De viaje


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Si el coche hubiera sido descapotable, la experiencia habría sido perfecta.

Escuchando una cinta de viejos éxitos grabados de la radio cuando aún éramos adolescentes y en los labios el sabor de la boca del otro. Apenas conocíamos nuestros nombres pero nos comportábamos como dos enamorados. Sólo la carretera y el sonido rasposo de una mala grabación. Sólo la carretera, el horizonte y una compañía accidental.

En una ciudad que nadie recuerda encontramos donde comprar una guerrera de un país que ya no existe. No éramos dueños del mundo pero sí éramos propietarios de nuestros sueños, al menos, hasta donde nos durara la gasolina.

La tarde del tercer día vimos en el porche de una casa con el cartel de “Se vende” una mujer que tejía compulsivamente a ganchillo una especie de patucos. Sus manos estaban tan acostumbradas a la tarea que no necesitaba mirar lo que hacía, dejaba vagar su mirada hacia el horizonte pero no nos prestó atención cuando nos detuvimos a contemplarla.

Otro día recogimos a un autoestopista, un surfero con una sonrisa tan grande que no nos cabía en el coche. Cuando nos detuvimos en una gasolinera salió corriendo sin despedirse, a tal velocidad que casi creíamos haberlo soñado, de no ser por la arena que había en el asiento de atrás del coche.

Tu conversación muchas veces comenzaban con la carencia de autoestima de la gente, que necesita hacer daño para reafirmarse. Yo te contestaba que a mí las heridas me cicatrizaban rápido. Tu decías que las cicatrices imprimían personalidad.

En aquél pueblo de la costa te hice una fotografía con una cámara desechable. Tu con las nubes detrás. He de confesar que nunca llegué a revelar aquél carrete. Pero recuerdo los sueños que se asomaban en tus ojos.

No había ninguna clase de compromiso que nos atara el uno al otro, tal vez por eso, nos acompañábamos, juntando dos soledades para que se hicieran más llevaderas, para que pesaran menos, para que no dolieran tanto.

No teníamos un destino concreto, pero una vez llegamos a aquél lugar supimos que se había acabado. Nos despedimos con un beso y un lacónico adiós. Te alejaste, dejándome en aquél campo de girasoles.

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mp3: Los Planetas “De viaje”

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Diva del extrarradio


Otra pequeña historia con una mujer de protagonista. No sé por qué me ha dado esta racha.

Nunca llegó a ser una vedette, ni siquiera corista o suplente. A lo más que llegó fue a camarera de una barra americana de siete a tres. Un sitio con mucho estilo, eso sí, lo que viene a significar que el número de clientes babosos era relativamente reducido. Triunfar es complicado y la gran ciudad es un ente antropófago que, antes de que te des cuenta, te está fagocitando. Y cuando te regurgita, te devuelve como otra persona, como quién no pretendías ser, el reverso tenebroso de los inocentes sueños del que cree tener la vida por delante. Así que cuando el tipo del final de la barra que fumaba un Ducados tras otro le propuso matrimonio no vio ninguna razón para rechazarlo, las mismas qué encontró para aceptarlo.

Pese a todo fue blanca y radiante al altar, aunque sabía de sobra que aquél color no era más que otra impostura. La luna de miel, en Canarias. El primer hijo, con el nombre de su abuelo paterno, igual que su padre. La hija, casi un año después, con el nombre que la abuela eligió.

Al cabo del suficiente tiempo, la vida que no había soñado la golpeó con la potencia de una apisonadora. Fue un viernes por la tarde, cuando los niños habían salido con sus amigos y el marido no había llegado de la oficina (o del lupanar de turno, no había perdido las costumbres). El primer vaso fue accidental, sí, pero el segundo se rompió por los sueños qué no había cumplido, como el tercero se partió por la soledad de una madre que nunca pudo ver crecer a sus hijos por tener que fregar escaleras, el cuarto se estrelló contra el suelo con la amargura de toda una vida que le había engañado.

Aquél sábado, le pidió a su marido que la llevara al centro comercial. Necesitaba comprar vasos.

mp3: Bebe “Que nadie me levante la voz”

Sopa


No hace más que mirar al frente con la dignidad de una esfinge mientras escucha los reproches que tantas veces le ha echado en cara. Tantas que ya no la afectan.

