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4 claves para construir tu marca personal (Infografía)


4 claves para construir una marca personal (Infografía)

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Lo que el márketing del 2015 nos traerá (o no)


Si algo ha quedado claro en el 2014 es que el Márketing de Contenidos ha pasado a convertirse en uno de los elementos más poderosos dentro esta disciplina. No sólo por su indudable utilidad a la hora de mejorar el SEO, sino por el engagement que genera y la potenciación de la imagen de marca. Ahora bien, estamos hablando del 2014, lo que en los términos temporales en los que nos movemos hoy en día viene a ser tan remoto como la fecha de fabricación de los guerreros de terracota, así pues pensemos en lo que nos depara el 2015 en el sector. Del “productocentrismo” al “clientecentrismo” Lo primera certeza a la que nos enfrentamos es que el tiempo de vender, en el sentido más estricto del término, se ha acabado. En realidad lleva bastante tiempo agonizando, pero en los últimos tiempos su fallecimiento puede certificarse. Las empresas deben ser conscientes de que su producto no es el centro. Puedes tener el mejor producto del mundo, pero si no te lo compra nadie no te sirve para nada. ¿Y quién compra el producto? El cliente. La empresa debe empezar a servir a su audiencia mediante entradas que aporten valor, responder a las preguntas, solventar las demandas de su público. Reboot Durante el 2014 se habrá aplicado una determinada estrategia de márketing, seguramente centrada en los contenidos y (si se ha sido un poco avispado) en el cliente, llegando a él a través de todas las posibilidades que nos dan las Redes Sociales. Pero claro, dentro de esa estrategia debe llegar el momento en el que se deben medir los resultados obtenidos. De hecho, si una estrategia de marketing carece de la valoración de los resultados es más que probable se dirija al más absoluto de los fracasos. Al fin y al cabo, un plan de márketing no es más que una hoja de ruta que nos indica a donde queremos llegar. Si no conocemos nuestro destino podemos disfrutar de un viaje enriquecedor y maravilloso pero nunca sabremos cuándo hemos llegado. Con los resultados en la mano llega el momento de valor, verificar qué ha funcionado, qué es lo que no lo ha hecho, las razones detrás de los éxitos y de los fracasos. Es el momento de volver a empezar, replantear los cimientos de la estrategia de marketing, considerar las herramientas que vamos a utilizar y cómo vamos a hacerlo, sentar las metas que queremos alcanzar. Y empezar a trabajar para conseguirlas. Humanización Si hay algo que hemos aprendido de HAL 9000 o del Hector de “Saturno 3” o de los sucesivos Terminator, es que la falta de sentimientos y de empatía puede llevar a desastrosas consecuencias. El mundo en el que vivimos está ya tan deshumanizado que cada día nos parecemos a los hombres grises del “Momo” de Michael Ende. Si nuestro mensaje no es humano no alcanzará a nuestra audiencia. Tal vez cuando las máquinas sean nuestro público objetivo podamos ser binariamente asépticos Dotemos nuestros mensajes con cierto humor y complicidad, siempre dentro de los límites del respeto y la educación y manteniendo una línea coherente con la imagen que queremos dar. Con esto no se quiere decir que empezamos a contar chistes en Twitter o colgar imágenes de gatitos en los muros de Facebook sino que debemos demostrar a nuestra audiencia que somos humanos. La historia con imagen entra En un mundo digital nuestra historia tiene que ser digital. Aprovechando las ventajas que nos ofrecen los unos y los ceros, podemos llamar la atención de nuestra audiencia usando imágenes, videos, audios… El mundo del blanco sobre negro no está muerto, ni mucho menos, pero hoy tenemos gran cantidad de recursos al alcance de nuestra mano con los que convertir nuestra historia en algo que llame la atención, que genere complicidad con nuestra audiencia y que sea digna de ser compartida e, incluso, de ser recordada. Medir, medir, medir… Lo que decíamos antes: si no medimos no sabemos si estamos haciendo las cosas bien, regular o mal, si la estrategia que usamos en Twitter funciona o si tal vez estamos desperdiciando nuestro tiempo en Foursquare o en Google Plus. A lo mejor los artículos sobre los matices de blanco que perciben los esquimales no interesa a nuestra audiencia pero les apasiona todo lo que les contamos sobre el Doctor Who. Si no medimos, no podremos saberlo y reforzar esa línea de contenidos, obteniendo mayor atención por parte de nuestra audiencia. Pero los KPIs los debemos establecer en función de los objetivos de nuestro plan de marketing, debemos conocerlos de antemano e ir verificando la evolución de los mismos. De todas formas, debemos tener la precaución de no perdernos en un mar de datos que no vamos a ser capaces de interpretar. No debemos de ver la medición y las estadísticas como el enemigo sino como la herramienta que nos va a ayudar a obtener el objetivo que perseguimos. I can get your satisfaction El cliente, que seamos capaces de proveerle de una experiencia completa y satisfactoria se convertirá en el eje sobre el que pivote toda estrategia de marketing en el 2015. El usuario de hoy en día exige participar y colaborar, dar su opinión, compartir con su entorno los contenidos que le resultan interesantes, relevante. Si conseguimos esto, colmaremos las expectativas de nuestra audiencia. En pocas palabras, lo que el 2015 nos va a traer es una humanización mayor del márketing de contenidos centrado aún más en la experiencia del cliente, siempre midiendo los resultados para poder valorarlos y mejorar dicha experiencia.

