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Criticando el mundo desde 1976

Con aroma a sardinas


sardinas

Mamá trabajaba en un merendero cerca de la playa. Conoció a mi padre cuando le sirvió un plato de sardinas asadas. Nunca se habían visto hasta entonces. Entre las dunas él disfruto de su olor de la leña donde asaban las sardinas. Ella del olor a colonia fina de señorito de ciudad con un recoveco de sudor fresco. Nunca se volvieron a ver desde entonces.

mp3: Patrick Wolf “Magpie”

Interior. Frío de 1808


interior

Un viaje de dos euros
a la crueldad,
más allá de la ingratitud
patrocinada por las lacras
simultáneas del honor y la gloria
que se va haciendo fuerte
entre los débiles de ánimo,
de los mohines de hastío
en el rostro de maniquíes
con ojos lúgubres
suspendidos en un desatino
y último aliento
cuando se amontonan las venganzas
en rincones inhóspitos,
de las dignidades soterradas
de nazarenos de alquiler
que vengan noches ajenas
en lupanares anónimos
con la furia comedida
de aquellos que tienen miedo
a los payasos,
de las culpabilidades al peso
que lastran los trastabilleos,
de las singularidades
que castran patrones
repetitivos de conductas
inmorales,
de los favores concedidos
con un cañón besándote
las sienes
el cielo de la boca.

mp3: Nina Simone “Blue Prelude”

Cómo apagar un conato de incendio


comoapagarunincendio

Siempre le ha gustado verla imitando a Audrey Hepburn con los leggins ajustados, el jersey de cuello alto, todo en un sobrio negro, mientras fuma, ausente, apoyada en la barandilla del balcón. A contraluz, parece dibujada a carboncillo. Siempre que no está la recuerda así, acodada y ausente, fumando uno de esos cigarros largos que solo compra ella. En su recuerdo a veces lleva el pelo suelto, las mas de las veces en una coleta alta, tan tensa que parece estirar sus facciones.

Ella se postrerna a su lado, con cierta cualidad felina, y huele a limón. Siempre le acompaña ese aroma con una nota cítrica, especialmente por las mañanas, sobre todo entre sus piernas. Acaricia la parte exterior de su muslo con ternura, él ni se solivianta, pero es capaz de rememorar exactamente la palidez de su mano, la longitud de los dedos y la curva que hace su muñeca al tentar cualquier parte de su cuerpo. Levemente, ella posa la cabeza en su hombro, el aroma a espliego de su champú se mezcla con ese toque ácido que siempre tiene, inunda sus fosas nasales. Él se da cuenta de que se está mordisqueando el labio inferior, con su lengua nota cierto escozor aliviado por la saliva y el ligero abultamiento de la inflamación producida por la succión de los besos con los que se han estado entreteniendo mientras haraganeaban entre el caos de sábanas y mantas.

Ella mueve la cabeza, tratando de alcanzar su boca, su campo de visión se opaca y se centra en lo que su madre llama el pico de viuda, el nacimiento del pelo. No puede ver nada más mientras nota el leve aleteo de los labios de ella sobre los suyos. Trata de apartarse a tiempo, pero el inequívoco estruendo de la televisión le indica que no ha sido lo suficiente ágil. Estrella el mando de la consola contra la mesa.
-¡Joder! ¡Que estaba a punto de pasarme el puto juego!

mp3: Ruidoblanco “Última versión de ti”

Incertidumbres


 

incertidumbres

Al principio fue la incertidumbre,
un agujero negro
en medio del pecho,
al final de todas las direcciones
de ésta vetusta brújula.

Poco a poco los traspiés,
las corazonadas fallidas,
los chantajes del confesor,
las preguntas retóricas
que siempre callamos.

Sin aviso previo
o justificación alguna,
atrapado en la narcolepsia cinética,
el cielo cambia, del color
de una herida que escuece,
aquél que se pinta en los exilios.

La valentía es un arma
de doble filo,
una amenaza para los cobardes,
para los bravos, una carga.

Esto puede ser
el preludio de un insomnio
                         tres remordimientos
                                cuatrocientos golpes.

mp3: Eric Satie “Gymnopedie nº1”

La vida hasta aquí


 

Este es el poema que da título al último de los poemarios que considero terminados. Ahora mismo tengo dos empantanados, lo cuál es mucho más de lo que he logrado en un tiempo.

lavidahastaaqui

Ya que por las venas
me laten bostezos,
que en los tictacs
de los relojes
se pelean los instantes,
que en los mapas
se oxidan las chinchetas
de los lugares clavados
donde te olvidé,
creo que he decidido regresar
como vuelve el viento
como vuelve el rumor de las olas
empapados los pies de horas
que he despilfarrado alguna vez.

