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La señorona


 

Al fondo del bar, humo y luces tenues. Tan dramático es para ella el no ser capaz de desprenderse de aquellos modales empañados de naftalina como que le quede como un saco cualquier modelito de “haute couture” cortado a medida. Sus formas de señorona de sesenta años contradice una edad biológica que no llega al tercio de siglo. Harta de la imposibilidad de verse favorecida de forma alguna por los modelitos acordes con los años que pone en su carné de identidad ha optado por el luto como base de su fondo de armario. El negro de moda entre los góticos, aquél que siempre se considera que combina bien con cualquier cosa, el que se cree que hace la silueta más estilizada, en su caso se transforma en un borrón en tu visión periférica. De pronto un manchurrón negro llena el espacio, mientras un aroma de flores marchitas toma posesión del ambiente transformando al resto de los presentes en estatuas convidadas a su prematura decrepitud.

Dicen que perdió la razón como una Penélope de Serrat. Que por eso habla en voz alta consigo misma con un tono que hiere el tímpano de todo aquél que están en un radio más o menos próximo a su influencia. El tema casi siempre es ella misma en una suerte de monólogo autobiográfico con el que templa los días para darles la forma que mejor se adapte a su incapacidad de que alguien se interese por su incesante charloteo. Aquellos que, por desconocimiento o audacia, han tratado de interesarse por lo que dice, por sus historias, sus anécdotas o sus necias opiniones, generalmente no sacan nada en claro más que desquiciadas disquisiciones sobre la vida que dan lugar a comentarios jocoso. Especialmente cuando, con un auditorio que la presta atención, trata de hacerse más intelectual de lo que es.

Al fondo del bar puedes llegar a escuchar perlas que persisten en tu memoria dado el asombro que te producen como aquello de “Una vez me he fumado un porro de manzanilla y casi me muero”, esas opiniones políticas dignas de usarse como muletilla en cualquier conversación del tipo “Hay que distinguir entre dos izquierdas: la buena y la mala”, los impagables momentos literarios “Me gusta mucho Monterroso, nunca me he terminado de leer su historia sobre el dinosaurio, pero lo sigo mucho” o “Pocoyo es demasiado intelectual para mí”, sin olvidar sus conocimientos histórico-electricistas “Me he quedado sin luz en casa: se ha caído la gleba”

Cerca de la cirrosis, la dejamos en el fondo del bar, humo y luces tenues, mientras ojea el Venca como quien revisa el Vogue.

mp3: Lostprophets “It’s not the end of the world but I can see it from here”

Fachada


 

21122009 

Los planos existenciales por los que me muevo son prolijos en personajes curiosos, personajillos y cabareteras de medio pelo con pretensiones de algo mas que una vida opaca y anodina.

Mirad a aquel, por ejemplo, el que se cree el hombre perfecto: inteligente, divertido, atractivo… Todas las cualidades que adornan a los usuarios de Varon Dandy, Brummel o Agua Brava. Pero nadie es un buen juez de si mismo y la objetividad se distorsiona ante el espejo en el que nos miramos. La realidad sí que es imparcial y, de la misma forma que él ve la brizna en el ojo ajeno, los demás ven la viga que hay en el suyo. Pero mientras se encarga de señalar la brizna en los otros, tratando de librarse de toda mácula, los demás, los que son objeto de su inquina y su malevolencia disfrazada de humorismo heredero de la rancia tradición arevalista (o, para el caso, de Marianico el Corto) callan y otorgan, no por evitar la confrontación, no por darle la razón (que a veces tiene, aunque la pierda dadas sus formas) sino por la apatía que les invade ante tamaño despropósito de personaje. No pueden por menos que compadecer el esfuerzo,  consciente o inconsciente, que tiene que hacer para mantener una fachada que cuando accidentalmente se resquebraja muestra, en toda su opacidad, la mediocridad y zafiedad que lubrica sus engranajes.