Social Media: El marketing sin control no sirve de nada


Hace unos años hubo una campaña de neumáticos que decía “La potencia sin control no sirve de nada”, lo cual no deja de ser cierto: puedes tener toda la potencia que quieras pero si no la controlas terminarás saliéndote de la carretera.

De la misma manera, hoy en día los ubicuos anuncios de Internet aparecen en todas partes pero posiblemente en el lugar que poco o nada interesa a los anunciantes. Es decir, tienes la potencia de Internet pero si no controlas en qué medios apareces o no haces una buena segmentación, las posibilidades de impactar en tu público objetivo son prácticamente nulas.

Esta reflexión viene al hilo de que a lo largo del día de hoy me he encontrado con una de esas páginas que se abre en segundo plano de forma subrepticia detrás de la pantalla principal del navegador y reproducen de forma automática un ruidoso y molesto vídeo. Generalmente se tratan de páginas de nulo interés en las que se promocionan páginas de apuestas o estafas negocios piramidales. En este caso, el tema de la web era una investigación sobre el cáncer. El tema casi me sorprendió por que no es habitual dentro de estas páginas. Pero lo que me descolocó del todo es que el vídeo reproducido era de uno de los dos bancos más saneados de España. Mi sorpresa fue mayúscula, no tanto por el contenido del media, sino porque no lograba comprender la relación entre contenido y continente. Es evidente que el anuncio forma parte de algún plataforma que mete anuncios en cualquier plataforma, lo cual, en lugar de dar lustre a la web que aloja un anuncio de una empresa importante, tiene el efecto contrario, se puede considerar que la empresa tiene poco interés en dónde aparece con tal de constar. En este caso aparece en una web que no tiene nada que ver con el tema de la empresa, pero este tipo de descuidos puede llevar a situaciones que consideraríamos estrambóticas: ¿os imagináis un anuncio religioso en una página de contenidos porno?

Facebook es posiblemente una de las mayores bases de datos del mundo, contiene datos sobre gustos, aficiones y amistades de más de 1200 millones de personas. De la misma manera, estamos en manos de Google al que facilitamos hasta nuestros movimientos: no solo tiene nuestros datos, nuestro correo y nuestro archivos, si no que también sabe dónde estamos.

Y ambas empresas pone dichos datos a disposición de todo aquél que, gustosamente, pague por ellos (es por eso que los usuarios no tenemos que pagar nada por darnos de alta). Claro que una cantidad ingente de datos porque sí de poco sirven a cualquier empresa, por ello tienen que decidir a quién se quieren dirigir, dónde está su nicho de mercado. Ahora bien, hay empresas a las que ese tipo de análisis les resulta de lo más complejo y lanzan sus consignas y anuncios sin tener en cuenta en quién están impactando. De esta forma, te encuentras (en aquél momento AdBlockPlus no era más que una utopía) con anuncios sobre la menstruación o sobre la nueva fragancia de Shakira. O SMS por parte de tu operadora de móvil (que sabe exactamente tu dirección de facturación) para que participes en el sorteo de unas entradas de un concierto de “Il Divo” en Sevilla (sic).