Al principio lloraba. Después apretaba los labios hasta transformar su boca en algo similar al tajo de un cuchillo. Ahora ha conseguido mantenerse impávida al tiempo que los gritos de se vuelven asmáticos, sus manos tiemblan, su cabello clarea, su piel se convierte en papiro.

No le escucha.

No le oye.

Pero sabe qué está diciendo. Consciente de lo que espera de ella, interpreta el papel para el que la ha elegido, regresa de la cocina con el plato de sopa que le acerca de forma lenta a su viudedad.

 mp3: Bebe “Ella”

La hija del lanzador de puñales


She says sometimes
she spread the legs,
she doesn’t care
for the name of the guest.
After he’s finished
she waits for the next
Christina Rosenvinge “Easy girl”

Dice que, a veces, se abre de piernas sin preguntar el nombre del huesped. Otra ciudad. Otra cara. Otro cuerpo. Bajo las uñas pintadas de bermellón, el polvo de un camino que ha recorrido mil veces. Otra ciudad. Otra cara. Otro cuerpo. Se culpa a sí misma, tratando de encontrar atajos en las distancias cortas. El lugar es lo de menos. Una playa al amanecer, el asiento de atrás de un coche con olor a ambientador de pino, las escaleras de un parque. Otra ciudad. Otra cara. Otro cuerpo. Y vuelta a empezar. Busca una excusa para enfrentar la tiranía de la soledad, haciéndose la fuerte, levantándose la falda, abandonándose a otros cuerpo que, después le dan la espalda. Otra ciudad. Otra cara. Otro cuerpo. Y en la caravana, en dirección a otro punto de partida, se lima las uñas, lamentándose de que nunca la han besado en los labios.

mp3: Christina Rosenvinge “Easy girl”

Carta de ajuste


Las despedidas nunca son fáciles.

Decir adiós nunca se me ha dado bien.

Pero siempre llega el momento en el que tienes que hacerlo, forma parte de eso que llamamos “vida”.Y es entonces cuando puedes hacer un balance de lo que te han aportado. A unos cuantos les tengo que agradecer muchas cosas: el estar ahí, el apoyo, los cafés y los hombros para llorar y la paciencia para enseñarme.

Lo bueno es que esas personas lo saben y ese adiós espero que no sea definitivo: la princesa que nunca tocaba el suelo, la figura maternal, la que salió de la tarta con una sonrisa colgada en los labios y a la que la sonrisa rara vez le llegaba a la boca, la persona que sabía contar estrellas cuando a los demás nos deslumbraban las luces de la ciudad, aquella persona que conocía los secretos de los tigres y la que usaba sus pasos como armas arrojadizas,…

Y prefiero dejarlo aquí con una sola palabra:
GRACIAS

mp3: Fangoria “Adios”

mp3: Enrique Urquijo y los Problemas “Ojalá que te vaya bonito”

Gang Bang


Suplir la falta de personalidad acatando las órdenes de una persona supuestamente más carismática siempre ha sido uno de los trucos más antiguos para hacerse pasar por alguien con un mínimo de interés.

Las más de las veces, ese ente supuestamente carismático, líder de masas, en realidad no deja de ser un ídolo con pies de barro que, a poco que se rasque, se tambalea (más aún cuando se trata de un ataque frontal a su ego), haciendo que muestre su faceta más débil. La reacción puede variar, pero por lo general, suele optar por una reacción agresiva contra aquello que ha generado el descubrimiento de su debilidad. Es ahí donde entran en juego los acólitos carentes de personalidad, que se dejan enredar por los cantos de sirena del líder que necesita que se le defienda de tal afrenta. Jamás lo hará de forma directa, siempre recurrirá a su camarilla en un intento de mantener sus manos limpias.

Se crea entonces un grupo de acoso y derribo contra la nota disidente, aquella que ha herido el orgullo del líder. Mientras la oveja negra se ha quedado dentro del cercado, no ha habido problema, pero en el momento en el que ha sacado los pies del tiesto, ha levantado la cabeza y ha dicho que ahí está y no piensa dejar que lo pisoteen es cuando arrecia la hostilidad por parte de los acólitos que, en un intento de congraciarse con su líder, cumplen de forma estricta sus órdenes so pena de verse ellos mismos condenados al ostracismo por parte del resto del grupo participante del Gang Bang.