En los espejos busco mi mirada,
encuentro puntos suspensivos,
me revuelco en la apatía
de un tormento prestado,
trato de no preguntarme
por recuerdos que me laceran
como un muñeco vudú.

Es fácil sentir compasión
por uno mismo,
lo complicado es mantener
las ganas de arder en el infierno.

No me han pedido opinión,
la comparto de forma gratuita:
mejor escupir
que ahogarme en mi bilis.

mp3: Nosoträsh “Puta conciencia”

Anatomía del desastre


 

anatomiadeldesastre

El dictador bendijo los alimentos
(murmuraba entre dientes)
(susurraba herrumbre)
las horas crujían en un suspiro.

Se llenaron de polvo todas las buenas intenciones,
se agusanaron,
se apolillaron
(se dice que prefirieron exiliarse)
(se comenta que fueron fusiladas una noche de noviembre)

Dijo otra vez los amenes y los parabienes
con los que adormilar conciencias,
sortilegios y juegos de manos
con los que justifica la mierda
que esconde bajo la alfombra
(la prestidigitación siempre ha sido
un arte menor)

Las hojas secas del otoño
desnudaron a las modelos famélicas,
hambrientas de oropeles,
codiciosas de martas cibelinas
para cubrir sus hambres.

La gorra de plato del dictador
las medallas
los galones sustraídos
al honor y a la gloria
deslumbraron a la audiencia
justo antes de que España
marcara un nuevo gol

(respiró aliviado)

(su resoplo de alivio
calló el gemido
de los muertos en el armario)

mp3: Nacho Vegas “Un desastre manifiesto”

Egolatría deslustrada (o tengo un ego que no me cabe en esta bocaza que tengo)


Dedicado a Lady S. (and you know why)

bocazas

“Y yo…”

“Pues a mí…”

“Es que mi…”

“Yo…”

Debe ser lo bueno de ser un travelo que hace la calle: tienes tantas experiencias en tu vida que eres capaz de extrapolar cualquier historia, cualquier anécdota, cualquier relato a alguna relacionada con la vida lumpen que has vivido.

“Y yo…”

“Pues a mí…”

“Es que mi…”

“Yo…”

No hace falta que escuche lo que tiene que decir su interlocutor, en cuanto encuentra un hueco (o no, también sirve callarle interrumpiendo) lanza su preparada diatriba sobre cualquier tema que se prepare la noche antes.

“Y yo…”

“Pues a mí…”

“Es que mi…”

“Yo…”

La lumi con la que comparte esquina, la mira con perplejidad: acabar de llegar de Rusia y no entender castellano no es obstáculo para quedarse sorprendida ante un torrente de palabras acompañadas de una hiperbólica gesticulación con la que hacerse entender.

“Y yo…”

“Pues a mí…”

“Es que mi…”

“Yo…”

Una vez estuvo trabajando a las órdenes de un proxeneta, un rufián del tres al cuarto, al que llamaban “Media leche” porque salía escaldado cada vez que se metía en alguna rencilla por una esquina en la que colocar a sus protegidas.

“Y yo…”

“Pues a mí…”

“Es que mi…”

“Yo…”

La que mejor lo sobrellevaba, la que lo aguantaba sin decir ni mu, era una madre sorda con la que compartía la destartalada habitación de un quinto interior sin ascensor.

“Y yo…”

“Pues a mí…”

“Es que mi…”

“Yo…”

mp3: Michel Teló “Ai se eu te pego”

La balada de los hipócritas


 

aceofspades

Llegarán tahúres que vendaran los ojos a los iracundos.
 
Dirán que eso está mal,
dirán que no está nada bien.
 
Que todo lo hacen
en beneficio de las familias
que viven bajo el puente,
allá a lo lejos,
donde el horizonte juega a los dados
con las nieblas;
porque las de aquí se cobijan
bajo esqueletos de paraguas,
pero eso no está tan mal.
 
Si los niños tienen sed,
que esperen a la lluvia
atraída por el brujo navajo,
seguirán diciendo que es lo correcto.
 
Dirán que ellos no han inventado nada,
que solo se trata de destruir
lo que no llena sus bolsillos,
capitalizando su hipocresía
de ratas con traje
en el asiento de atrás de su limusina
que eso es lo que está bien.
 
Conflicto.
 
El de sus intereses
contra los de los demás
(los tahúres siempre llevan ases en las mangas)

mp3: Joaquín Sabina y Viceversa “La balada de Tolito”

Beeee beeee


 

sheep

Ya que nos venden a los lobos,
los pastores que tanto porfiaron
con su llegada,
el degolladero sigue
sin ser una opción
y escapar no tiene viso alguno
de llegar a cualquier parte.
 
