El lado vacío de la cama


breakfast

La sombra de su sudor aun estaba en la almohada, no debía hacer mucho que se había marchado, pero lo cierto es que lo único que quedaba era aquella sombra. El único rastro de que no había sido una alucinación producida por una noche de alcohol y tabaco, de humo. Se dio media vuelta en la cama, acurrucándose, haciéndose un ovillo, sujetándose el vientre en un intento de contener el vacío que amenazaba su cuerpo con otro big bang. El vacío de saberse usado y haber usado a otra persona. El vacío que deja otro cuerpo sobre la cama. Desde hace un tiempo trata de encontrar a aquél capaz de ocupar el vacío que dejo el primero, como un juego de bloques para niños. Nunca nadie es capaz de llenar todo el espacio. Siempre queda un resquicio por el que entra el vacío, se cuela como una corriente de aire derribando a su paso todo aquello que, con esfuerzo, ha ido construyendo, las barreras, las defensas de una soledad tan desolada como un yermo páramo. La sálobre mancha del calor de otro cuerpo y otra muesca en el cabezal de la cama, el mismo ritual que se repite hasta el hastío.

Inspira. Profundamente. Esperando encontrar el aroma del sudor del otro aún flotando en el aire y descubriendo el persistente olor de un café recién hecho. Se levanta, confuso en la batalla por llegar al territorio de la vigilia para encontrarle en la cocina.

-¿Para qué te has levantado? Te iba a llevar el desayuno a la cama.

mp3: Dover “The morning after”

Anuncios

Septiembre


 

Después de todo tu tienes tu vida
y yo simplemente estoy viviendo,
vuelve la ropa de temporada
aún no he decidido tu regalo de cumpleaños.

Algora “Septiembre”

Septiembre nos alcanzó con la palabra verano en la boca, con la costumbre del estío aún en nuestros huesos, con la típica escena del marido que vuelve a casa antes de la hora, sorprendiéndonos en los brazos de otra estación, cuando esperábamos que nos encontrara en flagrante adulterio.

Antes de que fuéramos capaces de reaccionar, el armario se pobló de jerseys, colores depresivos y hojas secas que hacía unos días se encontraban desterrados en algún rincón en el que esperábamos que durmieran el sueño de los justos, aconsejados por una envidiosa primavera que hace ya tiempo nos ha abandonado.

Conoce los rincones de la casa, de nuestras idas y nuestras venidas, así que Septiembre toma posesión de sus dominios sin disculparse ni quitarse los zapatos. Se siente cómodo volviendo al lugar al que pertenece.

Y en tu corazón. Al fondo a la derecha. Sabes que le echabas de menos.

mp3: God Help the Girl “Funny little frog”

Una historia de Gran Vía


 

granvia

El grito le sorprendió en medio de Gran Vía, su nombre pronunciado con un punto de excitación e histeria con el claro objetivo de llamar su atención.

El grito le sorprendió en medio de Gran Vía, su nombre pronunciado de una forma que hacia años que no oía tras el termino “señorito” que tanto le recordaba a las películas de Gracita Morales pero que no le hacía ninguna gracia ni cuando era mas joven ni pasado tanto tiempo después de la última vez que se dirigieron a él en aquellos términos.

El grito le sorprendió en medio de Gran Vía, procedía de una mujer de mediana edad, de incierto atractivo y que en su juventud debía haber sido bella o, al menos, podía haberlo sido, pero que ahora parecía haber cruzado el mundo a pie desde el pasado para llegar a aquella calle, a aquel momento en el que le llamaba con un destello de reconocimiento en los ojos. Era evidente que le conocía, que sabía exactamente quién era y aunque lo negara no sabría engañarla porque le conocía. Pero él no era capaz de ubicarla en el tiempo y el espacio. Esa extraña e incómoda sensación de saber que conoces a alguien pero no sabes de qué ni desde cuando.

