiones a la pelota en sus más diversas variantes y, muy de vez en cuando, al “escondite”.

En eso era en lo único en lo que era el mejor de todo el barrio. Era capaz de estar en el mejor escondite durante el tiempo suficiente sin que nadie le encontrara, agazapado, esperando, conteniendo la respiración, midiendo el paso del tiempo por el número de trenes que atronaban al otro lado, calculando cuántos habían sido descubiertos antes que él. Y en el momento preciso, salir raudo en dirección a la pared para gritar “Por mí, por todos mis compañeros y por mí el primero”, sintiéndose el más importante del universo por haber logrado al resto de chavales de las cadenas impuestas por el cazador al que le tocaba aquella ocasión. Le gustaba imaginar que cada vez que pronunciaba ese sortilegio retrasaba, aunque sólo fuera un poco, su crecimiento, que prolongaba la niñez en aquél barrio sórdido.

Sólo hubo una ocasión en la que no logró llegar el primero a la pared y gritar con toda su capacidad pulmonar aquel mantra que los salvaría a todos. Y supo que todo su esfuerzo había sido en vano, que al no haber sido él quien repitiera las palabras mágicas, todo el tiempo que había conseguido arrebatar al crecer había caído de golpe sobre todos y cada uno de sus vecinos, alejándolos de los bocadillos de nocilla y las partidas de chapas, de los dibujos los sábados después de comer y de los campeonatos de peonza, de las eternas tardes de principio de verano cuando podían llegar a casa a la hora en la que asomaban las primeras luciérnagas.

mp3: Rosa León “Jugando al escondite”

Un desastre manifiesto


 

Él era de los que, meticulosamente, etiquetaban, organizaban, categorizaban y trazaba con tiralíneas los caminos de su vida. Para ella el caos era la extensión de sí misma, una forma de expresión.

Pero el día que, en el supermercado, ambos se abalanzaron hacia el último sobre de Tang (sabor tropical) durante la fracción de segundo que sus dedos se rozaron por primera vez, supieron que terminarían con una hipoteca a nombre de los dos.

mp3: Nacho Vegas “Un desastre manifiesto”

Sálvate


 

lemat 

Se adelantan los vientos de la primavera
huele a romero y a humedad,
la bayoneta cruzada en la espalda
con la vieja manía
de construir castillos en el aire.

Cruzando calles a ciegas,
el loco del tarot no despegará
                                      los labios.

Habiendo perdido la costumbre
de batallar contra pesos pluma,
se hace cuesta arriba
la tradición de inmolarte.

Sálvate de los tiempos de bruma.

Sálvate de la cordura traidora.

Sálvate de la insidiosa morriña.

Ajustando cuentas con el destino
trazado en la palma de la mano,
arena de reloj
llenando los bolsillos.

Pudiendo ser tu propio adversario
te convertiste en tu esclavo.

Se adelantan los vientos de la primavera.
No osan pasar más allá del zaguán.

mp3: Moloko “Come on”

El orgullo del Tercer Mundo (o África empieza en los Pirineos)


 

Esta entrada no es la que tenía planeada colgar hoy, pero lo que he sufrido ayer merece que me desahogue un poco.

Se supone que vivimos en un país desarrollado, que pertenecemos a la Unión Europea (éste semestre, incluso, somos el país que la preside). Pues bien, con tanto desarrollo como el que tenemos, resulta que cuando hay una helada y cae una nevada, el país desarrollado se colapsa y vuelve a la edad de piedra, o de hielo, como prefiráis.

Así, un viaje de cuatro horas y medias se transforma en una odisea: mi tren destino a la Villa y Corte tenía que salir a 19:20 pero se retrasó hasta las 19:50 ¿Por qué? Sin explicación alguna, porque para qué le vas explicar nada a los sufridos clientes y viajeros. Que se joroben. Al menos ese era el careto de todo el personal del tren. Las estaciones se sucedían con más o menos normalidad. Y a las 23:00 se llegó a Valladolid donde, en teoría, había cambio de tren. Algo anunciado en la web de Renfe desde dos días antes. Sabiéndolo de antemano te plantéas que ya tendrán el nuevo tren preparado, que lo pondrán en el andén de enfrente y cambiarás de vía tan feliz sin más contratiempo… Craso error: el nuevo tren no estaba listo y nos dijeron que tardaría 45 minutos que se alargaron hasta casi la hora y media y lo pusieron en otro anden al que, para acceder, había que subir una pasarela de escaleras empinadas lo que, con los maletones que llevaba la gente lo convertía en una proeza digna de unos cuantos cantares de gesta. Al final el tren se puso en marcha llegando a su destino a las 2:00. En fin. Resignación. No va a haber metro así que habrá que soltarle la tela a esos majos señores que conducen coches y se hacen llamar Servicio Público: los taxistas. Lo que no se esperaba nadie es que el tren anterior todavía andaba esperando taxis y que estos aparecían con una frecuencia de uno cada cinco minutos. La cola de doscientas personas en la estación de Chamartín era de proporciones épicas. Así, a la intemperie hubo que esperar más de dos horas hasta que un simpático taxista (esto va sin coña, era majo de verdad) apareció para llevarme hasta mi casa. Hasta que apareció, un grupo de intrépidas damiselas se enfrentaron a los seguratas de Chamartín para pasar dentro de la estación y resguardarse del frío. La actitud de estos no es que fuera lamentable, es que fue tan delirante (uno de ellos llegó a decir “A mí no se me quejen y prendan fuego a la estación que es lo que tienen que hacer”) que llamaron a las fuerzas del estado que, como no tenían nada mejor que hacer, se presentaron en la estación. Hasta seis zetas y una furgoneta se presentaron en el lugar de los hechos. Poco más y nos piden que nos disolvamos por reunión ilícita. Y para más recochineo, a las 4:15 sale un policía con voz engolada que anuncia que van a abrir la estación para que los que quieran puedan entrar a resguardarse del frío pero que no se hacían responsables del lugar en la cola para los taxis. Qué gracioso. La estación de Chamartín abre sus puertas a las 4:30.

