Archivo de la categoría: el sueño ingravido de las ballenas

Excusas y trenes


Ando buscando
una excusa
que sirva para todo,
una forma de explicar
porqué siempre he odiado
las
líneas
rectas.

Ahora que he olvidado
todo lo que he aprendido
podré empezar
a olvidarte.

Pero qué le voy a hacer,
si mis heridas sangran
cuando las creía cicatrices,
si los trenes
salen a su hora
y yo sigo esperando
en el andén.

Los tiempos del ser


Ahora ya no soy como era
porque sé lo que viene
después del colorín colorado,
porque nunca he comido perdices
y ya sé
que lo del érase una vez
no va conmigo
-me da alergia -.

Ya no soy como era,
como he sido o como fui,
pero tampoco soy
como voy a ser
o como seré,
mucho menos como podría haber sido.

Ya no lo soy.

Pero no merece la pena llorar
o lamentarse.

No merece la pena jurar y perjurar
que he vuelto a dejar que me engañes.

No porque esté de vuelta de todo
-ni mucho menos-
sino porque hay piedras
en las que merece la pena
volver a tropezar para caer de nuevo.

Qué quieres que te diga;
nunca se me dieron bien
los finales felices.

Trapecista


He caído otra vez,
cuando creí que todo estaba atado
y el trapecio
parecía un columpio,
he vuelto a caer
pensando que todo era seguro,
cuando no sabía si salir de la cama
o lamerme las heridas
o mirarme al espejo
para decir “sólo soy yo”.

He vuelto a caer
entre paradojas
y crueldades.

He caído otra vez.
Y sólo me queda rezar.

Instante polaroid


Seguirá siendo fría la aurora
cuando el destino
vuelva a reunirnos
y reconozcas mi cara
entre la multitud.

No podrás negarlo
porque tu condena será
no olvidarme.

Entonces pararás el tiempo.

Días en los que intenté vivir


No sería más de las tres,
o tal vez sí,
pero no importa,
y trataba de resolver
problemas pendientes,
eso sí que no importa,
la cuestión
es que la respuesta
nunca pareció tan acertada.

Los días en los que intenté vivir
se convirtieron
en recortes de periódicos
en una hemeroteca abandonada.

Apuraba el último rastro de alcohol,
mirando más allá de la melancolía.

Lo único que encontré
fue lo que nunca quise hallar.

Aún faltaba demasiado para que amaneciera.

Los días en los que intenté vivir
se convirtieron en polvo,
nunca fueron más que un desengaño,
pero no me importó.

No me importó.

Retrato


Lo sabía.
Sabía que eras uno de esos
que vende orgasmos a plazos
cuando las mañanas
rayan el cristal
de las ventanas.

Fausto


Hay momentos
en que eres tan inocente
como un niño
con una granada en el bolsillo.

Otras veces
tus labios
se desvelan como minas.

Desconcierto.

Y tus gestos
abarcan todo el espacio
todo el tiempo
y me robas
el horizonte.

Anhelo.

Cuando me despisto
descubro la traición
de un temblor
-leve-
en tus palabras.

Escarnio sobre tus labios.

Y el reloj avanza.

No puedo suponer
ni imaginar
otra forma de odiarte
más que fingir desprecio.

Desconcierto.

Es que no sé por donde vienes.

Es que no sé adonde vas.

¿Crees que en algún momento
podrás devolverme el alma?

Tocar tierra


Puedo hacerlo.

De verdad.

Aterrizar
y llenarme las rodillas
de tierra
y el alma de arañazos,
los ojos
de arena.

Tocar tierra
no debe de ser tan difícil
una vez has conseguido volar,
después de haber despegado
y compartir con Ícaro
alas y trayectos.

No puede ser difícil.

Tengo que hacerlo.

Después de remontar el vuelo
tocaré tierra,
sin querer y sin poder,
como si hubiera caído
de un columpio
en desordenado vaivén.

Podré hacerlo.

Volar y tomar tierra.

Como uno de esos sueños.

Sé volar
y voy a hacerlo.

Aunque luego despierte.

Escribo sexo


Escribo sexo
con las letras de tu nombre,
con las ropas
esparcidas por el cuerpo,
con tu peso tibio
sobre el colchón.

También escribo deseo
pero se mezcla con recuerdo,
no del todo,
como aceite y agua.

Junto la s con la e,
añado una x
concluyendo con la o…
relleno un crucigrama
sin definiciones.

Es difícil.

Lo sé.

Cuántas veces
puedo tropezar contra
los mismos muros de hormigón.

Me vence el cansancio
de este castigo
que se escribe como el tedio
también con las letras de tu nombre.

Y tristeza,
no nos olvidemos de ella,
que también tu nombre
me sirve para escribir
sobre ella,
y tacharla
y escupirla
e irla desterrando de los diccionarios.

Esa memoria de agua


Esa memoria de agua
justo al borde de tus dedos,
sal y precipicio
donde el tiempo te mira
desde atrás
y no sabes cómo pedir perdón
por dar la espalda.

Esa memoria
que aún no es.

Memoria de agua
en un mar
que el tiempo
se encargará de convertir
en desierto.

¿Qué quieres que diga?

Ahora el fragor de la batalla
ha dejado mis labios heridos.

Recuento de bajas.

Memoria de agua
que me ata
como un as de guía.

Mi cuerpo de noray.

Tus manos de mar
y tierra adentro
donde el agua
es el delirio
de un demente.

Tu delirio,
el desprecio
por lo que vendrá,
la alergia a los tiempos verbales
del presagio y de la premonición.

Y otra vez la memoria,
la maldita memoria de agua
que recupera canales olvidados,
dominios anegados
antes de ser desiertos.

Ven.

Que te voy a enseñar un olvido
en el que nunca has estado;
la triste sordidez
de las habitaciones vacías
que construyen mi cuerpo,
los laberintos sin salida
de una cinta de Moebius.

Ven.

Que la memoria de agua
convertirá el antes
en después
y el ahora
en mañana.