Lucha de gilip… digo, gigantes


Es gracioso como han pasado los años, las vueltas que da la vida (vaya tarde de bolero más tonta que me ha asaltado) y aún así, se mantienen en la vida las mismas estructuras estamentarias que se forman en los institutos. Lo que es peor, las de los High School americanos que vimos en “Sensación de vivir”. No somos originales ni para copiar y, encima, importamos los modos foráneos de una vida que nos han enseñado en televisión.

Las cosas como son, hay guays en todas partes, ese tipo de gente que se cree que son lo más de lo más por el simple hecho de haber nacido por el coño de su madre (como el principito de Asturies) Ellos se creen que, por el mero hecho de dirigir su atención a ti, simple mortal, deberías empezar a saltar y dar palmas con las orejas. Y una mueca de decepción se pinta en su rostro cuando, apenas les prestas más atención que la que ellos te prestan habitualmente. Luego está el segundo estamento, los que quieren ser guays y no pueden o no les sale tan bien con al estamento superior. Su relación con la “elite” es paradójica, se aman y se odian a partes iguales, se declaran la guerra para después firmar la paz. Y es curiosa también las sinergias internas que se producen dentro del segundo estamento, plagadas de pequeña puyas que tratan de parecer bromas cuando están en realidad cargadas de la dañina ponzoña de la desconfianza, en ocasiones azuzada por el intento de alcanzar la complicidad con alguno de los elementos pertenecientes al primer estamento. Por ultimo está el tercer estamento, los parias, los desheredados. Aquellos a los que los otros dos estamentos tratan como escoria intentando ignorar su existencia. Su papel en ésta tragicomedia se construye en función de que sean conscientes o no de la consideración que le tienen sus compañeros. Si no sabe su situación, es probable que trate desesperadamente de ganarse el favor de los estamentos superiores en un vano intento de ascender en el escalafón sin apenas darse cuenta de que se convierte en el blanco de comentarios malsanos y maliciosos. Si, por el contrario, el elemento perteneciente al tercer estamento, sabe cuál es su papel y el lugar en el que se encuentra, de pronto descubre el inenarrable placer de convertirse en testigo, en convidado de piedra de tramas vodevilescas, que a veces te hacen gracia, otras tienen la suficiente chicha como para hacer algún comentario jocoso, la más de las veces llegan a tal nivel de patetismo que se convierten en la comidilla del día por el mero placer del criticar por criticar.

Lo más triste de todo este paramento medieval con el que se tratan de sostener nuestras relaciones sociales, es la incapacidad de cada una de las partes de percatarse de que ninguno somos actores principales, no interpretamos el papel principal por el que nos van a dar un Oscar, ni siquiera el de secundario. Pero no lo podemos evitar y soñamos con que, algún día, nos echaran del escenario mientras nos alargamos en nuestro discurso de agradecimiento.

mp3: Nacha Pop “Lucha de gigantes”

 

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Divertimento


Que tu doble en las escenas de cama
tenga antecedentes penales
no es óbice
para que tomes posesión
de los asientos de atrás
de todos los coches.

No es que sea malo.

Es que reduce tu tarifa habitual
a mera caridad.

El hombre que descubrió el agua


Éste relato forma parte de un ejercicio del foro de

Taller Literario en el que se proponía escribir una historia de entre 1000 y 1500 palabras con el agua como elemento central. Al final, en mi historia, el agua es un elemento tangencial, pero para cuando me quise dar cuenta, la historia ya tenía forma.

El hombre que descubrió el agua, agitó los hielos que naufragaban en su whisky, provocando seísmos a escala en aquellos icebergs, se encogió de hombros para justificarse:

-El agua ya estaba allí, yo sólo descubrí el océano.

Siempre se escudaba en su presencia taciturna para esquivar las preguntas impertinentes y los peregrinos intentos de hacerle saltar a la fama como descubridor de uno de los elementos básico para nuestra existencia. Si alguien le preguntaba qué océano había descubierto, un gesto ambiguo con la mano que lo mismo podría decir que te callaras la boca que significar algo a una distancia inimaginable, más allá de la comprensión de una persona que, como yo, sólo había recorrido las cuatro esquinas de su ciudad.

Perenne parroquiano del bar en el que me gano el sustento, su presencia silenciosa e indolente, lo convertía en otro elemento de decoración de aquél tugurio, cualquiera podría decir que siempre estaba allí, a cualquier hora, cualquier día, con su abrigo raído y su desastrosa barba de una desvaída blancura salvo en el contorno de la boca, donde la nicotina la había teñido de un tono pardusco.

