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Criticando el mundo desde 1976

Anatomía del desastre


 

anatomiadeldesastre

El dictador bendijo los alimentos
(murmuraba entre dientes)
(susurraba herrumbre)
las horas crujían en un suspiro.

Se llenaron de polvo todas las buenas intenciones,
se agusanaron,
se apolillaron
(se dice que prefirieron exiliarse)
(se comenta que fueron fusiladas una noche de noviembre)

Dijo otra vez los amenes y los parabienes
con los que adormilar conciencias,
sortilegios y juegos de manos
con los que justifica la mierda
que esconde bajo la alfombra
(la prestidigitación siempre ha sido
un arte menor)

Las hojas secas del otoño
desnudaron a las modelos famélicas,
hambrientas de oropeles,
codiciosas de martas cibelinas
para cubrir sus hambres.

La gorra de plato del dictador
las medallas
los galones sustraídos
al honor y a la gloria
deslumbraron a la audiencia
justo antes de que España
marcara un nuevo gol

(respiró aliviado)

(su resoplo de alivio
calló el gemido
de los muertos en el armario)

mp3: Nacho Vegas “Un desastre manifiesto”

Egolatría deslustrada (o tengo un ego que no me cabe en esta bocaza que tengo)


Dedicado a Lady S. (and you know why)

bocazas

“Y yo…”

“Pues a mí…”

“Es que mi…”

“Yo…”

Debe ser lo bueno de ser un travelo que hace la calle: tienes tantas experiencias en tu vida que eres capaz de extrapolar cualquier historia, cualquier anécdota, cualquier relato a alguna relacionada con la vida lumpen que has vivido.

“Y yo…”

“Pues a mí…”

“Es que mi…”

“Yo…”

No hace falta que escuche lo que tiene que decir su interlocutor, en cuanto encuentra un hueco (o no, también sirve callarle interrumpiendo) lanza su preparada diatriba sobre cualquier tema que se prepare la noche antes.

“Y yo…”

“Pues a mí…”

“Es que mi…”

“Yo…”

La lumi con la que comparte esquina, la mira con perplejidad: acabar de llegar de Rusia y no entender castellano no es obstáculo para quedarse sorprendida ante un torrente de palabras acompañadas de una hiperbólica gesticulación con la que hacerse entender.

“Y yo…”

“Pues a mí…”

“Es que mi…”

“Yo…”

Una vez estuvo trabajando a las órdenes de un proxeneta, un rufián del tres al cuarto, al que llamaban “Media leche” porque salía escaldado cada vez que se metía en alguna rencilla por una esquina en la que colocar a sus protegidas.

“Y yo…”

“Pues a mí…”

“Es que mi…”

“Yo…”

La que mejor lo sobrellevaba, la que lo aguantaba sin decir ni mu, era una madre sorda con la que compartía la destartalada habitación de un quinto interior sin ascensor.

“Y yo…”

“Pues a mí…”

“Es que mi…”

“Yo…”

mp3: Michel Teló “Ai se eu te pego”

La balada de los hipócritas


 

aceofspades

Llegarán tahúres que vendaran los ojos a los iracundos.
 
Dirán que eso está mal,
dirán que no está nada bien.
 
Que todo lo hacen
en beneficio de las familias
que viven bajo el puente,
allá a lo lejos,
donde el horizonte juega a los dados
con las nieblas;
porque las de aquí se cobijan
bajo esqueletos de paraguas,
pero eso no está tan mal.
 
Si los niños tienen sed,
que esperen a la lluvia
atraída por el brujo navajo,
seguirán diciendo que es lo correcto.
 
Dirán que ellos no han inventado nada,
que solo se trata de destruir
lo que no llena sus bolsillos,
capitalizando su hipocresía
de ratas con traje
en el asiento de atrás de su limusina
que eso es lo que está bien.
 
Conflicto.
 
El de sus intereses
contra los de los demás
(los tahúres siempre llevan ases en las mangas)

mp3: Joaquín Sabina y Viceversa “La balada de Tolito”

Beeee beeee


 

sheep

Ya que nos venden a los lobos,
los pastores que tanto porfiaron
con su llegada,
el degolladero sigue
sin ser una opción
y escapar no tiene viso alguno
de llegar a cualquier parte.
 
Si esto fuera una película del oeste,
nos creeríamos capaces
de vender caro nuestro pellejo
impostando un rostro impenetrable
tras el que esconder
nuestro interior de perro de porcelana.
 
Las puertas al campo
son giratorias para los rabadanes
que solo pisan las alfombras
rojas de nuestras vergüenzas,
les damos las gracias por el fuego
les damos las gracias por el sol y la luna,
balamos de agradecimiento
cargando con nuestros yugos.
 
Desde este lado de la verja
deberíamos ser capaces
de escandalizarnos
por su incestuoso encamamiento,
pero es mejor aplaudir a los focos,
sonreír ante la cámara,
arrancarnos la piel
por otros cinco minutos de fama.

mp3: Extremoduro “Sucede”

¿Qué hizo una chica como tú en un lugar como aquél?


