Google contra nuestra humanidad: cómo Internet nos está transformando en robots


Cada vez más, nuestras vidas se están automatizando ¿qué consecuencias acarreará?

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Según el último informe del Centro de Investigaciones Pew (Pew Research Center) para el 2025, cuando el Internet de las Cosas esté establecido nuestras vidas mejorarán de forma dramática. Según señala Janna Anderson, coautora del documento, los expertos esperan “un cambio positivo en la salud, transporte, compras, producción industrial y medio ambiente.” Mientras que estas son posibilidades completamente válidas, es preocupante que no se preste demasiada atención a algo que va más allá de los potenciales problemas de privacidad: el coste moral de dejar nuestras decisiones en manos de aparatos inteligentes conectados a la red.
Consideremos nuestras tareas diarias una vez el Internet de las Cosas esté generalizado. Los responsables del informe prevén que estaremos rodeados de elementos más llenos de vida que las escobas mágicas que aparecen en “Fantasia de Walt Disney”: bricks de leche que informan al supermercado de que se han terminados; cepillos de dientes en conexión directa con nuestro odontólogo; recomendaciones de viaje personalizadas en función de nuestras preferencias gastronómicas; ropa inteligente que nos anima a hacer ejercicio; aparatos que señalan cómo queremos que nos traten los demás; e inteligencias artificiales que hagan nuestras compras personales.
Es más que probable que sea Google quien lidere algunas de estas innovaciones. Como indica Hal Varian, jefe económico de la compañía, en declaraciones para el análisis del Centro Pew: “Hace siglos, los ricos tenían sirvientes y, en el futuro, todos tendremos cibersirvientes.” Por lo que parece, donde quiera que vayamos, habrá un ayuda de cámara que nos hará seguimiento, evaluará nuestro comportamiento, nos dirigirá hacia nuestras metas y anticipará nuestras necesidades.
De primeras, suena maravilloso tener a nuestra disposición un mayordomo personal que trabaja incansablemente para satisfacer nuestras necesidades sin el problema de que tenga sentimientos. Pero antes de empezar a celebrarlo debemos considerar cierta precaución.

El autor de “The Psychodynamics of Social Networking (La psicodinámica de las redes sociales)”, Aaron Balick puso el dedo en la llaga de la externalización del trabajo cuando dijo a los investigadores de Pew: “Los aspectos positivos pueden verse reducidos por la creciente confianza en la externalización en tecnologías que se basan en algoritmos, no en las necesidades humanas… Podemos perder de vista nuestros propios deseos, nuestras voluntades, como esos conductores de los que hemos oído hablar que confiaban tanto en su GPS que terminaban en los lugares más inverosímiles pese a la evidencia contraria del mundo real.”

Balick tiene razón al preocuparse por la reducción de nuestra autonomía cuando una guía crónica computacional coreografíe nuestras idas y venidas. Pero también debemos considerar un problema existencial, una alienación que tendrá profunda consecuencias para los que consideramos significativos nuestros proyectos y nuestras relaciones. Bienvenidos a la delegación engañosa.

Cuando delegamos las tareas más arduas de la vida diaria a omnipresentes tecnologías que dirigen nuestro comportamiento imbricándose en un segundo plano, ocurren dos cosas íntimamente relacionadas entre sí. Nos desconectamos de la toma de decisiones. Y somos susceptibles de creer que nos merecemos el mérito por los aparatos que están actuando en nuestro lugar haciendo un buen trabajo.

La delegación engañosa es un llamativo rasgo de las representaciones sociológicas de nuestras relaciones actuales con nuestros subordinados. De hecho, cuando Arlie Russell Hochschild transmite la duplicidad emocional que hay en juego en la labor de un planificador de boda, bien podría estar señalando por qué el Internet de las cosas nos está llevando en dirección hacia la colisión contra una falsedad generalizada.

En “The Outsourced Self: What Happens When We Pay Others To Live Our Lives For Us (El yo externalizado: qué ocurre cuando pagamos a otros para que vivan nuestras vidas)” Hochschild examina el creciente número de tareas que el mercado contemporáneo nos permite delegar en ayudantes contratados, consultores y sustitutos. Dedica un capítulo a los planificadores de boda porque su trabajo ejemplifica las complicaciones de la externalización. Por una parte, se responsabilizan de proveer a los clientes de experiencias personalizadas que hagan del gran día algo especial. Para lograrlo, el planificador necesita conocer la esencia de los gustos y preferencias de los clientes para poder crear eventos que reflejen una personalidad única. Por otra parte, los planificadores de bodas se ven desposeídos de forma efectiva de su esfuerzo hercúleo. Transfiriendo un sentido de consecución permite a los novios tomar las riendas del ritual y mantener un apego emocional a su organización y ejecución.

“Así que parte de contratar el trabajo de un especialista significa que alguien se hace cargo del vínculo emocional de un acto (sentirse ansioso por que algo no vaya a estar en el sitio correcto para luego tranquilizarse al verlo ahí)” explica Hochschild. “Y parte del trabajo es devolver el vínculo emocional a la pareja, de forma que se sientan tan involucrados como si se hubieran encargado ellos de los detalles.”

Cierto es que este ejemplo sólo compete a las parejas que pueden permitirse pagar este tipo de eventos. Pero aún así, la experiencia descrita por Hochschil puede generalizarse. Ocurre cada vez que alguien o algo se encarga de nuestra tarea y se nos felicita o se nos critica por el resultado. Un ejemplo sería el jefe de equipo que es criticado por sus superiores porque el equipo de ventas que ha escogido él personalmente no está llegando a objetivos. En lugar de reconocer la amarga realidad que supone el hecho que la compañía está vendiendo productos que los consumidores no quieren, prefiere culpar a los subordinados en cómo se aproximan a la venta, y enfoncándose en cómo cambiarían las cosas si fue él quien hiciera las llamadas).

Cuando entra en juego el sentimiento de culpa, podemos encontrar tremendamente atractivo usar a un tercero como cabeza de turco y crear una distancia con la causa más cercana al desastre, quizás incluso proclamando que si nos hubiéramos involucrado más las cosas se hubieran hecho mejor. Pero lo cierto es que la seducción de la mala fe sigue siendo poderosa cuando los resultados son buenos y nos proclamamos la llave del éxito.

Cuando recibimos un cumplido, es difícil no querer llevarse el mérito por lo que se está reconociendo. Si en el futuro consigues un espaldarazo por lograr tus objetivos de dieta y ejercicio ¿crees que tu yo del futuro compartirá el mérito con el sistema de navegación inteligente que evitó que pasaras por locales de comida rápida y la prenda inteligente que incrementó tu fuerza de voluntad digital? Si no lo haces, tampoco nadie te va a decir nada porque las herramientas que componen el Internet de las Cosas no están programadas para tener egos heridos o quejarse de que sus esfuerzos son minimizados.

Tal vez, el Internet de las Cosas esconde una dimensión clasista. Si empezamos a engañarnos a nosotros mismos creyendo que la tecnología puede ser nuestro apoderado sin influencia en nuestra biografía, seremos tan viles como las élites privilegiadas que se atribuyen todo el mérito cuando lo único que hacen es disponer del trabajo que se ha hecho para ellos.

Puedes leer aquí el artículo original

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