Al final, a las 4:35 logré llegar a casa. Sólo tardé 9 horas en llegar a mi destino.

Y digo yo ¿qué pasa en el norte de Europa cuando ocurren éste tipo de cosas? ¿No nos pueden enseñar nada a los pobres españolitos?

mp3: Snow “Informer”

La señorona


 

Al fondo del bar, humo y luces tenues. Tan dramático es para ella el no ser capaz de desprenderse de aquellos modales empañados de naftalina como que le quede como un saco cualquier modelito de “haute couture” cortado a medida. Sus formas de señorona de sesenta años contradice una edad biológica que no llega al tercio de siglo. Harta de la imposibilidad de verse favorecida de forma alguna por los modelitos acordes con los años que pone en su carné de identidad ha optado por el luto como base de su fondo de armario. El negro de moda entre los góticos, aquél que siempre se considera que combina bien con cualquier cosa, el que se cree que hace la silueta más estilizada, en su caso se transforma en un borrón en tu visión periférica. De pronto un manchurrón negro llena el espacio, mientras un aroma de flores marchitas toma posesión del ambiente transformando al resto de los presentes en estatuas convidadas a su prematura decrepitud.

Dicen que perdió la razón como una Penélope de Serrat. Que por eso habla en voz alta consigo misma con un tono que hiere el tímpano de todo aquél que están en un radio más o menos próximo a su influencia. El tema casi siempre es ella misma en una suerte de monólogo autobiográfico con el que templa los días para darles la forma que mejor se adapte a su incapacidad de que alguien se interese por su incesante charloteo. Aquellos que, por desconocimiento o audacia, han tratado de interesarse por lo que dice, por sus historias, sus anécdotas o sus necias opiniones, generalmente no sacan nada en claro más que desquiciadas disquisiciones sobre la vida que dan lugar a comentarios jocoso. Especialmente cuando, con un auditorio que la presta atención, trata de hacerse más intelectual de lo que es.

Al fondo del bar puedes llegar a escuchar perlas que persisten en tu memoria dado el asombro que te producen como aquello de “Una vez me he fumado un porro de manzanilla y casi me muero”, esas opiniones políticas dignas de usarse como muletilla en cualquier conversación del tipo “Hay que distinguir entre dos izquierdas: la buena y la mala”, los impagables momentos literarios “Me gusta mucho Monterroso, nunca me he terminado de leer su historia sobre el dinosaurio, pero lo sigo mucho” o “Pocoyo es demasiado intelectual para mí”, sin olvidar sus conocimientos histórico-electricistas “Me he quedado sin luz en casa: se ha caído la gleba”

Cerca de la cirrosis, la dejamos en el fondo del bar, humo y luces tenues, mientras ojea el Venca como quien revisa el Vogue.

mp3: Lostprophets “It’s not the end of the world but I can see it from here”

Fachada


 

21122009 

Los planos existenciales por los que me muevo son prolijos en personajes curiosos, personajillos y cabareteras de medio pelo con pretensiones de algo mas que una vida opaca y anodina.

Mirad a aquel, por ejemplo, el que se cree el hombre perfecto: inteligente, divertido, atractivo… Todas las cualidades que adornan a los usuarios de Varon Dandy, Brummel o Agua Brava. Pero nadie es un buen juez de si mismo y la objetividad se distorsiona ante el espejo en el que nos miramos. La realidad sí que es imparcial y, de la misma forma que él ve la brizna en el ojo ajeno, los demás ven la viga que hay en el suyo. Pero mientras se encarga de señalar la brizna en los otros, tratando de librarse de toda mácula, los demás, los que son objeto de su inquina y su malevolencia disfrazada de humorismo heredero de la rancia tradición arevalista (o, para el caso, de Marianico el Corto) callan y otorgan, no por evitar la confrontación, no por darle la razón (que a veces tiene, aunque la pierda dadas sus formas) sino por la apatía que les invade ante tamaño despropósito de personaje. No pueden por menos que compadecer el esfuerzo,  consciente o inconsciente, que tiene que hacer para mantener una fachada que cuando accidentalmente se resquebraja muestra, en toda su opacidad, la mediocridad y zafiedad que lubrica sus engranajes.

Depende de la luz del ascua a la que acerque su sardina, pero todos los rostros que presenta, sonríen al interlocutor de turno, le regalan el oído con lo que cree que son las mejores palabras (aunque la mayor parte de las veces son términos rimbombantes cuyo significado desconoce y que, pocas veces, son las apropiadas para la ocasión) mientras espera el momento propicio en el que poder hundir el puñal en la espalda de la persona que tiene delante. El problema al que se enfrenta cuando trata de zaherir a alguien es la incapacidad de usar las habilidades sociales con cierta mesura, lo que se traduce en montar tanto estropicio como un elefante en una cacharrería cuando la discreción sería mucho más apropiada. No obstante, sus denodados esfuerzos por resaltar mas allá de los humos y las sombras de los bares le convierten en el máximo exponente de lo que no debiera ser nadie en su sano juicio. Afortunadamente, la experiencia, el paso del tiempo, pone a cada uno en su lugar y te dota de las armas y los escudos con los que evitar que las inquinas ajenas te afecten como lo hacen los mosquitos.

mp3: Black Eyed Peas (ft. Macy Gray): Request line