-He vivido mucho y he visto muchas cosas- afirmó cortante y asertiva, el denso rojo de su carmín orlando el borde de la copa de vino, al fondo de la que aún se veía joven, descarada y atrevida, como la primera vez que plantó sus pies en el puerto de Ibiza, desembarcando de un barco donde un marinero polaco le había prometido lo que ella había interpretado que era amor eterno pero que , al día siguiente, se había demostrado que sólo era palabrería con la que convencerla para que se abriera de piernas, aunque ella bien sabía que no era necesaria demasiada persuasión, algo que hacía que a su madre le llevaran los demonios contra los que rezaba a las ocho en la iglesia del barrio y cada noche antes de dormir. –Siempre recordaré el día que Mick Jagger me dijo que tenía las tetas más bonitas de toda España.- A su lado su hijo, con el jersey más gris que había encontrado en su armario, ponía los ojos en blanco, sabedor de la historia que venía a continuación, una inconexa anécdota de cosa sobre el vientre de su propia madre, el cantante de los Rolling y la primera mujer de él y la noche en la que descubrió la diferencia entre el orgasmo clitoriano y el vaginal, la localización exacta de punto G y lo que era el squirtting. Según la historia de su madre, se habían conocido mientras ella vendía sus pulseras de cuero cerca de Cala Bass y ellos estaban pasando unos días de descanso. Sabía perfectamente que la historia era tan falsa como tantos de los coloristas sucesos con los que su madre aburría a todo aquel que tenía la mala suerte de contar su interés, en aquél caso el último chico que había logrado ligarse. Siempre trataba de evitar esos momentos como si de una enfermedad se tratara. Contaba como una amplia experiencia para saber que, más temprano que tarde, la desbordante imaginación de su progenitora terminaría por asustar al ligue de turno. Pero no había habido opción; su madre se había presentado en el bar en el que ambos disfrutaban de una cerveza con la que trataban de reconocerse en la esquina más sombría, se había acomodado entre ambos y había comenzado la retahíla de historietas y chascarrillos con los que adornaba una biografía ajena a los cánones más convencionales de un país bajo una dictadura. Había vivido de una forma ciertamente heterodoxa, sí, pero no era, ni de lejos, tan colorista como ella se empeñaba en pergeñar para el público que le prestara un mínimo de atención. Lo cierto era que ella se había criado en una ciudad al lado de un mar ceniciento y que, antes de los dieciséis, se había escapado con un chico varios años más listo que ella, que le prometía una vida y le vendía los sueños inalcanzables para una chica de aquél lugar. Sufrió la primera vez que le abandonaron, con una crueldad que le calaba en los huesos, en una estación de tren que se había perdido entre olivares y por la que ya no pasaba ningún ferrocarril. Hasta ahí, su madre solía ceñirse bastante a lo que fue su vida, si bien no faltaba cierta ornamentación: persecuciones por parte de la benemérita, repudios paternales y fogosas declaraciones a la luz de la luna, por aquello de dar cierto tono Corín Tellado a su impostada autohagiografía. Si se la hiciera caso, a ella había que considerarla instigadora del “Mayo del 68” en París y la ideóloga detrás de la “Primavera de Praga”; durante la “Revolución de los Claveles” estaba embarazada, así que atribuía ese mérito a uno de sus amantes. No dejaba de ser cierto que viviera en Ibiza a finales de los 60 pero había que poner en duda casi todas las batallas que se empeñaba en contar y que él achacaba al uso y abuso de sustancias psicotrópicas de dudosa procedencia. Se revolvió en su incómodo sitio, miró de reojo al pretendiente de turno que fingía un interés desmesurado en la nueva anécdota del viaje en el que conoció a Ravi Shankar. Él sabía de sobra que lo más cerca que ella había estado de algo hindú era la “Semana de la India” de cierta cadena de grandes almacenes, pero se resignó a callar y soportar el monocorde parloteo de su progenitora.

-Cuando me dijo que le gustaban los chicos- aquella parte de la historia que le involucraba era la que más incómodo le hacía sentir, pero ya se había acostumbrado a soportarla con resignación. Se culpaba a sí misma por no haberle prestado más atención cuando era un niño. Ella lo explicada de forma que pareciera la mártir de las madres solteras y trabajadoras, cuando la realidad era bastante distinta, dando una imagen de cierta casquivanía, dejando en la cama a un niño de cuatro años, solo en casa, mientras ella salía envuelta en un perfume tan denso como un abrigo de pieles a vivir una noche tras otra. Cuando cogía confianza con alguien, incluso contaba aquella parte más sórdida, pero pertinentemente endulzada, erigiéndose en la auténtica musa de la movida al rechazar el papel de Olvido Gara en en “Pepi, Luci y Bom y otras chicas del montón”, inspirando a Fabio MacNamara el “Voy a ser mamá” y a Pepe Risi el “Qué hace una chica como tú en un sitio como éste”. Siempre decía con cierto deje de desprecio, que aquella historia de la movida no era más que un invento de marketing sin base real, que sólo se juntaron un puñado de gente haciendo cosas que antes no se habían hecho por la represión de la dictadura. Cierto era que, en aquella época, rara era la noche que pasaba en casa, dejando en casa a un crío a merced de unos terrores infantiles que terminó por controlar mejor que sus esfínteres, pero la realidad era que sólo iba a clubs en los que poder encontrar a un hombre de una noche en el fondo de un vaso de gin-tonic. Él no era capaz de recordar el número hombres que había encontrado en multitud de mañanas en el salón de casa, o saliendo apresurados con la cabeza gacha y remetiéndose la camisa por los pantalones, o alguno haciéndose el simpático, con la estúpida convicción de que si se ganaba al hijo, se ganaría a la madre, manida maniobra más vieja que el mundo y que jamás ha dado el menor resultado, ni con su madre no con el resto de personas con las que se ha utilizado esa maniquea estratagema. Nunca había visto dos veces la misma cara. No había logrado retener un sólo nombre.

-Como te decía, cuando el niño salió del armario, ni me sorprendí.- En realidad, se había quedado apoyada en el quicio de la puerta del salón mientras él, con dieciséis años, se afanaba entre las piernas del hombre que, pocas horas antes, se había esforzado en sacar el cabecero de la cama de su madre por la pared de su cuarto. Cuando ambos se corrieron, ella acertó a carraspear, levantar una ceja e impostar su voz de fatal mujer de mundo diciendo “Ha heredado las dotes de su madre”, acompañado de esa sardónica forma de soltar el humo que dice mucho más de lo que calla. De aquello, él nada más que recordaba sus palabras enmarcadas en el denso pintalabios bermellón que dejaba un rastro en cada vaso sobre el que posaba su boca, como la copa que ahora reposaba entre dos cajetillas de tabaco. Se resignó. Como siempre. Como llevaba haciendo toda la vida, aburrido, esperando un momento de silencio en el parloteo desafortunado de una madre que construía una biografía a la altura de su imaginación, no de su vida. Se conformó con saber que, en algún momento, acabaría, concluiría su historia, que no terminaba con un “fueron felices y comieron perdices”. A esas alturas, era capaz de profetizar hasta la frase de despedida del chico que le acompañaba, el temido “ya te llamaré” que nunca se concretaba. El chico miró el reloj del móvil pensando, sin duda, que aquello se alargaba más allá de lo excesivo. Se resignó. Como siempre. Ni se inmutó cuando él se levantó de la silla ubicada en el rincón más estratégicamente oculto del bar.Yatellamaréyatellamaréyatellamaréyatellamaréyatellamaréyatellamaréyatellamaréyatellamaréyatellamaré era el mantra que martilleaba su cerebro. Pero, a veces, los lugares comunes son menos comunes de lo que logramos creer y se despidió de su madre con un cortés
-Encantado de conocerla, señora- que su madre se empeñó en corregir con un “señorita” y una sonrisa pícara que acompañó su mano extendida en un gesto que interpretó a la perfección, inclinándose para levemente rozar con los labios. Cuando su turno llegó, el roce fue considerablemente más lascivo y se acompañó de un inusitado “llámame cuando quieras”.