Depende de la luz del ascua a la que acerque su sardina, pero todos los rostros que presenta, sonríen al interlocutor de turno, le regalan el oído con lo que cree que son las mejores palabras (aunque la mayor parte de las veces son términos rimbombantes cuyo significado desconoce y que, pocas veces, son las apropiadas para la ocasión) mientras espera el momento propicio en el que poder hundir el puñal en la espalda de la persona que tiene delante. El problema al que se enfrenta cuando trata de zaherir a alguien es la incapacidad de usar las habilidades sociales con cierta mesura, lo que se traduce en montar tanto estropicio como un elefante en una cacharrería cuando la discreción sería mucho más apropiada. No obstante, sus denodados esfuerzos por resaltar mas allá de los humos y las sombras de los bares le convierten en el máximo exponente de lo que no debiera ser nadie en su sano juicio. Afortunadamente, la experiencia, el paso del tiempo, pone a cada uno en su lugar y te dota de las armas y los escudos con los que evitar que las inquinas ajenas te afecten como lo hacen los mosquitos.

mp3: Black Eyed Peas (ft. Macy Gray): Request line

Catholic Star System: pareja cómica


 

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Ambas llevan el mismo traje de chaqueta, corte perfecto, color inmaculado, firmado por un gran diseñador convencido para la causa, pero no parecen el mismo. El tinte, del mismo número, no resalta los mechones de una de la misma forma que a la otra a pesar de todos los intentos de las estilistas contratadas para peinarlas igual. Mientras una anda airosa sobre tacones que darían vértigo a un drag-queen, la otra mantener un precario equilibrio que evite que se dé de bruces contra el suelo y haga el más espantoso de los ridículos. Han tratado convertirlas en las perfectas apóstoles de la buena nueva y han logrado transformarlas en las dos caras de una misma moneda. No es que una sea peor que la otra, pero ésta derrocha glamour y saber estar donde la otra se siente como un pez fuera del agua. Aunque las dos saben exactamente lo que tienen que decir cuando tienen un micrófono, una grabadora, una cámara delante.

– Eres afortunada de ser la abuela del hijo del señor- sonríe mostrando una perfecta y refulgente hilera de dientes.
– Muchas gracias… y gracias por apoyarnos en ésta causa. Dice mucho de tí- su sonrisa no le llega a los ojos.

Llevan varios días sin separarse la una de la otra. Su confesor le dijo que sería buena idea que la acompañara como portavoz de la próxima llegada y desde entonces parecen gemelas, siempre vestidas, peinadas y maquilladas igual. A veces los periodistas dudan de quien es la verdadera abuela y quien es la rutilante estrella que les da apoyo.

– Gracias a vosotros por haberme acogido de tan buen grado, me siento como si formara parte de una gran familia- aunque si no fuera por mí toda ésta historia no tendría ni la mitad de eco mediático que tiene, porque sí, tenéis una virgen preñada pero si yo no estuviera aquí ninguno de esos periodistas de segunda fila os harían el menor caso. Y esos periodistas son los que llegan a la gente y la gente lo que quieren son gente glamourosa como yo, no payasetes arribistas que no saben ni cómo comportarse en público.
– Pero si no fuera por ti…- lo tranquilos que estaríamos, que hay que fastidiarse con la famosilla ésta, que no ha hecho nada y no hace más que chupar cámara y hacer declaraciones como si la realmente embarazada fuera ella. Que ya me he dado cuenta yo de que nos mira por encima del hombro, que no estamos a su nivel. Puede que yo no tenga tanto dinero y tanta educación como ella, pero yo nunca me he rebajado ante nadie y una es una mujer decente, que no sé yo si ella lo será porque me acuerdo de haber visto en la televisión cada cosa sobre ésta. –… habría gente que no escucharía la buena nueva.

El cumplido la halaga, sabe que es cierto. Desde que ella se ha unido son la comidilla de todos los programas de televisión y muchos otros conocidos aristócratas y artistas se han unido a su causa. Ella sabe que es la verdadera estrella y que la gente les sigue porque ella participa, sino de qué Harmani se iba preocupar por vestirlas a ambas. Ni en ese programa del sábado por la noche les dedicarían cuatro horas de entrevista. Estaban cambiando el mundo, la fe de la gente, pero ella sabía que era realmente ella la que lo estaba provocando. La otra es capaz de leer en su cara lo que está pensando y la reconcome por dentro que se esté convirtiendo en protagonista por encima de su propia hija, pero sabe que el tiempo pone las cosas en su lugar y que cuando nazca SU nieto el equilibrio se volverá a restablecer. Armada de paciencia cristiana se dispone a esperar a interpretar su abuela del nuevo hijo del altísimo.