El grito le sorprendió en medio de Gran Vía, tanto que no fue capaz de hacer caso al instinto que le azuzaba a ignorarlo y giró sobre sus talones para enfrentar la mirada de aquella mujer a la que el peso del tiempo encorbaba la espalda y las varices tatuaban unas piernas embotadas.
-El señorito no se acuerda de mi ¿verdad?- su acento dulce y rumboso, procedente del otro lado del atlántico parecía querer remover algo en su memoria.
-Me va a perdonar, la verdad es que creo que no la conozco- respondió intentando ganar tiempo, mientras su cerebro funcionaba a toda velocidad intentando ubicarla, sin éxito, en el espacio temporal correspondiente.
-Han pasado tantos, tantísimos años, mi niño…- respondió ella con la melancolía solidificándose en su cuerpo, un aura de pretéritos que les rodeó a ambos alejándolos del bullicio de aquella atestada calle en hora punta.

El grito le sorprendió en medio de Gran Vía, y cuando fue capaz de reconocerla pronunció su nombre como un sortilegio con el que conjurar horas, minutos y años.
-¿Francisca?- titubeó, aunque sabía que era ella, Francisca, Paca, la bella, la mujer que estuvo trabajando en casa de sus padres cuando él apenas había descubierto que las mujeres eran capaces de darle la vuelta a un hombre con un sólo gesto de su mano. Cuando Francisca era una mujer de medidas rotundas y alegría a flor de piel. Una piel que aprendió primero a desear y después a explorar. El primer territorio que conquistó con su lengua y que durante tanto tiempo había formado parte de sus fantasías nocturnas para después ser parte de su día a día. Se sentía conmocionado al enfrentarse a aquella mirada que pertenecía a un cuerpo que ya no reconocía, que había olvidado, que no se correspondía a lo que la memoria de las noches solitarias había sublimado.
-Pues claro que soy Francisca, mi niño. Hay que ver que ya te has convertido en todo un hombre.
Desde la última vez que la vio habían pasado más de quince años, desde el final de una adolescencia que, como todas, fue turbulenta.

El grito le sorprendió en medio de Gran Vía, resumiendo en apenas unos minutos toda una vida sin ella. Un matrimonio. Un divorcio. Dos niños que casi no podía ver por culpa de los vericuetos legales que el abogado y novio de su ex mujer parecía haber diseñado a su antojo. Una soledad mal compartida consigo mismo y con otros solitarios vencidos por el peso de una vida que parecía no haberlos elegido. Cuando las tardes las pasaba con los pechos de Francisca entre las manos creía que el mundo estaba ahí para que él cogiera lo que deseara. Ahora aquellos senos los adivinaba mucho menos tersos y rotundos y el mundo le había dado la espalda. Los años son injustos con todos y con ellos dos no había hecho excepción alguna. Y ahora se encontraban frente a frente, años después de la última vez que sintieron la piel de la una contra la del otro, media vida desde que los padres de él los descubrieron y ella pasó a formar parte del mundo en el que no sabes si las cosas son reales o sólo son producto de la imaginación.

El grito le sorprendió en medio de Gran Vía, dejándole fuera de combate, tanto que no reaccionó cuando Francisca le dijo que venía de trabajar, que vivía cerca y que, si quería podía acompañarla. Tampoco reaccionó al bajar la calle con ella al lado, torcer en un callejón, girar a la izquierda en la farmacia, al subir las destartaladas escaleras de un edificio que, como ella, debía haber conocido tiempos mejores. Tampoco reaccionó cuando ella empezó a desvestirle buscando en sus ojos el resquicio de aquél adolescente al que había querido como a un hijo y como a un hombre.

mp3: Air “How does it makes you feel? (edit)”

Time machine


 

Ahora, rodeado de toda la ropa de mi armario acumulada durante más de dos años, me ha dado por pensar que un armario es como una especie de máquina del tiempo en la que vamos amontonando más que ropa, menos que experiencias, recuerdos. La chaqueta que llevaba la primera vez que le vi. La sudadera que le regalé y luego me apropié. Esa camiseta que me encantaba pero que ya está para el arrastre. Los polos que compré para vestir más formal para ir a la oficina y que luego quedaron relegados por las camisetas y finalmente por las camisas (cómo odio plancharlas, pero qué bien quedan). Las primeras Vans que tuve, que me hacían un poco de daño, porque eran un ocho y medio. La sudadera que me puse la primera noche que salí por el ambiente en Madrid.