El silencio se sentó guardando las distancias entre madre e hijo.
-Pues parece majo,- afirmó ella.
-Sí que lo es,- respondió él lacónico. Levantó los ojos del vaso vacío y la espetó –Mamá, llevas mal puesta la peluca.

mp3: Burning “Qué hace una chica como tú en un sitio como éste”

Especulación alimentaria: “La gente muere de hambre mientras los bancos se forran a costa de la comida”


No son solo las malas cosechas y el cambio climático – también los especuladores están detrás de los records en los precios. Y son los más pobres del planeta los que tienen que pagar.

Un artículo original de John Vidal

Hace poco menos de tres años, la gente del pueblo de Gumbi en el oeste de Malawi fue inesperadamente azotada por el hambre. No como nos pasa a los europeos si nos saltamos una comida o dos, sino el profundo, el que te roe por dentro, el que impide el sueño y embota los sentidos cuando se ha ingerido ningún alimento sólido durante semanas.

Curiosamente, no había habido sequía, la causa más común de desnutrición y hambre en los países del sur de África y había un montón de alimentos en los mercados. Por alguna extraña razón, el precio de alimentos básicos, como el maiz y el arroz, se había duplicado en cuestión de pocos meses. Y más raro aún, no había evidencia de que los comerciantes locales se hubieran dedicado a acaparar alimentos. Lo mismo ocurrió en otros cien países en vías de desarrollo. Hubo disturbios por ésta causa en más de veinte países y varios gobiernos se vieron obligados a prohibir las exportaciones de alimentos y productos básicos, así como a subvencionarlos.

La explicación esgrimida por la ONU y los expertos en comida fue que una combinación de factores naturales y humanos se habían combinado para dar lugar a una “tormenta perfecta” que había inflado los precios precios. Según las agencias de la ONU, los agricultores estadounidenses habían dedicado millones de hectáreas de tierras para la producción de biocombustibles para los vehículos, el precio del petróleo y los fertilizantes había aumentado considerablemente, los chinos estaban empezando a incluir carne en su dieta, y las sequías relacionadas con el cambio climático estaban afectando a las principales áreas de cultivo. La ONU que el número de personas desnutridas había aumentado en setenta y cinco millones debido al aumento de los precios.

Pero una nueva teoría está emergiendo ahora entre economistas y comerciantes. Se cree que los mismos bancos, fondos de cobertura y financieras cuya especulación en los mercados bursátiles provocó la crisis de las hipotecas sub-prime, son la causa de los precios yo-yo de los alimentos y su subida. Se les acusa que, aprovechando el vacío legal de los mercados mundiales de materias primas, ellos están haciendo millones a base de especular sobre la alimentación mientras causan miseria en todo el mundo.

Mientras los precios de los alimentos se disparan de nuevo a niveles por encima de los alcanzados en el 2008, queda claro que ahora todo el mundo se verá afectado. El precio de los alimentos ha aumento en un 10% en un año en Gran Bretaña y en Europa. Es más, según la ONU, se espera que aumenten en un 40% en la próxima década.

La modesta especulación siempre ha existido, incluso era bienvenida, en los productos tradiciones, funcionando de la siguiente manera: el agricultor X se cubría frente a los riesgos climáticos y las malas cosechas acordando un precio de venta con el intermediario Y. De esta forma se garantizaba un ingreso fijo que le permitía planificar el futuro e invertir más, dejando un margen de beneficio al intermediario Y. En un mal año, el agricultor X obtiene un beneficio y en un buen año sale ganando el intermediario Y.

Cuando estos procesos de “cobertura” estaban regulados, funcionaban bien. El precio de los alimentos reales en el mercado del mundo real, se establecía por las oferta real y la demanda real.

A mediados de los 90 esto cambia. A raiz de la fuerte concentración de los bancos, los fondo de cobertura y las políticas librecambistas de EE.UU y Gran Bretaña, las normativas sobre el mercado de las materias primas se vieron abolidas de forma sistemática. Los contratos de compra y venta de alimentos se convirtieron en “derivados” que podían ser comprados y vendidos entre comerciantes que no tenían nada que ver con la agricultura. Así nació un nuevo e irreal mercado de “especulación alimentaria”. Cacao, zumos de frutas, azucar, alimentos básicos, carne y café se convierten en parte de un mercado mundial junto con el petróleo, el oro y los metales. En 2006, con el desastre hipotecario de los Estados Unidos, los bancos huyeron en estampida moviendo millones de dólares a fondos de pensiones y a mercancias exentas de riesgo, especialmente, los alimentos.

“La primera vez que nos dimos cuenta de esto (la especulación alimentaria) fue en 2006. Pero no se percibió como un elemento continuista. Sin embargo, en el 2007/8 fue cuando realmente se disparó” dice Mike Master, administrador de fondos de Masters Capital Management,  que declaró ante el senado estadounidense que la especulación estaba haciendo subir el precio de los alimentos a nivel mundial. “Cuando se observan los flujos se hace evidente. Conozco multitud de comerciantes y ellos me confirmaron lo que estaba sucediendo: que ahora el negocio estaba en la especulación – en torno al 70-80%”

Masters afirma que los merado actualmente están muy distorsionados por los bancos de inversiones: “Digamos que llegan noticias de malas cosechas y lluvias en determinado lugar. En circunstancias normales, eso incrementaría el precio del producto en un dólar. Pero en un mercado compuesto al 70-80% por especulación, el incremento puede llegar a los dos o tres dólares para añadir los costes adicionales. A eso añádele lo volátil del mercado. Terminará tan mal como todas las modas de Wall Street. Terminará estallando.”

El mercado especulativo de la alimentación es verdaderamente amplio, afirma Hilda Ochoa-Brillembourg, presidenta del Grupo de Inversiones Estratégicas de Nueva York. Estima que la demanda especulativa de materias primas futuras se ha incrementado entre un 40 y un 80% en el ámbito de la agricultura.

Pero la especulación no sólo afecta a los alimentos básicos. El año pasado, Armajaro (un fondo de inversión radicado en Londres) compró 240.000 toneladas,  más del 7% de las reservas mundiales de granos de cacao, ayudando a incrementar el precio del chocolate a los niveles más altos en treinta y tres años. Mientras, el precio del café se disparó en un 20% en sólo tres días como resultado de los inversores que apostaban por la caída de su precio.

Olivier de Schutter, portavoz de la ONU por el derecho a la alimentación, no alberga ninguna duda de que los especuladores están detrás del aumento de los precios. “El significativo incremento del precio del trigo, el maíz y el arroz no está relacionado con el reducido almacenamientos o las malas cosecha, sino con los comerciantes reaccionando a la información y especulando en los mercados.