-Nena, espera un momento que se te ha salido un mechón del moño- le arregla con pericia el peinado. Esta no sabe ni peinarse, de verdad que si no es por esto de qué me iba a juntar con una ordinaria como la aquí presente que no sabe estar ni se ha visto en una como esta en su vida. Es que no tiene ni idea de cómo llevar el traje y mira que es difícil llevarlo mal con lo maravilloso que es.
– Ay, gracias, que no me había dado ni cuenta, con este viento…- si me vuelve a tocar no sé si seré capaz de comportarme. Que el padre de mi nieto me perdone, pero ésta mujer es mala, sólo está aquí para hacerse publicidad, que me conozco a las de su calaña, que siempre están intentando salir en televisión y es lo que quiere ésta, que se le ve a la legua.

Ambas se miran, se miden y se sonríen. Para volver la cara en cuanto pasa el tiempo prudencial establecido por las convenciones sociales.

mp3: Nudozurdo “El hijo de dios”

Catholic Star System: guest starring


 

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Las luces del estudio no la deslumbran: ella ha visto la luz de la virgen y ningún resplandor se puede igualar a ese. Antes de que se encienda la roja lamparilla de la cámara ella ya ha arreglado la chaqueta de su Chanel, se ha atusado ligeramente el cardado del cabello y humedecido levemente los labios, más que sentarse, se ha colocado en la silla en el ángulo más favorecedor posible. Es consciente de que su imagen ya no es la de aquella musa de los grandes diseñadores de los años 60, pero todavía es capaz de transmitir la misma seguridad, la misma determinación. Y es lo que le ha convertido en uno de los apóstoles de la nueva revelación, de la buena nueva. Se siente honrada del papel que juega en ésta historia y así se lo hace saber a la presentadora que la mira con la cara de pasmo propia de las adictas al botox, la cual no hace más que preguntarla sobre su opinión sobre la llegada del segundo hijo de dios. No viene a salvar al mundo, indica, viene a salvar a la humanidad. Una frase típica, tópica, que los curas no dejan de utilizar. Atrás quedan las fiestas de alta alcurnia en las que ella era la estrella invitada, ahora reconoce, con forzada humildad que está al servicio del que está por venir y que eso la satisface plenamente en todos los ámbitos de su vida. No echa de menos, para nada, esos vulgares y superficiales encuentros con arribistas, pobretones de rancio abolengo, modelos con callos en las rodillas, proxenetas con un Jaguar en la puerta y demás fauna con la que se tenía que relacionar en las situaciones más variopintas, desde la presentación de una colección de joyas a la inauguración de los locales VIP que patrocinaban sus hijos. No podía negar que la condescendencia con la que sus vástagos se tomaban el nuevo giro que había tomado su vida, la molestaba de una forma indefinida, pero no podía dejar que aquello se interpusiera en su papel de portavoz de la gran noticia que supone la llegada del nuevo hijo de dios.

mp3: Melody Gardot «Quiet fire»

Catholic Star System: un apóstol


 

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Nadie dijo que fuera a ser fácil, pero ninguno pudo imaginar que llegara a ser tan duro. Le cogió todo por sorpresa, una llamada al móvil mientras esperaba para entrar en una entrevista de trabajo, ridículamente vestido con un traje de chaqueta que le iba demasiado grande y un currículum maquillado tan en exceso que parecía pertenecer a otra persona, pero aquello era tan habitual que las mas de las veces no era capaz de distinguir lo que era cierto de lo que no. No es que le gustara mentir, es que no sabia como evitarlo. Tal vez por eso fue el que, de todos los de la familia, se tomó la Inmaculada Concepción de su hermana como un hecho anecdótico sin la menor importancia. No pudo calcular hasta que punto estaba equivocado y, al cabo de los meses, aun recordaba aquella llamada de teléfono como el principio del desbarajuste en el que se encontraba en aquellos momentos.