Ya inmersos en el círculo vicioso del insidioso acoso contra el elegido como cabeza de turco, las posibles alianzas estratégicas del grupo se dirigen a reducir los posibles apoyos que éste encuentre con el fin de hacerle claudicar. Craso error cuando el disidente es capaz de resistir sin más apoyo que su personalidad. Eso es lo que desconcierta y aterra al grupo y enfurece al líder, que redobla sus esfuerzos en el intento de hacer pasar al adversario (arbitrariamente elegido) por el aro.

Este momento que describo es según la teoría del mobbing de Marina Parés, la fase de exclusión. Analicemos brevemente el resto de fases:

  1. Seducción: La relación entre líder y acosado es buena. Tanto que el acosado cree que se trata de una amistad mientras el líder se dedica a analizarle para poder buscar grietas y debilidades que aprovechar en el futuro acoso (las más de las veces no lo hace de una forma consciente y, en muchas ocasiones, no necesitará usarlo, sobre todo si la potencial víctima forma parte de su camarilla de acoso)
  2. Conflicto: Coge a la pardilla víctima de improvisto, sin darle tiempo a reaccionar y analizar el problema, el por qué del enfriamiento de la relación. El acosado, inocente e inconsciente, plantea al, hasta entonces aliado, el por qué del cambio de actitud.
  3. Acoso:Pasamos al hostigamiento por parte del acosador, que empieza a aprovechar las debilidades de la cabeza de turco sobre la que proyecta sus carencias.
  4. Entorno: aprovechando la combinación de supuesto carisma con la falta de personalidad en el entorno, el líder lanza sus huestes contra su víctima. Como hienas al acecho, el ejército se convierte en extensión de la actitud del acosador.
  5. Intervención de la empresa: por norma, los estratos superiores tienden a ignorar la batalla que se está librando, confiando en la posibilidad de que el problema se solvente por sí solo.
  6. Exclusión: el elemento discordante se convierte en persona non grata para el resto de compañeros que no están en el Gang Bang. La labor del acosador extendiendo sus redes, termina por afectar a un ámbito más amplio que aquél más inmediato a su víctima.

En algunos casos, la reacción del adversario, revolviéndose contra la actitud marcial y carente de compasión del acosador, se convierte en un elemento más con el que atacarle, la prueba definitiva de que el acosador tiene razón y que la víctima se merece todo lo que le está pasando, con lo que la carente de personalidad cohorte de participantes en el grupo de acoso refuerzan su actitud e, incluso, llegan a reclutar nuevos elementos para su causa.

El resultado del Gang Bang suele ser dispar: a veces claudica la víctima, otras el acosador pierde el interés, en algunas ocasiones la víctima termina desertando.

mp3: Nacho Vegas “Gang Bang”

Por qué no me muerdo la lengua


You wouldn’t let me say the words I longed to say
You didn’t want to see life through my eyes
[express yourself, dont repress yourself]
You tried to shove me back inside your narrow room
And silence me with bitterness and lies
[express yourself, dont repress yourself]

Did I say something wrong?
Oops, I didn’t know I couldn’t talk about sex
[i musta been crazy]
Did I stay too long?
Oops, I didn’t know I couldn’t speak my mind
[what was I thinking]

 

Aparte de la respuesta obvia (porque me envenenaría) la razón principal es la distancia a la que me han ido empujando hechos y actitudes, desplantes, malas caras y respuestas fuera de tono y de lugar. Que, de la noche a la mañana, alguien deje de hablarte. Que alguien que se precia de ser tu amigo te haga un traje a medida (de sus intereses)

A base de hostias, he aprendido que hay mucha gente que está a tu lado, sólo en función de sus intereses. Cuando alcanzan su objetivo marcado te descartan y buscan a otra persona a la que utilizar, sin darse cuenta de que lo que para ellos era una relación utilitaria, para ti significaba algo más. La ventaja es el poder discriminar a quién llamas “amigos” y a quién puedes tildar de “conocidos”.

