Time machine


 

Ahora, rodeado de toda la ropa de mi armario acumulada durante más de dos años, me ha dado por pensar que un armario es como una especie de máquina del tiempo en la que vamos amontonando más que ropa, menos que experiencias, recuerdos. La chaqueta que llevaba la primera vez que le vi. La sudadera que le regalé y luego me apropié. Esa camiseta que me encantaba pero que ya está para el arrastre. Los polos que compré para vestir más formal para ir a la oficina y que luego quedaron relegados por las camisetas y finalmente por las camisas (cómo odio plancharlas, pero qué bien quedan). Las primeras Vans que tuve, que me hacían un poco de daño, porque eran un ocho y medio. La sudadera que me puse la primera noche que salí por el ambiente en Madrid.

Son sólo trozos de tela, pero muchos tienen aroma a valor sentimental.

Algo más que melancolía. Algo menos que tristeza. Saudade. Supongo que estoy un poco más mustio de lo que quiero reconocer.

mp3: Lady GaGa “Fashion”

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Asepsia sentimental


 

asepsia 

Por mas que lo intenta, todas las mañanas se despierta solo en su cama. Da igual lo que haya ocurrido la noche anterior, las estrategias para encontrar compañía y sentirse menos abandonado, integrado en algo que no pueda controlar, dejarse llevar por los instintos que, en mayor o menor medida, todos tenemos.

Como todos los días desde hace una temporada más que larga, se levanta y se encamina a la cocina a preparar el café, ignora su reflejo en el espejo camino de la ducha y comienza el ritual de su aseo con el agua a tal presión que lacera su cuerpo en un intento no de despejarse sino de sentirse algo más vivo, sacudirse la sensación de muñeco de trapo en manos de un desalmado infante. La cafeína le reconforta, el tabaco se convierte en parte del ritual y no deja de preguntarse qué es lo que le pasa para que su cama cada mañana se encuentre vacía, parecida a una balsa después de un naufragio. Resignado a no encontrar una respuesta, comienza una rutina que le permita no pensar, transformarse en un autómata que toma posesión de su cuerpo y hace todo lo que tiene que hacer: trabaja, bebe, come, ríe y llora, se enfada, habla y oye. Pero no siente, no se permite a sí mismo sentir, caminando siempre con un corazón anestesiado.

En algunos momentos aparecen destellos de momentos pasados en los que no era así, en los que aún se permitía ser una persona en el más amplio sentido de la palabra, cuando todavía era capaz de que las emociones se desataran como agua tras abrir las compuertas de una presa, violentas, inconscientes, sin pararse a sopesar qué es lo que pasará después, tratando de evitar que le hieran de nuevo.

Ahora la coraza y el hermetismo le han transformado en un aséptico sentimental. A salvo de todo. De todos. Menos de sí mismo.

mp3: Sheryl Crow “My favourite mistake”

Reflexión sociológica en voz alta


 

Los grupos (especialmente aquellos formados por elementos individuales carentes de personalidad y criterio) no solo necesitan un líder. También necesitan un enemigo, real o imaginario, autoimpuesto y buscado, contra el que unirse.

mp3: Slipknot “Wait & bleed”

Hijo de una pistola


sonofagun
El asistente social abandonó el piso con una cierta decepción. Esperándose un chico conflictivo, de esos que parecen carne de reformatorio, se había encontrado con un chaval normal, forofo del Barça, aficionado a las motos y las chicas, adicto a internet y, aunque inteligente, no le iba demasiado bien en el instituto. Nada parecía indicar que la concatenación de hechos dramáticos que supuso su nacimiento hubieran hecho mella en el desarrollo emocional de aquél adolescente. La desilusión venía de haber esperado un caso en el que su pericia profesional salvara a un chaval problemático, conflictivo, evidenciando el trauma de haber llegado a éste mundo por cesárea después de que su padre biológico descerrajara un disparo a bocajarro en la cabeza de su madre biológica.
Por lo que había dicho la madre adoptiva, el chaval nunca había sabido de aquél episodio que le había convertido en el centro de un torbellino mediático cuando apenas tenía unas horas de vida. El asistente social no percibió el destello de terror al fondo de la pupila de la madre.
Según el padre adoptivo, su hijo no se había preocupado siquiera por saber quiénes eran sus verdaderos padres, simplemente había aceptado que aquella familia lo había acogido sin hacer ninguna otra pregunta. Al asistente social se le pasó por alto el hecho de que un hombre de 43 años aparentaba tener una edad próxima al asilo.
Aquello era un fiasco en toda regla, el caso que podía ser el más interesante de sus ocho años de carrera, en realidad era el más aburrido, el más convencional, la familia, la más adecuada, el chaval, de lo más normal, tirando a un poco soso, el ambiente en el que crecía el chico era inusitadamente corriente, casi vulgar. Era evidente que, por más vuelta que pudieran dar al tema, el caso de la custodia de aquél menor estaba más que cerrado. Estaba en el lugar preciso.
El adolescente se plantó en la puerta del salón franqueando el paso de sus padres adoptivos y anunció: “Os habéis portado bien. Ésta noche os dejaré dormir en el sofá del salón”