Son sólo trozos de tela, pero muchos tienen aroma a valor sentimental.

Algo más que melancolía. Algo menos que tristeza. Saudade. Supongo que estoy un poco más mustio de lo que quiero reconocer.

mp3: Lady GaGa “Fashion”

Asepsia sentimental


 

asepsia 

Por mas que lo intenta, todas las mañanas se despierta solo en su cama. Da igual lo que haya ocurrido la noche anterior, las estrategias para encontrar compañía y sentirse menos abandonado, integrado en algo que no pueda controlar, dejarse llevar por los instintos que, en mayor o menor medida, todos tenemos.

Como todos los días desde hace una temporada más que larga, se levanta y se encamina a la cocina a preparar el café, ignora su reflejo en el espejo camino de la ducha y comienza el ritual de su aseo con el agua a tal presión que lacera su cuerpo en un intento no de despejarse sino de sentirse algo más vivo, sacudirse la sensación de muñeco de trapo en manos de un desalmado infante. La cafeína le reconforta, el tabaco se convierte en parte del ritual y no deja de preguntarse qué es lo que le pasa para que su cama cada mañana se encuentre vacía, parecida a una balsa después de un naufragio. Resignado a no encontrar una respuesta, comienza una rutina que le permita no pensar, transformarse en un autómata que toma posesión de su cuerpo y hace todo lo que tiene que hacer: trabaja, bebe, come, ríe y llora, se enfada, habla y oye. Pero no siente, no se permite a sí mismo sentir, caminando siempre con un corazón anestesiado.

En algunos momentos aparecen destellos de momentos pasados en los que no era así, en los que aún se permitía ser una persona en el más amplio sentido de la palabra, cuando todavía era capaz de que las emociones se desataran como agua tras abrir las compuertas de una presa, violentas, inconscientes, sin pararse a sopesar qué es lo que pasará después, tratando de evitar que le hieran de nuevo.

Ahora la coraza y el hermetismo le han transformado en un aséptico sentimental. A salvo de todo. De todos. Menos de sí mismo.

mp3: Sheryl Crow “My favourite mistake”

Reflexión sociológica en voz alta


 

Los grupos (especialmente aquellos formados por elementos individuales carentes de personalidad y criterio) no solo necesitan un líder. También necesitan un enemigo, real o imaginario, autoimpuesto y buscado, contra el que unirse.

mp3: Slipknot “Wait & bleed”

Hijo de una pistola


sonofagun
El asistente social abandonó el piso con una cierta decepción. Esperándose un chico conflictivo, de esos que parecen carne de reformatorio, se había encontrado con un chaval normal, forofo del Barça, aficionado a las motos y las chicas, adicto a internet y, aunque inteligente, no le iba demasiado bien en el instituto. Nada parecía indicar que la concatenación de hechos dramáticos que supuso su nacimiento hubieran hecho mella en el desarrollo emocional de aquél adolescente. La desilusión venía de haber esperado un caso en el que su pericia profesional salvara a un chaval problemático, conflictivo, evidenciando el trauma de haber llegado a éste mundo por cesárea después de que su padre biológico descerrajara un disparo a bocajarro en la cabeza de su madre biológica.
Por lo que había dicho la madre adoptiva, el chaval nunca había sabido de aquél episodio que le había convertido en el centro de un torbellino mediático cuando apenas tenía unas horas de vida. El asistente social no percibió el destello de terror al fondo de la pupila de la madre.
Según el padre adoptivo, su hijo no se había preocupado siquiera por saber quiénes eran sus verdaderos padres, simplemente había aceptado que aquella familia lo había acogido sin hacer ninguna otra pregunta. Al asistente social se le pasó por alto el hecho de que un hombre de 43 años aparentaba tener una edad próxima al asilo.
Aquello era un fiasco en toda regla, el caso que podía ser el más interesante de sus ocho años de carrera, en realidad era el más aburrido, el más convencional, la familia, la más adecuada, el chaval, de lo más normal, tirando a un poco soso, el ambiente en el que crecía el chico era inusitadamente corriente, casi vulgar. Era evidente que, por más vuelta que pudieran dar al tema, el caso de la custodia de aquél menor estaba más que cerrado. Estaba en el lugar preciso.
El adolescente se plantó en la puerta del salón franqueando el paso de sus padres adoptivos y anunció: “Os habéis portado bien. Ésta noche os dejaré dormir en el sofá del salón”