HUMANNATUREVIDEO

Tal vez alguien se pregunte (siempre presupongamos la curiosidad, es uno de los rasgos que han permitido que el ser humano avance) la razón por la cuál en éstos momentos me decida a escribir palabras como estas. La razón es bien sencilla (aunque también tenga sus matices) y es que ya me da igual. Sin razón aparente se ha optado por criticarme y se me ha hecho daño. Sin venir a cuento, de pronto, las actitudes de la gente se vuelven diametralmente opuestas. Las fases por las que pasas se pueden resumir en las siguientes:

  1. Confusión: En el momento en el que te das cuenta de que algo no funciona como es debido, que se ha producido un cambio que no eras capaz de ver venir.
  2. Dudas: Te planteas qué has podido hacer mal, a veces, incluso se lo preguntas directamente a la persona interesada (normalmente te responden con una falsa sonrisa y aseguran que no pasa nada, que todo sigue como siempre)
  3. Dolor: Te das cuenta de que, realmente, la relación se ha deteriorado de tal forma que nunca podrá volver a ser como antes.
  4. Indignación: Te preguntas cómo es posible, quién se cree que es, cómo ha sido capaz, y varias cuestiones más en un ataque de dignidad que, en algunas ocasiones, puede llegar a causar ciertos estropicios.
  5. Indiferencia: O lo que viene a ser pagar con la misma moneda, tratas de que te resbale el tema y lo dejas correr, intentando convencerte de que es la ultima vez que te pasa.

Yo ya he llegado a una sexta fase: aquella en la que la distancia es el olvido (perdón por mi vena bolero) quiero decir que la distancia te da perspectiva y la perspectiva te permite analizar, ironizar y caricaturizar conductas que se hacen evidentes.

Por eso me permito explayarme. Y no me muerdo la lengua.

mp3: Madonna “Human nature”

Lucha de gilip… digo, gigantes


Es gracioso como han pasado los años, las vueltas que da la vida (vaya tarde de bolero más tonta que me ha asaltado) y aún así, se mantienen en la vida las mismas estructuras estamentarias que se forman en los institutos. Lo que es peor, las de los High School americanos que vimos en “Sensación de vivir”. No somos originales ni para copiar y, encima, importamos los modos foráneos de una vida que nos han enseñado en televisión.

Las cosas como son, hay guays en todas partes, ese tipo de gente que se cree que son lo más de lo más por el simple hecho de haber nacido por el coño de su madre (como el principito de Asturies) Ellos se creen que, por el mero hecho de dirigir su atención a ti, simple mortal, deberías empezar a saltar y dar palmas con las orejas. Y una mueca de decepción se pinta en su rostro cuando, apenas les prestas más atención que la que ellos te prestan habitualmente. Luego está el segundo estamento, los que quieren ser guays y no pueden o no les sale tan bien con al estamento superior. Su relación con la “elite” es paradójica, se aman y se odian a partes iguales, se declaran la guerra para después firmar la paz. Y es curiosa también las sinergias internas que se producen dentro del segundo estamento, plagadas de pequeña puyas que tratan de parecer bromas cuando están en realidad cargadas de la dañina ponzoña de la desconfianza, en ocasiones azuzada por el intento de alcanzar la complicidad con alguno de los elementos pertenecientes al primer estamento. Por ultimo está el tercer estamento, los parias, los desheredados. Aquellos a los que los otros dos estamentos tratan como escoria intentando ignorar su existencia. Su papel en ésta tragicomedia se construye en función de que sean conscientes o no de la consideración que le tienen sus compañeros. Si no sabe su situación, es probable que trate desesperadamente de ganarse el favor de los estamentos superiores en un vano intento de ascender en el escalafón sin apenas darse cuenta de que se convierte en el blanco de comentarios malsanos y maliciosos. Si, por el contrario, el elemento perteneciente al tercer estamento, sabe cuál es su papel y el lugar en el que se encuentra, de pronto descubre el inenarrable placer de convertirse en testigo, en convidado de piedra de tramas vodevilescas, que a veces te hacen gracia, otras tienen la suficiente chicha como para hacer algún comentario jocoso, la más de las veces llegan a tal nivel de patetismo que se convierten en la comidilla del día por el mero placer del criticar por criticar.

Lo más triste de todo este paramento medieval con el que se tratan de sostener nuestras relaciones sociales, es la incapacidad de cada una de las partes de percatarse de que ninguno somos actores principales, no interpretamos el papel principal por el que nos van a dar un Oscar, ni siquiera el de secundario. Pero no lo podemos evitar y soñamos con que, algún día, nos echaran del escenario mientras nos alargamos en nuestro discurso de agradecimiento.

mp3: Nacha Pop “Lucha de gigantes”

 

Divertimento


Que tu doble en las escenas de cama
tenga antecedentes penales
no es óbice
para que tomes posesión
de los asientos de atrás
de todos los coches.