Al principio resultaba hasta graciosa la atención de los medios, las entrevistas, las fotos, las apariciones publicas, todas entreveradas por el morbo de la gente por saber sobre las vidas ajenas y por ese halo de santidad que envolvía a su hermana y, por extensión, a toda la familia que, de la noche a la mañana parecía haber expiado todos sus pecados, cualesquiera que hubieran sido y el momento en el que los hubieran cometido. A el incluso se le presento un beneficio extra que ni siquiera había entrado a considerar y es que no era capaz de calcular cuantas mujeres estaban deseosas por tener conocimiento carnal con el tío del hijo de dios. Pero esa ventaja solo le sirvió al principio. Cuando acabó la novedad se dio cuenta de que no era mas que otro pelele en manos de algo mucho mas grande de lo que era capaz de entender, de lo que ni el ni ninguno de  los suyos era capaz de manejar.

Detrás de todo estaba la mano de aquel puritano confesor de su madre, ese que durante toda la infancia le había estado martirizando e intentando convencer de que debía formar parte del ejercito de dios. Pero el siempre estuvo mas interesado en otra clase de faldas y el voto de castidad jamás estuvo entre sus planes. Hasta su madre se lo echaba en cara, reprochándole con cierta decepción que no fuera todo lo pío que su familia requería. De su hermana no decía nada a pesar de ser tan descreída como el, pero claro, ella era la pequeña, la mimada, la que siempre decía que quería llegar virgen al matrimonio y llevaba el anillo de castidad. Y ese papel era el que se dedico a exprimir cuando quedo encinta. Y a el le seguían echando en cara que no era tan católico como su recién adquirida posición requería. Nadie dijo que fuera fácil, pero nunca creyó que pudiera llegar a ser tan difícil.

Si él hablara… nadie le escucharía.

mp3: Lady Gaga «The fame»

Catholic Star System: efectos especiales


 

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Nadie presta atención a una anciana demente. Y esa es una baza que ella sabe jugar muy bien, la aprovecha y la maneja a su antojo para que nadie le haga caso. Siempre, de una u otra manera, lo ha hecho así y siempre le ha reportado buenos resultados. Sobre todo después de la guerra, cuando las jovencitas del lugar acudían a ella para restituir su virtud, cuando las solteronas recurrían a sus servicios para encontrar marido, cuando las casadas buscaban atar a sus díscolos esposos, cuando aquellos pobres desviados buscaban satisfacer urgencias carnales en el cuartucho de atrás de la zapatería de su esposo, que en paz descanse. Todo por un precio, módico, pero que le permitió a ella y a su familia vivir con una cierta holgura frente a las penalidades del resto y, para qué negarlo, pagó los estudios de sus hijos, al mayor de ellos, incluso la carrera de medicina.

Pero de aquellos tiempos, de aquellos buenos tiempos en blanco y negro, poco quedaba ya. Llegó un momento en el que todo el mundo se volvió escéptico, descreído, y no necesitaba de sus servicios. La virginidad ya no era importante para llegar al matrimonio. Ser soltera dejó de ser un lastre. El remedio a los maridos díscolos pasaba por disolver el santo matrimonio. Hasta aquellos desafortunados desviados ya no necesitaban de la clandestinidad y los escondrijos, hasta podían casarse. Tanto habían cambiado las cosas que la mujer que había sacado adelante a toda su familia pasó de matriarca a estorbo, una molestia que sus hijos se repartían cada cuatro meses. Se resignó a ser aquella carga, asumiendo que era el justo pago por todo lo que ella había tenido que hacer para que su familia no languideciera con la cartilla de racionamiento, para que los niños vistieran de una forma decente y, sobre todo, que no faltara una comida decente en la mesa. No se avergonzaba de nada, pero de algunas cosas no se enorgullecía.

Que su nieta, la única chica, necesitara de aquellos trucos llenos de polvo sí que la hizo sentirse importante, necesaria, útil. Después de décadas en el olvido, sus conocimientos servirían una última vez. Nada de conjuros, filtros o ataduras. Algo mucho más sencillo: dejarla como si nunca la hubieran desflorado, como si no hubiera conocido varón. Y pese a los años de olvido, aunque no lo hubiera hecho desde hacía casi treinta años, sus manos dejaron de temblar en el momento en el que se inmiscuyó entre los tersos muslos de dieciséis primaveras de su nieta con una aguja en ristre. Y fue su mejor trabajo.