En días como éste, suele acodarse en la barra y con su lacónico gesto se le sirve su vaso de escocés con tres piedras de hielo en vaso ancho, él rezongando “En buena hora he descubierto el agua, me he empapado”, sin decir nada más el resto del tiempo en el que se transforma en parte del mobiliario, con la excepción del día que cualquiera de los habituales del bar puede recordar, cuando pidió una segunda copa y nos contó que toda aquella historia de que él había descubierto el agua no era más que una patraña, un bulo que los años habían elevado a categoría de mito y del mito había llegado a considerarse realidad. Y agregó que estaba tan cansado que lo había dejado todo para tomarse unas vacaciones que durarían hasta que lo considerase oportuno. Ese día fue el único ataque de locuacidad que tuvo en todo el tiempo que le he conocido. Bueno, conocerle es una palabra que viene grande al hecho de compartir el mismo espacio en el mismo momento. Desde aquél día, marcado en los pequeños históricos vividos en ésta tasca, no ha vuelto a decir una palabra.

Sin embargo, la rutina diaria de hoy se ha visto ligeramente trastocada por su llegada antes de la hora habitual. No ha sido gran cosa, cinco minutos a lo sumo, pero el ansia con la que ha agarrado su vaso ha sido más locuaz que un gran discurso. Yo escucho. Yo veo. Pero no digo nada, nunca digo nada, en eso me parezco al hombre que descubrió el agua, aunque en mi caso son motivos profesionales los que retienen mi lengua y me convierten en confesor casual de aquellos que se acercan a la barra: así he escuchado historias de infidelidades, insatisfechas venganzas o turbios recuerdos de otras vida. Ella ha llegado poco después que él, provocando una queda conmoción entre la gente que ya estaba en el bar porque no es normal

que una mujer como ella se deje caer por un antro como éste. De pies a cabeza se le podía confundir con una de esas mujeres fatales que aparecen en las películas de gansters de madrugada, esas que traen la desgracia a todo aquél que se cruza en su caminar felino. Se ha

sentado en la banqueta contigua al hombre que descubrió el agua el agua. Ginger ale con mucho hielo. Y una guinda. La tensión entre ellos es tan palpable como un muro que les impidiera dirigirse la palabra, entablar la conversación en ciernes, verbalizar lo que reconcome a cada uno como una condena.

El tácito silencio lo rompe su voz de aguardiente:

-No piensas decir nada ¿verdad?

El hombre que descubrió el agua no se digna en mirarla, concentrado en su vaso de whisky como si su vida dependiera de ello, un salvavidas en tierra firme frente a la próxima marejada.

-Después de todo lo que he pasado por encontrarte podrías, al menos, dignarte en responderme. Sólo te estoy pidiendo una explicación.

Su arenga choca contra el infranqueable silencio de aquél que se refugia en el mutismo como forma de defensa. Ella mira a su alrededor, el furtivo mohín de asco que se dibuja en su cara no me pasa desapercibido.

-Además, de todos los lugares, de todos los momentos, de los miles de planos y mundos que podías haber escogido, tenías que haber venido a éste.

Sus hombros se encogen pero su expresión no cambia, impávido ante las palabras de la mujer, cada vez más exaltada pero siempre manteniendo las formas y un tono de voz que sobre el resto de los presentes está haciendo que pensemos en situaciones lascivas vividas, imaginadas o deseadas. Mi transpiración hace que la camisa se me pegue a la parte baja de la espalda, las manos me tiemblan de una forma casi imperceptible, pero suficiente como para que me cueste secar los vasos. Todos estamos pendientes de sus palabras, de que su voz nos siga llevando a los lugares que deseamos.

-Nadie es capaz de dejar sus responsabilidades como tu has hecho. Me parece comprensible que estés cansado. Puedo entender que desearas poner un tiempo y una distancia entre lo que has hecho, lo que haces y lo que tienes que hacer, pero eso no es una excusa. No puedes llegar un día y decir: lo dejo. Y desaparecer sin dar explicaciones. Ni a mí ni a nadie. Y no saber cuándo y dónde pretendes volver. Las cosas no funcionan así. Y no me digas que tu pusiste las normas, que te las inventaste y que por eso las puedes romper y hacer con ellas lo que se te antoje. Porque sabes que no es así, sabes que no depende de ti, que hay entidades que te esperan, que tienes responsabilidades en éste y en otros planos y lugares como éste.