No es que sea malo.

Es que reduce tu tarifa habitual
a mera caridad.

El hombre que descubrió el agua


Éste relato forma parte de un ejercicio del foro de

Taller Literario en el que se proponía escribir una historia de entre 1000 y 1500 palabras con el agua como elemento central. Al final, en mi historia, el agua es un elemento tangencial, pero para cuando me quise dar cuenta, la historia ya tenía forma.

El hombre que descubrió el agua, agitó los hielos que naufragaban en su whisky, provocando seísmos a escala en aquellos icebergs, se encogió de hombros para justificarse:

-El agua ya estaba allí, yo sólo descubrí el océano.

Siempre se escudaba en su presencia taciturna para esquivar las preguntas impertinentes y los peregrinos intentos de hacerle saltar a la fama como descubridor de uno de los elementos básico para nuestra existencia. Si alguien le preguntaba qué océano había descubierto, un gesto ambiguo con la mano que lo mismo podría decir que te callaras la boca que significar algo a una distancia inimaginable, más allá de la comprensión de una persona que, como yo, sólo había recorrido las cuatro esquinas de su ciudad.

Perenne parroquiano del bar en el que me gano el sustento, su presencia silenciosa e indolente, lo convertía en otro elemento de decoración de aquél tugurio, cualquiera podría decir que siempre estaba allí, a cualquier hora, cualquier día, con su abrigo raído y su desastrosa barba de una desvaída blancura salvo en el contorno de la boca, donde la nicotina la había teñido de un tono pardusco.

En días como éste, suele acodarse en la barra y con su lacónico gesto se le sirve su vaso de escocés con tres piedras de hielo en vaso ancho, él rezongando “En buena hora he descubierto el agua, me he empapado”, sin decir nada más el resto del tiempo en el que se transforma en parte del mobiliario, con la excepción del día que cualquiera de los habituales del bar puede recordar, cuando pidió una segunda copa y nos contó que toda aquella historia de que él había descubierto el agua no era más que una patraña, un bulo que los años habían elevado a categoría de mito y del mito había llegado a considerarse realidad. Y agregó que estaba tan cansado que lo había dejado todo para tomarse unas vacaciones que durarían hasta que lo considerase oportuno. Ese día fue el único ataque de locuacidad que tuvo en todo el tiempo que le he conocido. Bueno, conocerle es una palabra que viene grande al hecho de compartir el mismo espacio en el mismo momento. Desde aquél día, marcado en los pequeños históricos vividos en ésta tasca, no ha vuelto a decir una palabra.

Sin embargo, la rutina diaria de hoy se ha visto ligeramente trastocada por su llegada antes de la hora habitual. No ha sido gran cosa, cinco minutos a lo sumo, pero el ansia con la que ha agarrado su vaso ha sido más locuaz que un gran discurso. Yo escucho. Yo veo. Pero no digo nada, nunca digo nada, en eso me parezco al hombre que descubrió el agua, aunque en mi caso son motivos profesionales los que retienen mi lengua y me convierten en confesor casual de aquellos que se acercan a la barra: así he escuchado historias de infidelidades, insatisfechas venganzas o turbios recuerdos de otras vida. Ella ha llegado poco después que él, provocando una queda conmoción entre la gente que ya estaba en el bar porque no es normal

que una mujer como ella se deje caer por un antro como éste. De pies a cabeza se le podía confundir con una de esas mujeres fatales que aparecen en las películas de gansters de madrugada, esas que traen la desgracia a todo aquél que se cruza en su caminar felino. Se ha

sentado en la banqueta contigua al hombre que descubrió el agua el agua. Ginger ale con mucho hielo. Y una guinda. La tensión entre ellos es tan palpable como un muro que les impidiera dirigirse la palabra, entablar la conversación en ciernes, verbalizar lo que reconcome a cada uno como una condena.

El tácito silencio lo rompe su voz de aguardiente:

-No piensas decir nada ¿verdad?

El hombre que descubrió el agua no se digna en mirarla, concentrado en su vaso de whisky como si su vida dependiera de ello, un salvavidas en tierra firme frente a la próxima marejada.

-Después de todo lo que he pasado por encontrarte podrías, al menos, dignarte en responderme. Sólo te estoy pidiendo una explicación.