“La gente muere de hambre mientras los bancos fomentan el asesinato a base de apostar sobre los alimentos,” dice Deborah Doane, directora del Movimiento para el Desarrollo Mundial en Londres.

La ONU y la Organización para la Agricultura, se mantienen diplomáticamente neutrales, diciendo en junio que “Aparte de los cambios en suministro y demanda de algunos productos básicos, el ascenso puede que también se haya visto amplificado por la especulación en los mercados de futuros organizados.”

La ONU es apoyada por Ann Berg, una de las más experimentadas comerciantes de futuros. Ella argumenta que la diferenciación entre mercados futuros de materias primas e inversiones relacionadas con las materias primas agrícolas es imposible.

“No hay forma de saber exactamente qué es lo que está ocurriendo. Sufrimos la burbuja inmobiliaria y el impago de los créditos. El mercado de las materias primas es otro campo de juego lucrativo del que los mercaderes obtienen beneficio. Es un tema delicado. Algunos paises compran directamente de los mercados. Como dice un amigo mío: ‘Lo que para un pobre es un trozo de madera, para el rico es un tipo de activo asegurado’”

Tres perspectivas: Michel Onfray y un manifiesto hedonista


 

Revisando entradas antiguas he redescubierto las que escribí cuando me leí “La fuerza de existir. Manifiesto hedonista” de Michel Onfray en octubre del año pasado y he decidido aglutinar las tres entradas en una sola. En un día festivo puede resultar interesante (o tedioso)

Perspectiva: el contrato hedonista

Hay pocos filósofos que me gusten tanto como Michel Onfray, tal vez sea porque es de los pocos a los que realmente entiendo. Tal vez sea porque sea el primero que me encuentro que me plantea que todo lo que he aprendido hasta ahora de pensamiento filosófico es sólo una de las caras de la historia, posiblemente la más aburrida y la más distante del ser humano en sí. Después de su «Tratado de ateología», con el que me reí como nunca con un ensayo (esas pullas a Pablo de Tarso hacen que te mondes de risa sí o sí, mientras grita a los cuatro vientos que toda la moral actual está basada en la «pulsión de muerte», la negación de la vida y la creencia en quimeras y cuentos) ahora estoy atacando «La fuerza de existir. Manifiesto hedonista», seguramente más árido pero, al mismo tiempo, más completo al aglutinar no sólo la metafísica de su pensamiento como hace en el primero, sino también su perspectiva sobre ética, erótica, política, estética y epistemología.

Divagando en la parte de ética, en la que propugnaba la constitución del Yo como elemento moral básico, dejando de lado las pejiguerías enraizadas en una moral judeocristiana de la que todos, en mayor o menor medida, somos deudores, cuando me encontré con la siguiente afirmación:

«[…], la etología da cuenta de esa falta de ética: cada cual evoluciona en un territorio reducido hacia su determinismo de macho dominante, de hembra dominada, de integrante de la horda o miembro de un grupo más extenso que otro. El reino de la tribu contra el de lo humano. La construcción de un cerebro ético constituye el primer grado hacia una revolución política digna de ese nombre.»

Michel Onfray «La fuerza de existir. Manifiesto hedonista» Ed.Anagrama (2008) p. 106

Al principio me ha dejado un poco noqueado, dadas las circunstancias actuales no me veo como ninguno de los elementos mencionados por el filósofo: ni soy macho dominante, ni hembra dominada ni, mucho menos, integrante de la horda. Hasta que he caído en la cuenta de que se refiere a falta, a carencia de ética, no a una posición ética del Yo ante la vida. Así más adelante, he encontrado una magnífica descripción de las relaciones sociales actuales, tildando a los elementos anteriores de delincuentes relacionales, personas que no son ni responsables ni culpables, que dependen de una serie de disposiciones existenciales que hacen de ellos incapaces de sostener cualquier tipo de compromiso ético. A éste tipo de compromiso lo denomina contrato hedonista. Dice al respecto:

«Pues el contrato funda la relación ética. Somos seres humanos, y como tales, dotados del poder de comunicación. A través del lenguaje en primer lugar, sin duda, pero también por medio de miles de otros signos comparables a la emisión de un mensaje, a su decodificación, recepción y comprensión por un tercero. La comunicación no verbal, gestual, las mímicas del rostro, las posturas del cuerpo, el tono de la voz, las inflexiones, el ritmo y la inflexión de la palabra, la sonrisa, transmiten la naturaleza de una relación. En el grado cero de la ética se halla la situación.«

Vamos, que antes de tener una relación con otra persona, antes de aceptar el contrato hedonista con otro, nos enfrentamos a la parafernalia de un lenguaje verbal y gestual que, en mi opinión, crea una «primera impresión» que va a condicionar los pasos posteriores de la relación en el plano ético. Continúa Onfray:

«Primer grado: la presciencia del deseo del otro. ¿Qué desea? ¿Qué me dice? ¿Cuál es su voluntad?»

A partir de la primera impresión, tenemos que inferir aquello que busca el otro, la persona con la que vamos a firmar el contrato… yo, hasta ahora, no tengo poderes telepáticos, la verdad.

«De ahí surge el cuidado necesario. Informarse del proyecto del tercero ante el cual me encuentro. Luego aclararle mi proyecto. Siempre a través de signos; el lenguaje, entre otros Ese juego de perpetuo de vida y vuelta entre las partes interesadas permite la escritura de un contrato. No hay moral fuera de esta lógica sinalgmática La relación ética puede darse sobre la información intercambiada.»

Al final se hace necesario acumular información con la que poder hacerse una imagen de los objetivos del otro. Desde mi punto de vista, evidentemente no por las palabras, gran parte del proyecto de gente que conozco consiste en medrar a costa de todo aquél que se cruce en su camino. Eso plantea el problema de no poder mantener el contrato con la otra persona, menos aún cuando te enfrentas a todo un grupo. ¿Qué dice Onfray al respecto?:

«En el caso del delincuente relacional, en cuanto ha quedado integrada la información, y en caso de amenaza contra la tranquilidad existencial la solución exige una reacción adecuada: la evitación

Con otras palabras, pasar de ellos para mantener la tranquilidad existencial de uno mismo. Aún añade:

«El hedonismo se define de modo positivo por la búsqueda del placer, sin duda, pero también de modo negativo, como evitación de las situaciones de displacer. Los psiquismos deteriorados corrompen lo que tocan. Salvo deseo de automutilación -ética contractual-, la expulsión permite restaurar la paz mental y la serenidad psíquica.»