La mirada de él, por primera vez desde el comienzo de su diatriba, se aparta del vaso para posarse en ella, de una forma tan silenciosa y significativa que ella tiene que admitir:

-Vale, no tienes ya ninguna responsabilidad sobre éste plano

en éste momento, pero eso no quita para que en otros sitios te necesiten. Tienes que poner orden. Su reproche cala en los testigos de la escena, haciéndonos rememorar momentos en los que pudimos cambiar los rumbos de nuestra vida y dejamos que pasaran: yo recuerdo cierto barco en una mañana de enero, aquél parece barruntar las palabras que tenía que haber dicho en alguna otra ocasión, ese de allá no puede evitar llorar mientras mira sus manos.

-Ya somos demasiado mayores para andarnos con éstas tonterías. Tienes responsabilidades. Tienes que asumirlas. Y no vale con decir que renuncias a ellas. Sabes que no puedes. Sabes que no funciona así. No sé ni por qué te tengo que decir ésto. Nos regimos

por normas, por normas que nosotros no imponemos pero que tenemos que respetar. Y tu el primero.

Ella parece vencida, baja la cabeza. Su cabello cae como un telón sobre su rostro poniendo un punto y final a sus palabras. La voz de él nos sacude, parece que sale de un lugar polvoriento y lejano.

-Tomé una decisión: no me siento orgulloso de ella, ni pretendo justificarme. Pero tampoco me quiero echar atrás. Hace un tiempo hice cosas de las que me puedo arrepentir pero que no se pueden deshacer. Vivir con ellas es más de lo que cualquiera puede soportar.

-¿Como descubrir el agua?- me atrevo a preguntar, inundado por un impulso que no sé de donde sale pero que me impele a romper mi silencio de convidado de piedra tras la barra.

-Basta ya de esa historia, el agua estaba allí: yo sólo la separé de la tierra- se vuelve hacia la mujer a su lado -¿Crees que puedo estar orgulloso de ésto?

-No quiero escuchar más lamentos- restalla con un tono que parece el de un látigo -¿Vas a estar todo el tiempo regodeándote en tu autocompasión?- Antes de que él sea capaz de responder, sisea -Nunca has sido capaz de terminar nada de lo que empiezas.

Como si su palabra hubiera golpeado su rostro, herido en su orgullo, se incorpora, la toma del brazo y la levanta de la banqueta. -No eres quién para juzgarme- sentencia arrastrándola fuera

del local.

El silencio se instala entre los que quedamos, incapaces de comprender qué es lo que ha pasado. Sus vasos, el único vestigio de su paso. Sé que mañana su banqueta estará vacía. Pero también sé que el hombre que descubrió el agua no estará demasiado lejos de éste sitio. Y de ninguno.

mp3: Bloc Party “So here we are”

Carta de ajuste


Quiero que sepas que me he acostumbrado

a tus putas escenas de ahora me marcho,

lárgate ya de verdad que sería una suerte

si no vuelvo a verte

en los próximos años

Los Planetas “Pesadilla en el parque de atracciones”

No te lo mereces, pero me siento generoso,
tanto, como para dedicarte el más salvaje
de los adioses que he compuesto con mi desprecio,
tan poco, como para saber que te olvidaré
cuando sucumbas a las aguas de Léteo.

Nunca una despedida supo tan desafectada,
tan lejana y, al mismo tiempo, tan deseada,
recoge tu amargura y tus cosas,
a la repulsa no me apetece ponerle nombre.

Por desgracia, la semilla de tu rencor
no se abortará con esta partida,
vendrán otros jardineros para regarla
con maldicencias y grandilocuentes gestos vanos.

Tal vez tu desgracia no es que seas mala,
es que la vida te ha llevado por ese camino.

Te desearía la suerte de la que careces,
pero solo encuentro compasión para aquellos
a los que los hados tropiecen en tu camino
de zarza, de almizcle, de nausea contenida.

Que la dentellada de tu cizaña cicatrice,
que en tu ausencia las aguas tornen a su cauce,
lo diques de tu desidia arrastrados por tu ausencia
y verbigracia de tu silencio ardas en el olvido.

Mentiría si te dijera que te extrañaremos,
convertida en un odioso recuerdo que se difumina
hasta convertirse en la anécdota de noches
de humo, alcohol y flashes de cámara.

Sé que el camino de tu desgracia no es la maldad,
pero espero no volver a tropezar en tu piedra.

DESPEDIDA Y CIERRE

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