La noticia en “El Pais”
La noticia en “Publico”
mp3: Vaselines “Son of a gun”

Aprendiendo a perder


aprendiendoaperder 

Su mayor drama, la mayor decepción, fue descubrir que no era única, que no era especial, y eso la transformó en un ser anodino, convencional, hecho que arrastró su seguridad como la marejada se lleva los restos del naufragio mar adentro, los pule, los decolora y los devuelve a la orilla amnésicos de su imagen original. Así, un día se miró al espejo y lo que vio no le gustó. Desde entonces, el ritual matutino consistía en buscar los defectos como otros buscan los siete errores en los pasatiempos del periódico, en encontrar los puntos débiles de un cuerpo que, sin darse cuenta, ya no le pertenecía. Ahí estaban los brazos, demasiado rollizos en comparación con el resto de su cuerpo. Las caderas, anchas, demasiado anchas, más propias de una matrona con seis hijos que de una joven que quería llegar virgen al matrimonio. Las pistoleras de una celulitis que dotaba a sus muslos de un aspecto áspero y poco uniforme. Lo único que salvaba era su pecho, aún firme, todavía apetecible, con la medida justa para una chica de metro sesenta y poco.

No fue consciente de la distancia entre su cuerpo y el reflejo del espejo. La mujer que la miraba desde el otro lado del cristal era, a su entender, una foca. La que estaba en el mundo real, muchos días, no era capaz de levantarse de la cama. Había olvidado lo que era menstruar. Los pantalones, cada vez eran más holgados, como las mangas de las camisas. Pero ella veía las cartucheras y la rotundidad de unos brazos que no se correspondían a lo que ella quería ser.

Hasta el día que se dio cuenta de que la vida, su vida, era un spin-off de algo aún más grande.

mp3: Hockey “Learn to lose (Acoustic)”

Correspondencia con líneas 1 y 9


[…]

él probó         sólo falta que me quede a dormir
y ella probó         por qué no te quedas
y él         no me lo digas dos veces
y ella         bueno por qué no te quedas
de manera que él se quedó         en principio
a besar sin usura sus pies fríos         los de ella
después ella besó sus labios         los de él
que a esa altura ya no estaban tan fríos
y sucesivamente así
                                         mientras los grandes temas
dormían el sueño que ellos no durmieron.

Mario Benedetti “Los formales y el frío”

Volvía a casa a esa hora en la que el metro es un tren lleno de exiliados camino del destierro. Todos entretenidos en los quehaceres banales con los que conjurar el tiempo para que transcurra a una ritmo diferente a los sesenta segundos por minutos: un matrimonio compartían recuerdos como quien compara cicatrices; un joven actor de una serie de televisión se parapetaba detrás de unas enormes gafas de sol confiando en sus propiedades de invisibilidad, aunque nadie le prestara atención (la serie estaba a punto de ser cancelada y su papel era tan secundario y él tan anodino, que no podía formar parte del imaginario lúbrico de la “Nueva Vale”); mas allá un chico se perdía en los versos de Verlaine en una manoseada edición de Loewe;  otro tipo agitaba la cabeza al ritmo de su mp3, con unos movimientos tan compulsivos que parecía estar sufriendo un ataque de epilepsia; la treintañera anoréxica cruzaba sus piernas, se mesaba el fosco cabello y no dejaba de abrir el móvil buscando cobertura y, quizás, algún mensaje. Yo revisaba cada parada anunciada por megafonía esperando un error, tratando de coger a la grabación en un renuncio o que, por arte de magia, apareciera en una estación completamente distinta a la prevista.