Leches, de «psiquismos deteriorados» podría hacer un listado prolijo hasta el exceso. Y además, como la sabiduría popular indica: Dios los cría y ellos se juntan. Es obvio que un psiquismo deteriorado no es capaz de percibir el deterioro del prójimo, como tampoco es consciente de lo que puede suponer para su propia psique: renuncia a la propia personalidad, incapacidad de tomar decisiones, comunión con el papel asignado dentro de la comunidad sin llegar a plantearse en momento alguno, las capacidades propias para desempeñar otro rol. Onfray nos da su beneplácito para evitar a éstos elementos que pueden llevarnos al displacer (que gran término!) y nos presenta unas pautas para cuando no es posible dicho distanciamiento (vamos, el momento en el que me encuentro, que no me queda más remedio que bregar con un manojo de psiquismos deteriorados que yo llamo «personalidades tóxicas»)

«En algunos casos, el distanciamiento no es posible, porque se trata de personas con las que, por múltiples razones, estamos obligados a permanecer en contacto. Queda, pues, la solución ética, la buena distancia, lo que denominé La construcción de uno mismo la Eumetría. Ni demasiado cerca, ni demasiado lejos. Ni distanciamiento radical y definitivo, ni proximidad que expone al peligro. No exponerse, no entregarse, no confiarse, guardar los secretos, practicar la distancia, ejercer la discrección, mantener la cortesía, la buena educación y el arte de las relaciones fluidas pero distantes. ¿El objetivo? Evitar poner en peligro el núcleo de la identidad.»

Michel Onfray «La fuerza de existir. Manifiesto hedonista» Ed.Anagrama (2008) p. 109 y siguientes

No puedo estar más de acuerdo con su postura, sin embargo me conozco lo suficiente como para no ser capaz de mantenerla de entrada. Mi capacidad de descubrir personalidades tóxicas a priori es nula y, cuando lo descubro, siempre es demasiado tarde, lo que les da a los psiquismos deteriorados una ventaja sobre la relación, ya que para cuando se trata de llegar a la relación distante, tienen argumentos que tratan de usar como armas arrojadizas. Aunque claro, también es gracioso observar la incapacidad de estas personalidades de distanciarse del elemento que les produce suspicacia, siendo capaces de hacerlo únicamente, cuando se encuentran respaldadas por el grupo mentado anteriormente.

En definitiva, aplicando la lógica hedonista expuesta, me dedicaré a seguir tratando de evitar el displacer.

Perspectiva: el pacto erótico

Siguiendo con las disquisiciones filosóficas de Michel Onfray, en el libro que me estoy leyendo tras bregar con disquisiciones sobre las relaciones interpersonales que ya traté en la parte anterior pasa a hablar de las relaciones desde un plano más «íntimo». Por supuesto, uno no puede dejar de verse reflejado y ver reflejado el mundo que le rodea, en sus palabras, en las ideas que lanza como bombas atómicas contra la conciencia del lector.

En un principio contrapone los conceptos de eros pesado frente al eros liviano. Ambos conceptos parten de la interacción erótica entre dos seres humanos, si bien, en el primer caso, esa interacción se ve lastrada por el peso de una moral judeo cristiana que nos lleva a considerar el sexo como algo sucio y, por extensión, las reacciones físicas, el deseo, la líbido, son denostables y punibles ¿cómo se las castiga? Con la amenaza de distanciamiento de ese dios omnipresente y ausente, de que jamás llegaremos al prometido reino de los cielos. Pero la mala fama del eros en su vertiente hinca sus raíces en un sustrato más profundo: en la perpetuación de un modelo falocéntrico de sociedad en la cual el hombre, para someter a la mujer, crea un reflejo de la corte celestial, convirtiéndose en el «dios» de su casa a la voluntad del cual el resto de entes dependientes debe doblegarse. Eso, sin contar la percepción finalista del acto sexual: se fornica para procrear, cualquier otra finalidad, mucho más, la búsqueda del placer por el placer (viva MacNamara) no es más que pecado.

El eros liviano, por su parte, propone una interacción entre dos personas que se aceptan a sí mismos sin los inconvenientes de verse sometidos a una situación de dominación, de preponderancia del uno sobre el otro. Una relación entre iguales en la que el contrato hedonista se transforma en pacto erótico. Claro, que esto no es tan fácil como se puede plantear a primera vista. Dado que nos vemos inmersos en una sociedad que, pese a considerarse laica, lo único que ha hecho ha sido quitar a dios de la ecuación para reproducir los modelos éticos judeo cristianos prácticamente al pie de la letra, la búsqueda del placer, las relaciones sexuales, se ven desde una perspectiva que las distorsiona. Para rematarlo, en el saco metemos al amor y ahí ya sí que la liamos del todo. Dice en un momento dado:

«Construirse como máquina célibe en la relación de pareja permite evitar en lo posible la entropía consustancial con las disposiciones fusionales. Para evitar el esquema nada, todo, nada que caracteriza a menudo las historias fracasadas, mal, poco o nada construidas, vividas día a día, impuestas por lo cotidiano, vacilantes, la configuración nada, más, mucho me parece preferible.»

Michel Onfray «La fuerza de existir. Manifiesto hedonista» Ed.Anagrama (2008) p. 130

Ambos dispositivos parten del mismo punto: nada, es decir, dos personas que no se conocen previamente, se encuentran y empiezan a formar un pacto erótico entre ellas. Ese pacto, en el primer caso, convierte a una de las partes en todo para la otra, cosa que no tiene por qué ser, necesariamente, bidireccional, y cuando entra en juego la entropía propia de los seres humanos ese todo se transforma en un lastre que, en la mayoría de los casos se convierte de nuevo en nada e, incluso, menos que nada. La típica historia de A conoce a B, se enamoran hasta las trancas, se casan, son felices hasta que A siente que B molesta o a B le parece que la relación con A no funciona, y terminan separándose o divorciándose o lo que sea, con lo que vuelven a convertirse en dos extraños el uno para el otro, sus caminos divergen. En el caso del dispositivo nada, más, mucho, según Onfray, nos encontramos lo siguiente:

«[…] parte del mismo lugar: se encuentran dos seres que no saben aún que existen, y luego construyen sobre el principio del eros liviano. A partir de ese momento se elabora día a día una acción positiva que define el más: más ser, más expansión, más regocijo, más serenidad adquirida. Cuando ésta serie de más permite alcanzar una suma real, aparece el mucho y califica la relación rica, compleja, elaborada según el modo nominalista.»