No se le ocurrió a ella toda la patraña que montó la niña, pero al oír al confesor de su nuera supo que lo mejor era callar y fingir que había perdido la cabeza. Nadie presta atención a una anciana demente.

De todas formas, lo más raro de todo es que aquella mañana, a primera hora, mientras estaba vigilando la leche para que no hirviera, entró en la cocina un joven muy parecido a su marido, que en paz descanse.

mp3: The Cardigans «Erase/rewind»

Catholic Star System: el actor de reparto


 

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Por más que el confesor de su mujer proclamara que al mundo habíamos venido a sufrir, el dolor se hacía, las más de las veces, intolerable para el hombre de carne y hueso. Puede que el ejemplo de los mártires o del primogénito de dios le sirviera a alguien, pero lo que era a él, que las comparaciones le resultaban odiosas, sólo le alentaban a tomarse otra pastilla o beberse una penúltima copa. Aquél divino asunto hacía mucho que había dejado de ser algo familia para convertirse en un despropósito de calado internacional en el que se habían implicado gobiernos, medios de comunicación y la corporación más poderosa del planeta. Hasta los científicos se frotaban las manos, deseosos de analizar el fruto de aquél embarazo en el que estaban implicados una niña con el himen intacto y un espíritu tal vez santo, sin duda lujurioso. Tras el revuelo de los primeros días, a él se le había dejado de lado; el confesor de su mujer sugirió que sería buena idea que apoyara a su hija en aquél momento tan dificil para un chica de su edad pero desde una posición mucho más discreta.No se lo dijo pero él sabía la razón: un cincuentón con obesidad mórbida, un hombre calvo y barrigón con una nariz bulbosa plagada de venillas púrpuras y mofletes colorados, no daba buena imagen. Su esposa sí, una mujer menuda, una señora piadosa de misa diaria y creyente a pies juntillas de cualquier dogma de fe sí que era una buena imagen para la campaña orquestada en torno al embarazo de su niña.

Buscó a tientas el vaso sobre la mesa, sin poder reprimir cierto escalofrío al notar la superficie dura y húmeda, pesada de hielo y bourbon. El reloj anunciaba que aún no era mediodía, tal vez demasiado pronto, pero en alguna parte del mundo seguro que era la hora propicia para tomarse un copazo. Resignarse era la única opción que le quedaba. Eso y beber cada día hasta olvidarse que iba a ser el abuelo del primer hijo de dios en más de dos mil años. Cuando supo que su hija de dieciséis años estaba preñada se tuvo que contener para no apalizarla hasta que confesara quién era el bastardo que había hecho aquello a su niñita. Pero cuando la niña confesó la paternidad del ser que llevaba en sus entrañas, de lo que le entraron ganas fue de morirse y no saber nada más del mundo ¿Por qué clase de imbecil le había tomado para creerse semejante desatino? Pero en su defensa salió su esposa, hecha un mar de lágrimas ante una noticia más grande de lo que nadie sería jamás capaz de tragar. En pocos momento el confesor de su mujer se presentó en casa. Desde aquél momento tuvo que tragarse su orgullo y bregar con una historia que su cerebro le decía que era una patraña. Por eso le había recluido en aquella jaula de oro, para que nada distorsionara la perfecta imagen del cuento que había tramado aquél curilla con ayuda de toda una pléyade de tipos similares a él.

Su atención se centró en la imagen sin sonido en la televisión. Un revuelo de cámaras y periodistas frente a la puerta de un hospital. Como por resorte se levantó del sillón, con una agilidad prestada por la adrenalina que no había poseído en años, tropezando con la alfombra que amortiguó el sonido de la caída, pero no evitó el lacerante dolor en la cadera.

mp3: Blondie «Heart of glass»

Catholic Star System: la corista


 

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Era la hora; alguien había golpeado la puerta de aquél cuchitril que, airosamente, tildaban de camerino, gritando que faltaban cinco minutos. Se miró en el espejo, se ahuecó el pelo y humedeció los labios, tratando parecer natural bajo tal cantidad de maquillaje y laca que sólo reconocía sus ojos. Se resignó. Se santiguó. Aquella era una de las cosas que le correspondía hacer por ser la madre de la primera virgen embarazada que el mundo había conocido en más de dos mil años. Habitualmente no eran lugares tan cutres como aquella televisión local pero, como solía decir su confesor, dios está en todas partes y estar allí era una de sus responsabilidades. Para con su hija. Para con su fe, aquellas creencias que la habían salvado de consumirse en un hogar del que se había convertido en la chacha.