La noticia en “El Pais”
La noticia en “Publico”
mp3: Vaselines “Son of a gun”

Aprendiendo a perder


aprendiendoaperder 

Su mayor drama, la mayor decepción, fue descubrir que no era única, que no era especial, y eso la transformó en un ser anodino, convencional, hecho que arrastró su seguridad como la marejada se lleva los restos del naufragio mar adentro, los pule, los decolora y los devuelve a la orilla amnésicos de su imagen original. Así, un día se miró al espejo y lo que vio no le gustó. Desde entonces, el ritual matutino consistía en buscar los defectos como otros buscan los siete errores en los pasatiempos del periódico, en encontrar los puntos débiles de un cuerpo que, sin darse cuenta, ya no le pertenecía. Ahí estaban los brazos, demasiado rollizos en comparación con el resto de su cuerpo. Las caderas, anchas, demasiado anchas, más propias de una matrona con seis hijos que de una joven que quería llegar virgen al matrimonio. Las pistoleras de una celulitis que dotaba a sus muslos de un aspecto áspero y poco uniforme. Lo único que salvaba era su pecho, aún firme, todavía apetecible, con la medida justa para una chica de metro sesenta y poco.

No fue consciente de la distancia entre su cuerpo y el reflejo del espejo. La mujer que la miraba desde el otro lado del cristal era, a su entender, una foca. La que estaba en el mundo real, muchos días, no era capaz de levantarse de la cama. Había olvidado lo que era menstruar. Los pantalones, cada vez eran más holgados, como las mangas de las camisas. Pero ella veía las cartucheras y la rotundidad de unos brazos que no se correspondían a lo que ella quería ser.

Hasta el día que se dio cuenta de que la vida, su vida, era un spin-off de algo aún más grande.

mp3: Hockey “Learn to lose (Acoustic)”

Correspondencia con líneas 1 y 9


[…]

él probó         sólo falta que me quede a dormir
y ella probó         por qué no te quedas
y él         no me lo digas dos veces
y ella         bueno por qué no te quedas
de manera que él se quedó         en principio
a besar sin usura sus pies fríos         los de ella
después ella besó sus labios         los de él
que a esa altura ya no estaban tan fríos
y sucesivamente así
                                         mientras los grandes temas
dormían el sueño que ellos no durmieron.

Mario Benedetti “Los formales y el frío”

Volvía a casa a esa hora en la que el metro es un tren lleno de exiliados camino del destierro. Todos entretenidos en los quehaceres banales con los que conjurar el tiempo para que transcurra a una ritmo diferente a los sesenta segundos por minutos: un matrimonio compartían recuerdos como quien compara cicatrices; un joven actor de una serie de televisión se parapetaba detrás de unas enormes gafas de sol confiando en sus propiedades de invisibilidad, aunque nadie le prestara atención (la serie estaba a punto de ser cancelada y su papel era tan secundario y él tan anodino, que no podía formar parte del imaginario lúbrico de la “Nueva Vale”); mas allá un chico se perdía en los versos de Verlaine en una manoseada edición de Loewe;  otro tipo agitaba la cabeza al ritmo de su mp3, con unos movimientos tan compulsivos que parecía estar sufriendo un ataque de epilepsia; la treintañera anoréxica cruzaba sus piernas, se mesaba el fosco cabello y no dejaba de abrir el móvil buscando cobertura y, quizás, algún mensaje. Yo revisaba cada parada anunciada por megafonía esperando un error, tratando de coger a la grabación en un renuncio o que, por arte de magia, apareciera en una estación completamente distinta a la prevista.

metromadrid

Entre dos estaciones, una de las viajeras en la que no había reparado, sin previo aviso, empezó a llorar, sin motivo aparente. Se cubrió el rostro con las regordetas manos y su sollozo captó la atención de todo el vagón, que contemplaba distraído el movimiento convulso de sus hombros. Se ven cosas tan raras en el metro que casi nadie prestó más atención que la propia de la curiosidad, al llanto de aquella mujer. Nadie, salvo el ocupante del asiento frente a ella, le prestó la menor atención, tratando de concentrarse en sus cosas, pero él se puso en cuclillas ante la quejumbrosa mujer para preguntarle qué era lo que le ocurría. No sé qué es lo que vería ella al alzar la mirada, pero le dijo algo que el respondió, haciendo que esbozara lo que parecía el intento de una sonrisa. Él acarició su rodilla. Ella se ruborizó pero no apartó la pierna. Él sonrió al tomarla de la mano. Ella entrelazó los dedos con los de él. Antes de que nadie nos diéramos cuenta, sus labios -los de él- recorrían su cuello -el de ella- sin dejar de buscar algo bajo el dobladillo de los cortos pantalones -los de ella- con sus largos dedos -los de él.