Michel Onfray «La fuerza de existir. Manifiesto hedonista» Ed.Anagrama (2008) p. 130

Me encanta eso de «el modo nominalista» pues concreta mucho a lo que es la otra persona, despojándola de los finalismos utilitarios de la relación más «romántica», en otras palabras, propone una separación de la idea romántica de las relaciones, con todo el sedimento que las novelas rosas se han encargado de dejar en nuestro inconsciente colectivo, para proponer unas relaciones libres de cargas más allá de las que seamos capaces de acarrear, lo que supone que no nos veremos en la tesitura de tener que cargar con compromisos que nos veremos obligados a dejar de lado ante la imposibilidad de llevarlos adelante.

¿Qué pasa con la reproducción? Qué gran pregunta, que Onfray solventa así:

«La posibilidad fisiológica de concebir un hijo no obliga a pasar al acto, así como el hecho de poder matar no instituye de ningún modo el deber de cometer un homicidio»

Michel Onfray «La fuerza de existir. Manifiesto hedonista» Ed.Anagrama (2008) p. 131

Sí que es un poco exagerado, pero es real como la vida misma, la posibilidad de tener hijos no significa, necesariamente que nos tengamos que reproducir. Además, no podemos dejar de tener en cuenta el hecho de que la crianza de un hijo no es lo mismo que la educación que, de antemano, según el filósofo:

«Freud, no obstante, ya nos previno: se haga lo que se haga, la educación es siempre fallida.»

Y deja un adorable recadito al padre del psiconálisis:

«Una mirada a la biografía de su hija Anna le da toda la razón»

Michel Onfray «La fuerza de existir. Manifiesto hedonista» Ed.Anagrama (2008) p. 133

(La hija del vienés debía tener un complejo de Electra que no se lo debía saltar un gitano y, mientras su padre demonizaba la homosexualidad y calificaba a la mujer como «un hombre sin pene», hay claros indicios de que su descendiente era lesbiana)

Volviendo al tema que nos atañe (que como empiece con Freud no paro) no creo que Onfray denoste el tener descendencia, sino que hay que tener claro las responsabilidades que conlleva: criar no es educar (Amén)

En resumen, detrás de un instinto animal que todos poseemos, existe una razón erótica que sublima la energía salvaje que suponen las relaciones carnales para transformarlas en un juego erótico entre dos iguales.

Perspectiva: Una bioética prometéica

Volviendo a los derroteros del franchute, me he terminado ya «La fuerza de existir. Manifiesto hedonista», esa suerte de síntesis del pensamiento filosófico de Onfray. Cierto es que la última parte, la dedicada a la política y a la estética decae mucho, muchísimo, dado que el hombre trata de sintetizar tanto sus opiniones que, al final, todo se queda en meras pinceladas sin llegar a concretarse en nada tangible. Pero entre ambas partes aparece la parte de la bioética, todo un trallazo con las perspectivas preponderantes hoy en día. El epíteto de prometéico, nos remite al mito de Prometeo según la wikipedia:

«En la mitología griega, Prometeo (en griego antiguo Προμηθεύς, ‘previsión’, ‘prospección’) es el Titán amigo de los mortales, honrado principalmente por robar el fuego de los dioses en el tallo de una cañaheja, darlo a los humanos para su uso y ser castigado por este motivo

¿Qué es lo que busca el Prometeo mitológico? El bien de la humanidad ¿Busca la bioética actual el bien de la humanidad? Obviando el tema de los beneficios escandalosos de las empresas farmacéuticas, la cruda realidad es que no buscan el bien de la humanidad sino la paliación de los males del ser humanos, algo realmente distinto puesto que adopta una perspectiva desde la muerte, desde el dolor, en vez de mirar a la vida, a la ausencia de ese dolor. Esa perspectiva necrófila proviene, una vez más, de mitos católicos según los cuales la vida es sufrimiento en éste valle de lágrimas y todas esas cosas que les gustan tanto a los sacerdotes (no me estoy refiriendo a jóvenes efebos, no nos desviemos del tema), disgregando de forma traumática el cuerpo físico del cuerpo espiritual. Onfray no niega cierta transcendencia en la esencia del ser humano, a lo que se opone es a desligarla de la esencia tangible del ser. El objeto del modelo corporal impuesto por la teocracia es el cuerpo angélico, libre de mácula el cual, el hombre, como elemento carnal, jamás podrá alcanzar (viene a ser lo que nos pasa en ésta sociedad de la imagen cuando vemos las fotos de las/los top models de proporciones áureas y las extrapolamos a lo que vemos en el espejo cada mañana, no deja de ser lo mismo, pero tangencializando el modelo de perfección en personas concretas) para desligarnos de ese modelo angélico Onfray propone:

«(…) exponer el cuerpo nominalista, ateo, encarnado, mecánico, aun cuando esta mecánica, mucho más sutil de lo que afirman sus adversarios espirituales, merezca una afinación conceptual y teórica. Desmitiquemos la carne, depurémosla de fantasmas, ficciones y otras respresentaciones mágicas. Abandonemos la era del pensamiento primitivo y entremos en una verdadera época de la razón.»

Michel Onfray «La fuerza de existir. Manifiesto hedonista» Ed.Anagrama (2008) p. 175

La bioética en general, con todo lo que ella conlleva de medicina e investigación, en estos momentos está instalada en lo que denomina una «heurística del miedo«, lo cual conlleva una paradoja en la base de éste concepto, puesto que si heurística la definimos como «la capacidad de un sistema para realizar de forma inmediata innovaciones positivas para sus fines» (fuente: Wikipedia), nunca la podremos alcanzar desde la perspectiva ¿De dónde nace ese miedo? De una concepción crística de un cuerpo pecaminoso y condenado al dolor.

«Enseñemos el terror ontológico para producir inmovilidad tecnológica. Resultado: el triunfo del principio de precaución, que marca la victoria del conservadurismo.«

Michel Onfray «La fuerza de existir. Manifiesto hedonista» Ed.Anagrama (2008) p. 175

Propuesta la superación del cuerpo humano, llegando al cuerpo poshumano en una búsqueda de la felicidad, no en la persecución de los cuidados paliativos del dolor, Onfray plantea el medio para llegar a dicho objetivo: las transgénesis. Es decir, el uso de los medios genéticos a nuestro alcance sin pasarlos por la perspectiva de esa heurística del miedo.