Pocas preguntas que le hicieran en plató la sorprenderían ya, tenía su guión más que aprendido. Que aquello era una bendición y que su familia se sentía honrada por aquella gracia del altísimo. Claro que era una responsabilidad. Pero la había acogido con regocijo y júbilo. Estaba deseando ver el rostro del hijo de dios en su nieto. La iglesia respaldaba a su hija y se decía que el propio Papa visitaría su ciudad para el bautismo. Claro que le iban a bautizar. No, no estaba segura del nombre que había pensado su hija para su descendencia, pero estaba segura de que todo el mundo lo conocería como el salvador. Claro que su vida había cambiado, nunca nadie había tenido la gracia que había recaído sobre su familia. Era un honor muy grande y lo sentía como una responsabilidad y un gozo. No daba crédito a rumores y habladurías de ese tipo de gente que no conocen el camino del señor, el camino de la fe. Ella y la iglesia sabían que su hija realmente era la madre del nuevo hijo de dios que se iba a hacer carne para redimir todos los pecados que había cometido el hombre. Con su nieto empezaría una nueva era de armonía para todos y paz en el mundo. Dudaba mucho que su hija mantendría el virgo tras el alumbramiento, pero los doctores de la iglesia tampoco se ponía de acuerdo sobre la virginidad de María tras el nacimiento de Jesucristo. En pocos días su hija saldría de cuentas y el mundo entero conocería la gracia del hijo de dios.

Se cuidaría muy mucho de quejarse de los viajes de un lado a otro, del mundo de los hoteles, de las maletas perpetuamente extraviadas en aeropuertos de países que ni siquiera sabía que estuvieran bajo el cielo, de los incrédulos que la insultaban, de los curas que la aleccionaban, del desajuste horario que acumulaba en su cuerpo. De eso no diría una palabra.

Y mientras su rostro aparece en la pantalla de todas las televisiones de aquella ciudad, su teléfono no cesaba de sonar en el bolso olvidado en el camerino.

mp3: Joaquín Sabina «Una canción para la Magdalena»

Catholic Star System


 

Cause virgins don’t have babies
And water isn’t wine
And there’s a holy spirit maybe
But she would never rent a room with walls built by mankind
Mary and Mohammed
Are screaming through the clouds
For you to lay your goddamned arms down
Rip your bigot roots up from the earth and salt the goddamned ground

Jay Brannan «Goddamned»

 

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Dijo aquello porque pensó que sería mejor que una verdad que haría tambalear a su familia, que la derrumbaría ante un hecho imposible de digerir. Esa fue la razón. Lo que no se podía esperar es que las consecuencias pasaran por el revuelo inconcebible en el que se vio inmersa, con su rostro en portada de periódicos y revistas, entrevistas en televisión, reportajes sobre su vida, confesiones de compañeros del colegio que practicamente era incapaz de recordar. Todo un país, un continente, el planeta pendiente de aquella chiquilla de dieciséis años que no había conocido varón pero que había concebido un vástago como cierta mujer hacía más de dos mil años.

El tema se le había escapado de las manos hacía demasiado tiempo. Su secreto estaba a salvo, las dos únicas personas que podía revelar la verdad eran su abuela, una mujer que, en los pocos meses que habían pasado desde que anunció su estado, había pasado de la serenidad de la senectud a la cruel infancia distorsionada por la senilidad, así que cualquier cosa que dijera no sería digna de crédito ¿que había reconstruído el himen a su nieta? ¿cómo? ¿quién hacía esas cosas en el siglo XXI? El otro implicado en descubrir su farsa siempre se cuidaría muy mucho de nunca decir la verdad so pena de verse envuelto en un grave problema legal relacionado con el abuso de menores.