Si esto fuera una película del oeste,
nos creeríamos capaces
de vender caro nuestro pellejo
impostando un rostro impenetrable
tras el que esconder
nuestro interior de perro de porcelana.
 
Las puertas al campo
son giratorias para los rabadanes
que solo pisan las alfombras
rojas de nuestras vergüenzas,
les damos las gracias por el fuego
les damos las gracias por el sol y la luna,
balamos de agradecimiento
cargando con nuestros yugos.
 
Desde este lado de la verja
deberíamos ser capaces
de escandalizarnos
por su incestuoso encamamiento,
pero es mejor aplaudir a los focos,
sonreír ante la cámara,
arrancarnos la piel
por otros cinco minutos de fama.

mp3: Extremoduro “Sucede”

¿Qué hizo una chica como tú en un lugar como aquél?


-He vivido mucho y he visto muchas cosas- afirmó cortante y asertiva, el denso rojo de su carmín orlando el borde de la copa de vino, al fondo de la que aún se veía joven, descarada y atrevida, como la primera vez que plantó sus pies en el puerto de Ibiza, desembarcando de un barco donde un marinero polaco le había prometido lo que ella había interpretado que era amor eterno pero que , al día siguiente, se había demostrado que sólo era palabrería con la que convencerla para que se abriera de piernas, aunque ella bien sabía que no era necesaria demasiada persuasión, algo que hacía que a su madre le llevaran los demonios contra los que rezaba a las ocho en la iglesia del barrio y cada noche antes de dormir. –Siempre recordaré el día que Mick Jagger me dijo que tenía las tetas más bonitas de toda España.- A su lado su hijo, con el jersey más gris que había encontrado en su armario, ponía los ojos en blanco, sabedor de la historia que venía a continuación, una inconexa anécdota de cosa sobre el vientre de su propia madre, el cantante de los Rolling y la primera mujer de él y la noche en la que descubrió la diferencia entre el orgasmo clitoriano y el vaginal, la localización exacta de punto G y lo que era el squirtting. Según la historia de su madre, se habían conocido mientras ella vendía sus pulseras de cuero cerca de Cala Bass y ellos estaban pasando unos días de descanso. Sabía perfectamente que la historia era tan falsa como tantos de los coloristas sucesos con los que su madre aburría a todo aquel que tenía la mala suerte de contar su interés, en aquél caso el último chico que había logrado ligarse. Siempre trataba de evitar esos momentos como si de una enfermedad se tratara. Contaba como una amplia experiencia para saber que, más temprano que tarde, la desbordante imaginación de su progenitora terminaría por asustar al ligue de turno. Pero no había habido opción; su madre se había presentado en el bar en el que ambos disfrutaban de una cerveza con la que trataban de reconocerse en la esquina más sombría, se había acomodado entre ambos y había comenzado la retahíla de historietas y chascarrillos con los que adornaba una biografía ajena a los cánones más convencionales de un país bajo una dictadura. Había vivido de una forma ciertamente heterodoxa, sí, pero no era, ni de lejos, tan colorista como ella se empeñaba en pergeñar para el público que le prestara un mínimo de atención. Lo cierto era que ella se había criado en una ciudad al lado de un mar ceniciento y que, antes de los dieciséis, se había escapado con un chico varios años más listo que ella, que le prometía una vida y le vendía los sueños inalcanzables para una chica de aquél lugar. Sufrió la primera vez que le abandonaron, con una crueldad que le calaba en los huesos, en una estación de tren que se había perdido entre olivares y por la que ya no pasaba ningún ferrocarril. Hasta ahí, su madre solía ceñirse bastante a lo que fue su vida, si bien no faltaba cierta ornamentación: persecuciones por parte de la benemérita, repudios paternales y fogosas declaraciones a la luz de la luna, por aquello de dar cierto tono Corín Tellado a su impostada autohagiografía. Si se la hiciera caso, a ella había que considerarla instigadora del “Mayo del 68” en París y la ideóloga detrás de la “Primavera de Praga”; durante la “Revolución de los Claveles” estaba embarazada, así que atribuía ese mérito a uno de sus amantes. No dejaba de ser cierto que viviera en Ibiza a finales de los 60 pero había que poner en duda casi todas las batallas que se empeñaba en contar y que él achacaba al uso y abuso de sustancias psicotrópicas de dudosa procedencia. Se revolvió en su incómodo sitio, miró de reojo al pretendiente de turno que fingía un interés desmesurado en la nueva anécdota del viaje en el que conoció a Ravi Shankar. Él sabía de sobra que lo más cerca que ella había estado de algo hindú era la “Semana de la India” de cierta cadena de grandes almacenes, pero se resignó a callar y soportar el monocorde parloteo de su progenitora.