«La medicina transgénica (…) frena la omnipotencia de la medicina agonística qie, la mayor parte del tiempo combate el mal con otro mal. Define una medicina distinta, pacífica, que neutraliza la aparición de la negatividad (…)«

Michel Onfray «La fuerza de existir. Manifiesto hedonista» Ed.Anagrama (2008) p. 185

En resumen, Onfray propugna una medicina que nos lleve al bienestar, sí, pero a través de los medios que poseemos hoy en día a nuestro alcance, despojando de la negatividad con la que nos presentan cosas como la genética, la clonación, la transgénesis… Propone una medicina del gozo, y lo ejemplifica en la Viagra, diciendo:

«da a la carne los medios del espíritu, muestra a qué se parece una farmacopea dionisíaca adaptada a la pulsión de vida«

Michel Onfray «La fuerza de existir. Manifiesto hedonista» Ed.Anagrama (2008) p. 188

En conclusión: usemos la medicina y los medios a nuestro alcance para vivir, no para evitar la muerte.

mp3: Hooverphonic “Vinegar & salt”

La muerte en (un trasunto de) Venecia


 

lamuerte

La belleza de su rostro era la de una virgen rafaelista, distorsionada por el pelo corto y rizado que nimbaba de ámbar su testa y las patillas que enmarcaban sus altos pómulos no dejaban lugar a dudas de su género. Era tal su perfección que casi daba miedo acercarse a él, so pena de que desapareciese, se desvaneciera bajo el peso de una realidad que no está hecho para los seres perfectos. Cualquiera creería que se trataba de un Tadzio llegado a la edad adulta, por un breve instante me entendí en toda su magnitud un libro (y película) que nunca había logrado entender, que no me había llegado a calar salvo por aquel instante.  En ese momento de podría detener el vagón del tren, tener que evacuaron de forma perentoria y me hubiera quedado allí mientras él se quedara allí y yo pudiera contemplarle.

¿Se puede sufrir el síndrome de Stendhal contemplando un rostro?

¿Puede doler la certeza de saber que nunca más vas a volver a cruzarte con esa persona?

¿Puedes pasar del embelesamiento a sentir que alguien es deplorable en cuestión de instantes?

La respuesta es que sí, cuando los detalles te demuestran la nefasta colisión de dos mundos separados por un abismo. Primero fue ver una carpeta de una Universidad privadísima, exclusivísima, hipercarísima, de inconfundibles tendencias religioso-políticas. Después llegó un tono de móvil con una inconfundible melodía de cierto grupo andaluz tan afín a ciertos ideales que fueron la gran atracción de la boda de la hija de uno de los dirigentes de un partido gobernante de infausto recuerdo. Para seguir, el llamativo logotipo de una camisa perfectamente planchada (seguramente por una chacha de un país en vías de desarrollo sin contrato de trabajo). Pero lo peor de todo, aquello que deshizo el sueño y lo mancilló con el barro de una realidad que nunca es tan bonita como la imaginamos, fue un acento en su voz que arrastraba las eses, las alargaba y las dejaba colgando en el aire del vagón como una estalagmita de aliento.

Supongo que nuestros sueños no están construida a la alturas de la realidad.

mp3: The last hour “Death in Venice”

Ese hombre


 

esehombre 

Cerró la puerta tras él y aún no había logrado discernir si estaba satisfecho o decepcionado. Tantas pruebas después ya se había dado cuenta que sus pálpitos, sus intuiciones, las más de las veces, eran erróneas. Hacía un par de horas había llegado a aquél hotel tan céntrico, tan moderno, tan exclusivo, donde aquél que según todos los medios era el mejor director de cine español, estaba haciendo pruebas para extra con frase en su siguiente película, protagonizada por uno de sus primeros actores fetiche y la musa de su más reciente y aclamada filmografía. Por supuesto, se había presentado allí con la intención de dejarles anonadados con sus capacidades interpretativas y conseguir algo más que una línea. Al llegar, una chica ataviada con lo que parecía un kimono y pelo cortado a tazón, con aquellas gafas de pasta negra que la circunscribían en una tribu social muy definida, le tomó los datos, recogió su book y su curriculum, le entregó un número y le hizo pasar a una sala en la que se hacinaban decenas de aspirantes como él. A la mayoría de ellos ya los conocía de otras situaciones similares, algunos estaban en la misma agencia que él y, como siempre, la sensación que tenía era como el tener que esperar en la carnicería a que te llegara el turno. Sólo que en aquellos casos, el trozo de carne era él. Y aquella ocasión no fue distinta, aunque esperaba que lo fuera, que le permitiera conocer a aquél genio cuyas películas había visto miles de veces (en realidad un par de ellas, y no todas, sólo las más importantes, aunque no lo fuera a confesar ni aunque le fuera la vida en ello), que les deslumbrara con su interpretación.

Pero cuando le hicieron pasar a la sala en penumbra, sólo le presentaron a la asistenta de la ayudante del director de casting. Trató de no parecer decepcionado, pero no podía evitar el desasosiego de sentirse observado, casi como el insecto bajo la lupa del entomólogo. “Al fin y al cabo, para eso soy actor” lo que era su mantra en el día a día, la frase que se repetía una y otra vez y otra y mil veces, que le había hecho dejar aquella ciudad del sur en la que había crecido para encontrar su oportunidad en la gran urbe. Y las oportunidades, una tras otra, se habían ido presentando tan esquivas como la sensación de un sueño de esos tan vívidos que crees que vas a ser capaz de rememorarlos una vez entres en el mundo de la vigilia. Y las oportunidades, una tras otra, habían pasado de largo. Y pensó que aquella era otra de esas oportunidades esquivas y ladinas, hasta que apareció la ayudante del director de casting arreglándose la falda. Hasta que apareció el director de casting tratando de remeterse la camisa y la satisfacción por dentro de los pantalones. Leyó su línea, tal y como la había ensayando en cientos de ocasiones. Le pidieron que la dijera más despacio. Le pidieron que adoptara un tono más grave. Le pidieron que fuera más dramático. Le pidieron que tratara de parecer más alegre. Le pidieron que se quitara la camiseta. El momento carnicería llegó sin aviso previo. Estaba tan concentrado en las palabras que, al principio, no se dio cuenta de lo que le estaban pidiendo.
”¿No me has oído?” toques de exasperación y cansancio se traslucía en la voz del director de casting, como si, de repetir tantas veces la misma frase, la hubiera desgastado. Con cierta resignación se levantó el bajo de la camiseta, preguntándose si era necesario repetir la misma frase a pecho descubierto, sabiendo que aquello no cambiaría para nada la decisión. Se terminó de sacar la prenda, esperando instrucciones pero los rostros de sus jueces eran inescrutables. No esperaba una reacción desmesurada, pero sí algún gesto, bien de asentimiento, hasta de disgusto, no la expresión desapasionada desde cuya altura le observaban como un objeto inanimado.