En definitiva, puedes tener una base de datos con todos los usuarios de Facebook o Google, pero si no haces una criba tratando de encontrar a tus clientes potenciales, por un lado vas a consumir una gran cantidad de recursos a lo tonto y, por otro, no vas a conseguir los objetivos de la campaña. Vamos, que es como disparar a ciegas y confiar en que vayas a dar en el blanco. De la misma manera, aparecer en absolutamente todos los soportes no te va a reportar más clientes y sí un despilfarro de recursos.

Google contra nuestra humanidad: cómo Internet nos está transformando en robots


Cada vez más, nuestras vidas se están automatizando ¿qué consecuencias acarreará?

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Según el último informe del Centro de Investigaciones Pew (Pew Research Center) para el 2025, cuando el Internet de las Cosas esté establecido nuestras vidas mejorarán de forma dramática. Según señala Janna Anderson, coautora del documento, los expertos esperan “un cambio positivo en la salud, transporte, compras, producción industrial y medio ambiente.” Mientras que estas son posibilidades completamente válidas, es preocupante que no se preste demasiada atención a algo que va más allá de los potenciales problemas de privacidad: el coste moral de dejar nuestras decisiones en manos de aparatos inteligentes conectados a la red.
Consideremos nuestras tareas diarias una vez el Internet de las Cosas esté generalizado. Los responsables del informe prevén que estaremos rodeados de elementos más llenos de vida que las escobas mágicas que aparecen en “Fantasia de Walt Disney”: bricks de leche que informan al supermercado de que se han terminados; cepillos de dientes en conexión directa con nuestro odontólogo; recomendaciones de viaje personalizadas en función de nuestras preferencias gastronómicas; ropa inteligente que nos anima a hacer ejercicio; aparatos que señalan cómo queremos que nos traten los demás; e inteligencias artificiales que hagan nuestras compras personales.
Es más que probable que sea Google quien lidere algunas de estas innovaciones. Como indica Hal Varian, jefe económico de la compañía, en declaraciones para el análisis del Centro Pew: “Hace siglos, los ricos tenían sirvientes y, en el futuro, todos tendremos cibersirvientes.” Por lo que parece, donde quiera que vayamos, habrá un ayuda de cámara que nos hará seguimiento, evaluará nuestro comportamiento, nos dirigirá hacia nuestras metas y anticipará nuestras necesidades.
De primeras, suena maravilloso tener a nuestra disposición un mayordomo personal que trabaja incansablemente para satisfacer nuestras necesidades sin el problema de que tenga sentimientos. Pero antes de empezar a celebrarlo debemos considerar cierta precaución.

El autor de “The Psychodynamics of Social Networking (La psicodinámica de las redes sociales)”, Aaron Balick puso el dedo en la llaga de la externalización del trabajo cuando dijo a los investigadores de Pew: “Los aspectos positivos pueden verse reducidos por la creciente confianza en la externalización en tecnologías que se basan en algoritmos, no en las necesidades humanas… Podemos perder de vista nuestros propios deseos, nuestras voluntades, como esos conductores de los que hemos oído hablar que confiaban tanto en su GPS que terminaban en los lugares más inverosímiles pese a la evidencia contraria del mundo real.”

Balick tiene razón al preocuparse por la reducción de nuestra autonomía cuando una guía crónica computacional coreografíe nuestras idas y venidas. Pero también debemos considerar un problema existencial, una alienación que tendrá profunda consecuencias para los que consideramos significativos nuestros proyectos y nuestras relaciones. Bienvenidos a la delegación engañosa.