-Cuando me dijo que le gustaban los chicos- aquella parte de la historia que le involucraba era la que más incómodo le hacía sentir, pero ya se había acostumbrado a soportarla con resignación. Se culpaba a sí misma por no haberle prestado más atención cuando era un niño. Ella lo explicada de forma que pareciera la mártir de las madres solteras y trabajadoras, cuando la realidad era bastante distinta, dando una imagen de cierta casquivanía, dejando en la cama a un niño de cuatro años, solo en casa, mientras ella salía envuelta en un perfume tan denso como un abrigo de pieles a vivir una noche tras otra. Cuando cogía confianza con alguien, incluso contaba aquella parte más sórdida, pero pertinentemente endulzada, erigiéndose en la auténtica musa de la movida al rechazar el papel de Olvido Gara en en “Pepi, Luci y Bom y otras chicas del montón”, inspirando a Fabio MacNamara el “Voy a ser mamá” y a Pepe Risi el “Qué hace una chica como tú en un sitio como éste”. Siempre decía con cierto deje de desprecio, que aquella historia de la movida no era más que un invento de marketing sin base real, que sólo se juntaron un puñado de gente haciendo cosas que antes no se habían hecho por la represión de la dictadura. Cierto era que, en aquella época, rara era la noche que pasaba en casa, dejando en casa a un crío a merced de unos terrores infantiles que terminó por controlar mejor que sus esfínteres, pero la realidad era que sólo iba a clubs en los que poder encontrar a un hombre de una noche en el fondo de un vaso de gin-tonic. Él no era capaz de recordar el número hombres que había encontrado en multitud de mañanas en el salón de casa, o saliendo apresurados con la cabeza gacha y remetiéndose la camisa por los pantalones, o alguno haciéndose el simpático, con la estúpida convicción de que si se ganaba al hijo, se ganaría a la madre, manida maniobra más vieja que el mundo y que jamás ha dado el menor resultado, ni con su madre no con el resto de personas con las que se ha utilizado esa maniquea estratagema. Nunca había visto dos veces la misma cara. No había logrado retener un sólo nombre.

-Como te decía, cuando el niño salió del armario, ni me sorprendí.- En realidad, se había quedado apoyada en el quicio de la puerta del salón mientras él, con dieciséis años, se afanaba entre las piernas del hombre que, pocas horas antes, se había esforzado en sacar el cabecero de la cama de su madre por la pared de su cuarto. Cuando ambos se corrieron, ella acertó a carraspear, levantar una ceja e impostar su voz de fatal mujer de mundo diciendo “Ha heredado las dotes de su madre”, acompañado de esa sardónica forma de soltar el humo que dice mucho más de lo que calla. De aquello, él nada más que recordaba sus palabras enmarcadas en el denso pintalabios bermellón que dejaba un rastro en cada vaso sobre el que posaba su boca, como la copa que ahora reposaba entre dos cajetillas de tabaco. Se resignó. Como siempre. Como llevaba haciendo toda la vida, aburrido, esperando un momento de silencio en el parloteo desafortunado de una madre que construía una biografía a la altura de su imaginación, no de su vida. Se conformó con saber que, en algún momento, acabaría, concluiría su historia, que no terminaba con un “fueron felices y comieron perdices”. A esas alturas, era capaz de profetizar hasta la frase de despedida del chico que le acompañaba, el temido “ya te llamaré” que nunca se concretaba. El chico miró el reloj del móvil pensando, sin duda, que aquello se alargaba más allá de lo excesivo. Se resignó. Como siempre. Ni se inmutó cuando él se levantó de la silla ubicada en el rincón más estratégicamente oculto del bar.Yatellamaréyatellamaréyatellamaréyatellamaréyatellamaréyatellamaréyatellamaréyatellamaréyatellamaré era el mantra que martilleaba su cerebro. Pero, a veces, los lugares comunes son menos comunes de lo que logramos creer y se despidió de su madre con un cortés
-Encantado de conocerla, señora- que su madre se empeñó en corregir con un “señorita” y una sonrisa pícara que acompañó su mano extendida en un gesto que interpretó a la perfección, inclinándose para levemente rozar con los labios. Cuando su turno llegó, el roce fue considerablemente más lascivo y se acompañó de un inusitado “llámame cuando quieras”.

El silencio se sentó guardando las distancias entre madre e hijo.
-Pues parece majo,- afirmó ella.
-Sí que lo es,- respondió él lacónico. Levantó los ojos del vaso vacío y la espetó –Mamá, llevas mal puesta la peluca.

mp3: Burning “Qué hace una chica como tú en un sitio como éste”