Cuando cerró la puerta detrás de sí no sabía si estar desanimado o eufórico, no sabía qué esperar de aquello. No sabía si estaba satisfecho o decepcionado. El reloj decía que sólo le quedaba media hora para llegar a aquella cafetería en la que consumía seis de las horas de sus días, así que se apresuró a coger un metro que, como siempre, tardaba más de lo que él necesitaba. La jornada laboral se presentaba racheada, tan pronto la emoción le embargaba como en cuestión de minutos se dejaba acunar por los brazos del desánimo. Sentía el peso del móvil en el bolsillo del pantalón, bajo el delantal, como un animal muerto, esperando una llamada, esperando la señal que significara que su denuedo había dado los frutos esperados. Pero el teléfono no sonó aquella tarde. Ni el día siguiente. El móvil fue mutando hasta convertirse en un enemigo y el clavo ardiendo al que agarrarse ante la adversidad. Una pistola que no sabía por cuál de los dos lados dispararía en el momento en el que apretara el gatillo. Las horas en el trabajo se aderezaban con la sorda banda sonora de la desilusión, jalonadas por café cortados, bollos y manzanillas (1), de los rostros vacíos, anónimos al otro lado de la barra, de la eterna duda de si había hecho bien dejándolo todo y mudándose a aquella ciudad que le estaba devorando, que le estaba chupando la sangre, todo ello blindado tras la inmarceable sonrisa que se colgaba cada vez que se ponía el negro delantal que era su uniforme.

El teléfono sonó al cuarto día con un número oculto, cuando la esperanza había hecho las maletas y le había dejado con la sempiterna sensación de que no iba a ningún sitio, de que se encontraba anclado en la mediocridad y avocado a un fracaso que le obligaría a volver al lugar del que, más que marcharse, había huido.
-Llamo por lo del anuncio- dijo alguien al otro lado de la línea con un indefinible acento del sur del país. Era una voz que le resultaba más que conocida, familiar.
-Perdone, pero creo que se ha equivocado. No he puesto ningún anuncio- replicó mientras trataba de ubicar aquella voz.
La línea murió al otro lado. El silencio caló su cuerpo como la lluvia fría de enero. Sacudiéndose la desilusión que se le incrustaba en la piel como una enfermedad, pensaba en la voz de la llamada. Tan conocida. Tan cercana. Como si hubieran hablado miles de veces. Parapetado tras su delantal limpiaba mesas, atendía pedidos variopintos y soportaba las prisas de los clientes con la mejor sonrisa que era capaz de impostar. Pero la llamada volvía una y otra vez, como un mantra.

Desde la cocina alguien gritó que cerraran la puerta, que entraba frío. Tan solícito como siempre se dispuso a cerrarla, tropezando de frente con las grandes gafas y el pañuelo que cubrían media cara del aclamado director que había ganado premios en Hollywood y en todos los festivales más prestigiosos de Europa, una vez se avino a las convenciones del cine para todos los públicos y dejó de lado las paranoias trash de sus primeros años. La norma de la casa era dejar a todos los clientes tranquilos, especialmente aquellos que aparecían en los medios, aunque aquella vez no pudo evitar quebrarla cuando le llevaba un latte macchiato con leche de soja muy fría y sacarina y le espetó, tras reunir todo el coraje que encontró en su depauperado orgullo, que se había presentado para el casting de su próxima película. No obtuvo más respuesta que una mirada de desprecio y un “de esas cosas se ocupan los demás”, dejando bien a las claras que lo último que deseaba era ser reconocido y molestado. Nunca había entendido tan literalmente lo de ir con el rabo entre las patas porque era exactamente la sensación que le embargaba.

El móvil volvió a vibrar en el bolsillo del pantalón en el momento en el que menos podía atenderlo, cuando llevaba a dos mesas sus respectivos pedidos. Manteniendo una sangre fría de la que no sabía disponer atendió a los clientes, cruzando los dientes y apretando los dedos con la esperanza de que no llamaran desde un número oculto ni desde una centralita, lo que impediría devolver la llamada. Como pudo, volvió a su puesto al lado de la barra y echó un vistazo al móvil. Ver los nueve dígitos hizo que resoplara aliviado. Pulsó el botón verde y se llevó el teléfono a la oreja. Ignoró el repiqueteo de un tono de llamada enervante de una mesa cercana que sonó un par de veces, al mismo tiempo que al otro lado de la línea oía:
-Te he llamado por lo del anuncio del servicio completo por 150€
Enmudecido, miró a su alrededor. Había ubicado la voz y en la mesa cercana a la barra, el internacionalmente reconocido director decía:
-¿Te interesa?

mp3: Macy Gray “That man”

(1) Uno no puede evitar ciertas referencias a las canciones de adolescencia. Platero y tu “Tras la barra del bar”

Algún día (de lluvia) te escribiré (algo como) esto


 

Estas tres historias están relacionadas entre sí. Son una suerte de trilogía accidental.
[
Parte 1] [Parte 2]

 

blog28112010

Ella mira por la ventana torturada de forma inclemente por la lluvia de un otoño interminable. La amargada luz de noviembre apenas llega a iluminar las esquinas de la estancia. En momentos así, Teresa recuerda las veces que incendió ciudades del extrarradio, los amantes anónimos, los amantes sin rostro, los días en los que sólo importaba el momento. Y siempre rememora aquellos días con el par de chicos de un barrio de más allá de las vías del tren, en un coche prestado o robado, daba igual, buscando el mar. Cree recordar que en esos días fue algo parecido a feliz, con el sol deslumbrándole y un incierto calor en medio del pecho. Las más de las veces se pregunta qué fue de ellos, de aquellos chicos ingrávidos y celestes que necesitaban un empujón para saber que estaban hechos el uno para el otro. Para ella siempre serán unos críos que empezaban a aprender a vivir.

No sabe por qué, pero siente que tiene que volver a saber de ellos, pero no tiene ni idea por dónde empezar. Se los imagina viviendo juntos, siempre el uno con el otro, creciendo y aprendiendo juntos. No concibe que los caminos de ambos se hayan separado como una vez ella tuvo que buscar su propia vida.

Busca un papel y un bolígrafo y empieza de nuevo la carta que tantas veces ha empezado y que nunca ha terminado porque no sabe a dónde enviarla.

mp3: Christina y los Subterráneos “Días grandes de Teresa”