Su arenga choca contra el infranqueable silencio de aquél que se refugia en el mutismo como forma de defensa. Ella mira a su alrededor, el furtivo mohín de asco que se dibuja en su cara no me pasa desapercibido.

-Además, de todos los lugares, de todos los momentos, de los miles de planos y mundos que podías haber escogido, tenías que haber venido a éste.

Sus hombros se encogen pero su expresión no cambia, impávido ante las palabras de la mujer, cada vez más exaltada pero siempre manteniendo las formas y un tono de voz que sobre el resto de los presentes está haciendo que pensemos en situaciones lascivas vividas, imaginadas o deseadas. Mi transpiración hace que la camisa se me pegue a la parte baja de la espalda, las manos me tiemblan de una forma casi imperceptible, pero suficiente como para que me cueste secar los vasos. Todos estamos pendientes de sus palabras, de que su voz nos siga llevando a los lugares que deseamos.

-Nadie es capaz de dejar sus responsabilidades como tu has hecho. Me parece comprensible que estés cansado. Puedo entender que desearas poner un tiempo y una distancia entre lo que has hecho, lo que haces y lo que tienes que hacer, pero eso no es una excusa. No puedes llegar un día y decir: lo dejo. Y desaparecer sin dar explicaciones. Ni a mí ni a nadie. Y no saber cuándo y dónde pretendes volver. Las cosas no funcionan así. Y no me digas que tu pusiste las normas, que te las inventaste y que por eso las puedes romper y hacer con ellas lo que se te antoje. Porque sabes que no es así, sabes que no depende de ti, que hay entidades que te esperan, que tienes responsabilidades en éste y en otros planos y lugares como éste.

La mirada de él, por primera vez desde el comienzo de su diatriba, se aparta del vaso para posarse en ella, de una forma tan silenciosa y significativa que ella tiene que admitir:

-Vale, no tienes ya ninguna responsabilidad sobre éste plano

en éste momento, pero eso no quita para que en otros sitios te necesiten. Tienes que poner orden. Su reproche cala en los testigos de la escena, haciéndonos rememorar momentos en los que pudimos cambiar los rumbos de nuestra vida y dejamos que pasaran: yo recuerdo cierto barco en una mañana de enero, aquél parece barruntar las palabras que tenía que haber dicho en alguna otra ocasión, ese de allá no puede evitar llorar mientras mira sus manos.

-Ya somos demasiado mayores para andarnos con éstas tonterías. Tienes responsabilidades. Tienes que asumirlas. Y no vale con decir que renuncias a ellas. Sabes que no puedes. Sabes que no funciona así. No sé ni por qué te tengo que decir ésto. Nos regimos

por normas, por normas que nosotros no imponemos pero que tenemos que respetar. Y tu el primero.

Ella parece vencida, baja la cabeza. Su cabello cae como un telón sobre su rostro poniendo un punto y final a sus palabras. La voz de él nos sacude, parece que sale de un lugar polvoriento y lejano.

-Tomé una decisión: no me siento orgulloso de ella, ni pretendo justificarme. Pero tampoco me quiero echar atrás. Hace un tiempo hice cosas de las que me puedo arrepentir pero que no se pueden deshacer. Vivir con ellas es más de lo que cualquiera puede soportar.

-¿Como descubrir el agua?- me atrevo a preguntar, inundado por un impulso que no sé de donde sale pero que me impele a romper mi silencio de convidado de piedra tras la barra.

-Basta ya de esa historia, el agua estaba allí: yo sólo la separé de la tierra- se vuelve hacia la mujer a su lado -¿Crees que puedo estar orgulloso de ésto?

-No quiero escuchar más lamentos- restalla con un tono que parece el de un látigo -¿Vas a estar todo el tiempo regodeándote en tu autocompasión?- Antes de que él sea capaz de responder, sisea -Nunca has sido capaz de terminar nada de lo que empiezas.

Como si su palabra hubiera golpeado su rostro, herido en su orgullo, se incorpora, la toma del brazo y la levanta de la banqueta. -No eres quién para juzgarme- sentencia arrastrándola fuera

del local.

El silencio se instala entre los que quedamos, incapaces de comprender qué es lo que ha pasado. Sus vasos, el único vestigio de su paso. Sé que mañana su banqueta estará vacía. Pero también sé que el hombre que descubrió el agua no estará demasiado lejos de éste sitio. Y de ninguno.

mp3: Bloc Party “So here we are”

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