metromadrid

Entre dos estaciones, una de las viajeras en la que no había reparado, sin previo aviso, empezó a llorar, sin motivo aparente. Se cubrió el rostro con las regordetas manos y su sollozo captó la atención de todo el vagón, que contemplaba distraído el movimiento convulso de sus hombros. Se ven cosas tan raras en el metro que casi nadie prestó más atención que la propia de la curiosidad, al llanto de aquella mujer. Nadie, salvo el ocupante del asiento frente a ella, le prestó la menor atención, tratando de concentrarse en sus cosas, pero él se puso en cuclillas ante la quejumbrosa mujer para preguntarle qué era lo que le ocurría. No sé qué es lo que vería ella al alzar la mirada, pero le dijo algo que el respondió, haciendo que esbozara lo que parecía el intento de una sonrisa. Él acarició su rodilla. Ella se ruborizó pero no apartó la pierna. Él sonrió al tomarla de la mano. Ella entrelazó los dedos con los de él. Antes de que nadie nos diéramos cuenta, sus labios -los de él- recorrían su cuello -el de ella- sin dejar de buscar algo bajo el dobladillo de los cortos pantalones -los de ella- con sus largos dedos -los de él.

Al poco, olvidado el episodio de llanto, llegamos a la parada donde sólo ellos se apearon del vagón. El resto de desterrados, camino de nuestro exilio, nos miramos con una chispa de envidia en el fondo de las pupilas. “Seguro que se conocían”, sentenció la mujer casada, para todo aquél que quisiera prestarle atención.

mp3: Eri Yamamoto “Subway song”

Érase una vez…


… un niño al que, en su primer día de colegio, sus compañeros dijeron: “Si te pones un sombrero amarillo, seguro que te conviertes en el favorito del profesor”. El niño no le dio mas importancia y se dedicó durante todo el curso a estudiar lo más posible para sacar las mejores notas. Hacía sus tareas, jugaba con los otros niños en el patio, incluso formó parte de una pandilla.

Un día de invierno su mamá le regaló un gorro de lana. Era amarillo. Pero el niño no recordó la advertencia de sus compañeros y lo lució en la primera ocasión que tuvo oportunidad. Al llegar a la escuela no reparó en la reacción de sus compañeros, de los amigos de su pandilla, que, como un apestado, empezaron a dejarle de lado en los juegos. Las pocas veces que le dejaban participar en los juegos del patio, le tocaba salir corriendo detrás de todos en el “corre corre que te pillo”, el policía jugando a “polis y cacos” cuando no, directamente, le ignoraban en un rincón del patio. Sin querer y sin poder evitarlo, se vio avocado a hablar con la única persona que tampoco participaba en el resto de juegos de niños, el profesor.

Así pasó muchas horas de recreo hablando con el profesor, que era el único que parecía hacerle caso. Sus calificaciones no mejoraron, tampoco empeoraron, pero todos sus compañeros empezaron a tratarle como el pelota del profesor, aislándole aún más. El profesor, consciente de lo que estaba pasando trató de dejarle un poco más de espacio, con lo que, al final, el niño se sintió aislado de todo y de todos. El recurso a la pataleta no parecía funcionar: seguía abandonado por el resto de sus compañeros de clase, incluso, por el profesor que había sido su única compañía. Pero siempre iba caliente con su gorro amarillo.

Como se suele decir: ande yo caliente, ríase la gente.

Y colorín colorado, una pedorreta para los niños del patio.

mp3: Fountains of Wayne “Hat and feet”

Anuncios

Literatura | Poesía | Redes Sociales | Marketing Digital

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: