Archivo de la categoría: el sueño ingravido de las ballenas

Ojos de ti


No hace falta
repetir las excusas de la inmediatez,
del deseo apresurado
que apenas se encuentra
en la punta de los dedos.

No hace falta.

No.

En serio,
no es necesario
seguir bebiendo de tu sed
y llevar mis ojos llenos de ti.
Mis ojos vacíos.
Llenos.
Ojos.
De ti.

Nunca he creído
en el después
porque nunca se sabe
qué demonios pasa
tras el colorín colorado.

¿Quién iba a creer
que, por una vez,
rezaba con la fe
de quien está
al borde de un precipicio?

Fe.
Y naufragios.
Náufrago de mi mismo.
Condenado a llamarme
Viernes
cuando me quito la careta
de Robinson.

Mis ojos llenos de ti.
Vagando entre rostros.
Ojos vacíos.
Llenos.
Ojos de ti.

Ahora se pudre la fruta
y en cada hachazo
me desnudo un poco más.
Sólo un poco.
Más.

Fe y naufragios.
Ojos de ti.
Sentimiento esterilizado
que perdí en la mudanza.

Abandono


Abandono
la búsqueda
de soledades premeditadas,
los silencios envueltos
en papel de aluminio
en la segunda balda
de la nevera.

Me retiro de los llantos
de la ropa recién colgada
y de los desastres,
sobre todo de los desastres,
de aquellos que me esperan
tras el hundimiento del buque.

También renuncio
a las esperas.

Porque sí.

A partir de ahora
no querré otro silencio
de pasos perdidos.

Porque se me ha arañado el alma,
mi alma
se ha herido
con un rastrillo
de jardines secos,
con la cuchilla
de un patín para el hielo,
con el desdén de las nubes.

Lloraré
por todos los muertos
que en el mundo han sido
y también por los ataúdes vacíos,
más aún por esas cajas vacías
que buscan un dueño,
un nombre,
una esperanza…

(Fuente foto: http://www.morguefile.com/archive/display/659240)

Diferentes estadios de tu desnudez (y 4)


Tras el resto de la piel,
el pelo,
tus labios
y la saliva,
tras el sudor
y el semen,
tras todo eso,
pequeñas escaramuzas
de aprendiz de mosquetero.

Un tiempo para la distancia.

Una distancia para el tiempo.

Tregua en tu batalla
antes de continuar la guerra.

Cuenta atrás.

De nuevo tu piel y tus manos,
tus besos
con lengua
y nuevas escaramuzas
en las que perder
la guerra.

Diferentes estadios de tu desnudez (3)


Tu pelo arremolinado
tras la batalla.

Después del fuego
queda el rescoldo
de marcas rosadas
sobre la piel de trigo
de tu espalda.

Ahora conozco tu cuerpo.

Ya no es como antes.
Ya no.
Ya no podrá serlo.

Ahora he conocido
tus continentes y tus mares,
tus valles,
tus ríos,
tus montañas.

He trazado un minucioso mapa
de lo desconocido,
poniendo mi bandera
en cada cima y cada llanura,
en cada nuevo territorio.

Ahora formas parte
de mi atlas.

Diferentes estadios de tu desnudez (2)


entrada_12062014

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Agua.

Mares y galernas
entre tus piernas.

Soy la costa
y el acantilado
y la playa.

Bienvenido a casa,
tú, mi náufrago.

Lanza el mensaje en la botella,
ahora que estás a salvo.

Compartimos el aire,
cercanía entre nuestras bocas,
hambrientas de pecado.

Depredo sobre tus labios.

Vuelvo a casa,
yo, caníbal de causa perdida.

No soy la pregunta
ni la respuesta
ni el deseo
ni el deseado.

Ven a mí, mi náufrago
que yo soy el caníbal
de tu isla.

Diferentes estadios de tu desnudez (1)


entrada_1006014

Primero, los zapatos,
víctimas inermes de tu desprecio.

En tu boca
el simulacro de una sonrisa
antes de empañarse
con el jersey
y convertirse en una mueca.

Tras la camisa,
tu piel de trigo,
geografía desconocida;
terra incognita
en cualquier mapa
a escala 1:25.000.

Cinturón.
Botón.
Cremallera.
Tus escurridas caderas

al final de tus piernas.

Tu ropa interior
como telón de fondo.

El escenario


entrada_05062014

La ciudad muere
entre convulsos estertores
que tienen eco en el abismo.

Despierto.

La ciudad muere
y yo despierto
y estoy desarmado
ante los envites
del luto.

Me desperezo entre brumas
que siempre son blancas y frías
y raramente dulces y oscuras,
tinieblas de alquiler
sobre la tramoya.

La ciudad muere
como cada día
y, como cada día,
la rutina
da paso a las costumbres
que camuflan el olvido.

Y en medio,
la tregua del aburrimiento.

Lentamente me desperezo
mientras la ciudad muere
y ante mis ojos se desvelan
con prístina claridad
los contornos de las rutinas,
para volver a dormir
para dormir en el mar