Al poco, olvidado el episodio de llanto, llegamos a la parada donde sólo ellos se apearon del vagón. El resto de desterrados, camino de nuestro exilio, nos miramos con una chispa de envidia en el fondo de las pupilas. “Seguro que se conocían”, sentenció la mujer casada, para todo aquél que quisiera prestarle atención.

mp3: Eri Yamamoto “Subway song”

Érase una vez…


… un niño al que, en su primer día de colegio, sus compañeros dijeron: “Si te pones un sombrero amarillo, seguro que te conviertes en el favorito del profesor”. El niño no le dio mas importancia y se dedicó durante todo el curso a estudiar lo más posible para sacar las mejores notas. Hacía sus tareas, jugaba con los otros niños en el patio, incluso formó parte de una pandilla.

Un día de invierno su mamá le regaló un gorro de lana. Era amarillo. Pero el niño no recordó la advertencia de sus compañeros y lo lució en la primera ocasión que tuvo oportunidad. Al llegar a la escuela no reparó en la reacción de sus compañeros, de los amigos de su pandilla, que, como un apestado, empezaron a dejarle de lado en los juegos. Las pocas veces que le dejaban participar en los juegos del patio, le tocaba salir corriendo detrás de todos en el “corre corre que te pillo”, el policía jugando a “polis y cacos” cuando no, directamente, le ignoraban en un rincón del patio. Sin querer y sin poder evitarlo, se vio avocado a hablar con la única persona que tampoco participaba en el resto de juegos de niños, el profesor.

Así pasó muchas horas de recreo hablando con el profesor, que era el único que parecía hacerle caso. Sus calificaciones no mejoraron, tampoco empeoraron, pero todos sus compañeros empezaron a tratarle como el pelota del profesor, aislándole aún más. El profesor, consciente de lo que estaba pasando trató de dejarle un poco más de espacio, con lo que, al final, el niño se sintió aislado de todo y de todos. El recurso a la pataleta no parecía funcionar: seguía abandonado por el resto de sus compañeros de clase, incluso, por el profesor que había sido su única compañía. Pero siempre iba caliente con su gorro amarillo.

Como se suele decir: ande yo caliente, ríase la gente.

Y colorín colorado, una pedorreta para los niños del patio.

mp3: Fountains of Wayne “Hat and feet”

Playground love


 

690202 Aún no sabes lo que es el amor. Todavía no eres consciente de lo que te puede deparar la vida. Pero en el colegio, con seis o siete años, siempre te echas una novia. Simplemente imitando las costumbres de los adultos, lo que ves en casa, lo que ves en la calle. La mía se llamaba A. Tenía unos ojos enormes y el pelo siempre en una prieta trenza. Era mi novia, y eso bastaba para que jugáramos juntos en el patio a la hora del recreo.

No deja de ser una anécdota, un recuerdo de la infancia. Pero hay veces que me pregunto qué habrá sido de ella.

mp3: Air “Playground love”

El libro


 

verlaine Se ve que el libro está muy manoseado, que ha sido leído y releído varias veces, incluso con anotaciones a lápiz. Uno de esos volúmenes de poesía con las tapas negras, aunque éste tiene las esquinas dobladas y las páginas hace tiempo que han dejado de ser un uno compacto, cada una abarquillada por el manoseo y el paso del tiempo. Seguro que hace tiempo que ha olvidado que olía a cola y celulosa, a nuevo, ahora debe tener cierto aroma a baraja de cartas manoseada*.

Él ha debido cumplir la mayoría de edad recientemente, abre el libro buscando el verso preciso, lo relee, lo dice en voz baja como una suerte de conjuro contra la soledad. Rebusca entre las páginas otra frase que le duela. O que le recuerde a alguien. O que le explique por qué vuelve solo a casa. Pese a ser joven. Y ser guapo. Y lo bastante inteligente como para emocionarse con Verlaine y saberse sus poemas de memoria. La noche ha sido lo bastante larga como para contener humo, alcohol, risas y peleas. Para flirtear. Incluso para hablar con ése chico del flequillo raro que le hace tilín y que sólo es capaz de charlar de una saga de novelas para adolescentes mientras grita cada vez que reconoce una canción. Pero no ha habido ni una sola conversación. Ha hablado, sí, pero no le han escuchado, sólo le han oído.

Yo me bajo del vagón, ya he llegado a mi parada, pensando que, a su edad, yo también creía en los simbolistas franceses.

* Gracias Bea por esa imagen

mp3: Serge Gainsbourg “Les amours perdues”

De la hipocresía como habilidad social


 

Ella la odiaba con la vehemencia usada para demonizar todo aquello que no se ajusta a nuestros cánones.

Ella la tenía una manía que se convertía en una molestia física que empezaba en el estómago y llegaba hasta la boca, donde se depositaba con el sabor de la hiel.

Pero se sonreían cada vez que el viento cruzaba sus caminos por las calles.

mp3: Dueto Miguel & Miguel “Tu hipocresía”

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