Cuando se destapó su historia, se convirtió en el objetivo de grupos de la más diversa índole: desde fanáticos ultrarreligiosos que la consideraban la madre del nuevo salvador de la humanidad, hasta radicales ateos que anunciaban a los cuatros vientos que aquello era una nueva patraña de una iglesia para perpetuar su sometimiento a una sociedad que, cada día más, le daba la espalda. Y aquella iglesia fue la que la convirtió realmente en la estrella mediática en la que se había convertido, sobre todo tras la prueba ginecológico que promulgó su virtud sin mácula así como su estado de buena esperanza. La convirtieron en un fenómeno de masas a la altura de las estrellas del cine y la televisión, su imagen en camisetas, libros.

Se inventó una historia. Que estaba estudiando. Que apareció una luz envuelta en una aroma de rosas. Que estaba tranquila, feliz y que aquella voz le anunció que iba a concebir al hijo de un dios. Siguió con la historia. La mantuvo sin salirse jamás del guión que había sido capaz de pergeñar. Delante de los focos, delante de los curas, delante de la familia. Jamás reconoció el dolor, la tristeza, la sordidez de sentir a aquel hombre poseyéndola, fecundándola, arrastrando una virginidad que, al cabo del tiempo sería la única mentira a la que aferrarse.

Y ahí estaba: millones de personas pendientes de sus movimientos, de sus gestos y, a la hora de la verdad, se encontraba sola dando a luz. A lo mejor al salvador de la humanidad. Con toda seguridad a su hijo.

mp3: Jay Brannan «Goddamned»

Como la canción de Tom Jones


Buscó el número en la D del teléfono privado, el que casi nunca usaba, sometido a la eterna tiranía del móvil de trabajo en el que siempre estaba localizado.

No solía recurrir demasiado a sus servicios pero, de vez en cuando, la revolución hormonal era demasiado exigente como para poder aliviarla en soledad. En un par de horas ella estaría allí, en aquel piso demasiado grande para una persona sola, tan impersonal como las fotos de una revista de decoración, tan aséptico como un quirófano, tan anónimo que, la gran parte de las veces, no era capaz de reconocerse, de encontrarse en aquél espacio, de localizar ni el mando a distancia de la televisión. Pero en breve llegaría ella, Delilah, como la canción de Tom Jones, no Dalila como la de Sansón. Delilah para llenar, brevemente, aquél espacio.

No era de aquellos que recurrían asiduamente a los servicios de una profesional, no se consideraba un putero, pero llegó un punto en su vida en el que decidió que el contrato mercantil le convenía más que el contrato matrimonial. Para eso tuvo que llegar un momento en el que se dio cuenta de que su vida no era más que una sucesión de ciclos que empezaban con un matrimonio, continuaban con la ruptura y terminaba en el juzgado. Así tres veces. La cuarta vez que se vio metido en el mismo círculo vicioso y viciado, cayó en la cuenta de que, para él, lo mejor era librarse de ataduras.

Fue una primera vez casi tan traumática como la primera vez con una mujer, tan nervioso estaba que no sabía ni cómo actuar. Aunque intentara negarlo, fue obvio, no consiguió una erección lo bastante satisfactoria como para poder llevara cabo la tarea que se había encomendado a sí mismo y a su ego. Cuando fue consciente que aquello era follar, no hacer el amor, su relación con las distintas hetairas que promulgaban su amor en las páginas del periódico. No fueron muchas, pero sí unas cuantas, las que pasaron por aquella cama king size, y siempre quedaba aquella sensación de que no llegaba a ser un hombre construido a la altura de sus deseos, de sus expectativas. A lo mejor no era una satisfacción física, pero sí que lo era emocional: dos cuerpos reconociéndose como animales, reconfortado por la falta de reproches, amparado en la carencia de los compromisos, cimentado en el vil metal.

Y apareció ella, una diosa del lenocinio, con todo un repertorio aprendido de juegos de seducción. Delilah, como la de la canción de Tom Jones. El compromiso fue consigo mismo y eso le valió. Sin palabras de doble sentido, sin las reconvenciones de la salud y la enfermedad, de las alegrías y las tristezas, de la pobreza y la riqueza, desterrada la sentencia del hasta que la muerte os separe.

mp3: Tom Jones «Delilah»