Cuando delegamos las tareas más arduas de la vida diaria a omnipresentes tecnologías que dirigen nuestro comportamiento imbricándose en un segundo plano, ocurren dos cosas íntimamente relacionadas entre sí. Nos desconectamos de la toma de decisiones. Y somos susceptibles de creer que nos merecemos el mérito por los aparatos que están actuando en nuestro lugar haciendo un buen trabajo.

La delegación engañosa es un llamativo rasgo de las representaciones sociológicas de nuestras relaciones actuales con nuestros subordinados. De hecho, cuando Arlie Russell Hochschild transmite la duplicidad emocional que hay en juego en la labor de un planificador de boda, bien podría estar señalando por qué el Internet de las cosas nos está llevando en dirección hacia la colisión contra una falsedad generalizada.

En “The Outsourced Self: What Happens When We Pay Others To Live Our Lives For Us (El yo externalizado: qué ocurre cuando pagamos a otros para que vivan nuestras vidas)” Hochschild examina el creciente número de tareas que el mercado contemporáneo nos permite delegar en ayudantes contratados, consultores y sustitutos. Dedica un capítulo a los planificadores de boda porque su trabajo ejemplifica las complicaciones de la externalización. Por una parte, se responsabilizan de proveer a los clientes de experiencias personalizadas que hagan del gran día algo especial. Para lograrlo, el planificador necesita conocer la esencia de los gustos y preferencias de los clientes para poder crear eventos que reflejen una personalidad única. Por otra parte, los planificadores de bodas se ven desposeídos de forma efectiva de su esfuerzo hercúleo. Transfiriendo un sentido de consecución permite a los novios tomar las riendas del ritual y mantener un apego emocional a su organización y ejecución.

“Así que parte de contratar el trabajo de un especialista significa que alguien se hace cargo del vínculo emocional de un acto (sentirse ansioso por que algo no vaya a estar en el sitio correcto para luego tranquilizarse al verlo ahí)” explica Hochschild. “Y parte del trabajo es devolver el vínculo emocional a la pareja, de forma que se sientan tan involucrados como si se hubieran encargado ellos de los detalles.”

Cierto es que este ejemplo sólo compete a las parejas que pueden permitirse pagar este tipo de eventos. Pero aún así, la experiencia descrita por Hochschil puede generalizarse. Ocurre cada vez que alguien o algo se encarga de nuestra tarea y se nos felicita o se nos critica por el resultado. Un ejemplo sería el jefe de equipo que es criticado por sus superiores porque el equipo de ventas que ha escogido él personalmente no está llegando a objetivos. En lugar de reconocer la amarga realidad que supone el hecho que la compañía está vendiendo productos que los consumidores no quieren, prefiere culpar a los subordinados en cómo se aproximan a la venta, y enfoncándose en cómo cambiarían las cosas si fue él quien hiciera las llamadas).

Cuando entra en juego el sentimiento de culpa, podemos encontrar tremendamente atractivo usar a un tercero como cabeza de turco y crear una distancia con la causa más cercana al desastre, quizás incluso proclamando que si nos hubiéramos involucrado más las cosas se hubieran hecho mejor. Pero lo cierto es que la seducción de la mala fe sigue siendo poderosa cuando los resultados son buenos y nos proclamamos la llave del éxito.

Cuando recibimos un cumplido, es difícil no querer llevarse el mérito por lo que se está reconociendo. Si en el futuro consigues un espaldarazo por lograr tus objetivos de dieta y ejercicio ¿crees que tu yo del futuro compartirá el mérito con el sistema de navegación inteligente que evitó que pasaras por locales de comida rápida y la prenda inteligente que incrementó tu fuerza de voluntad digital? Si no lo haces, tampoco nadie te va a decir nada porque las herramientas que componen el Internet de las Cosas no están programadas para tener egos heridos o quejarse de que sus esfuerzos son minimizados.

Tal vez, el Internet de las Cosas esconde una dimensión clasista. Si empezamos a engañarnos a nosotros mismos creyendo que la tecnología puede ser nuestro apoderado sin influencia en nuestra biografía, seremos tan viles como las élites privilegiadas que se atribuyen todo el mérito cuando lo único que hacen es disponer del trabajo que se ha hecho para ellos.

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