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Instrucciones para cargar el teléfono móvil


El otro día, ojeando “Historias de cronopios y de famas” de Cortázar volví a releer el mínimo y maravilloso artefacto literario que es “Instrucciones para dar cuerda al reloj” e, inmediatamente, pensé que en la vida actual no nos preocupa tanto dar cuerda al reloj como quedarnos sin batería en el teléfono móvil. Por eso me atrevo a actualizar a Cortázar. Por favor, disculpad mi osadía.

Preámbulo a las instrucciones para cargar el teléfono móvil

Piensa en esto: cuando te regalan un teléfono móvil te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el teléfono móvil, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, americano el último en el mercado; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te guardarás en el bolsillo y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su funda de protección como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de cargar su batería todos los días, la obligación de cargar su batería para que siga siendo un teléfono móvil; te regalan la obsesión de atender a la vibración de cada notificación, de cada mensaje. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu teléfono móvil con los demás teléfonos móviles. No te regalan un teléfono móvil, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del teléfono móvil.

Instrucciones para cargar el teléfono móvil

Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el teléfono móvil con una mano, tome con dos dedos el extremo del cargador e introdúzcalo, conéctelo a la red suavemente. Cuando la batería esté plena de energía se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.

¿Qué más quiere, qué más quiere? Guárdelo pronto en su bolsillo, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra la batería, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del teléfono móvil, gangrenando la fría sangre de su procesador. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

Por cierto, que si deseáis leer el original, podéis encontrarlo en este enlace.

Redes sociales: Espejito, espejito mágico…


Abres el Facebook y te encuentras con el reportaje fotográfico de las vacaciones en las Seychelles de tu amiga. Un poco más abajo, aparece la imagen de la hija de no sabes quién dando sus primeros pasos. Más allá, otros aparecen preparándose para ir a una boda en un entorno inigualable de belleza sin igual. La maravillosa cala en donde unos han estado tocando la guitarra en torno a una hoguera. Múltiples fotos de gatos. Una imagen del sushi del restaurante de la ciudad donde no es posible lograr mesa o, si se puede, no es factible pagar la cuenta y seguir comiendo el resto del mes. Todo el mundo parece que tiene una vida más (atr)activa que cualquiera de las estrellas de Hollywood. En ese momento te miras al espejo: estas en casa, recién levantado, con el café en la mano y con un careto que haría que Freddy Krueger se hiciera pis encima.

Hace años, antes de que existieran las redes sociales, lo más que ocurría es que un amigo te llamara desde mitad de un concierto para que escuchara la canción que más te molaba (al tiempo que mirabas con asco los apuntes subrayados del examen que tenías al día siguiente). O te mandaba un SMS diciendo lo que molaba estar en la playa (mientras tu pasabas la canícula en la ciudad). En épocas aún más pretéritas, lo que te enviaban era una postal o te lo contaban a la vuelta mientras tomabas algo. Ahora no. Ahora todo el mundo tenemos que hacer partícipe a todos de nuestras vidas y le damos una pátina de barniz para que luzcan más.

Nos hemos visto lanzados a la vorágine del “yo más” que se ha visto reforzada por nuestro espíritu voyeur, nuestro afán exhibicionista, un punto de envidia, todo ello envuelto en la inmediatez del internet y coronado con las Redes Sociales. Es evidente que no vamos a exponer nuestras miserias a los ojos de todo el mundo, ni de los amigos de los amigos, ni de los conocidos por eso elegimos los elementos de nuestra vida que son más fotogénicos, esos en los que mejor nos lo pasamos ¿por qué decir que estoy en la cola del paro si voy a pasar la tarde en la piscina y puedo sacar una imagen de mis piernas recortándose contra el cielo y subirla al momento a Instagram y Facebook?

Para aderezarlo aún más, para hundirnos aún más en nuestra autocomplaciente miseria, nos dedicamos a mirar las cuentas de Instragram de famosos diversos, niños ricos, socialités varias y (más recientemente) blogueras de moda¹, que nos trasladan a parajes de ensueño, hoteles fuera del alcance del resto de los mortales o prendas de ropa que cuestan el sueldo medio anual de quince trabajadores en España, todo ello fotografiado con las mejores máquinas, el encuadre preciso, la composición idónea, la mejor postproducción y después subido a la red de turno. Nos fustigamos sabiendo que nunca tendremos esas cosas y que, por mucho que vayamos a París, no podremos hacernos foto alguna en el front row de la Semana de la Moda.

Esas imágenes que ahora nos asaltan las celebrities, son una versión de las que antes aparecían en las revistas del corazón (las cuales ahora también se nutren de este material) tratando de vendernos una cercanía, una complicidad con esas personas que no es más que pura impostura, una forma de venderse como accesibles a todos. Se convierten en productos, en expositores que venden una mercancía, una sofisticada perversión de los anuncios que vemos en los banners de las páginas web. Nunca seremos lo que nos están vendiendo porque no son más que una campaña de publicidad de sangre caliente.

Por aquello de higiene mental, una medida que podemos emplear es poner cada cosa en su contexto. Sabemos que nosotros compartimos aquellos elementos de nuestra vida que mejor nos dejan (no necesariamente los que mejor nos retratan), es lógico considerar que el resto de nuestro entorno hace lo mismo. Por encima de esta primera cuestión lo que debemos tener en cuenta es que tenemos que aprovechar las Redes Sociales como elementos de comunicación y medios de expresión con los que contactar con la gente, no entrar en una competición en busca de la aceptación de los demás.

¹A este respecto, echad un vistazo de “The weakest blogger” en estoybailando.com Descuajeringue de risa garantizado.

Del hashtag como nueva forma de subrayar


Según la Wikipedia, el hashtag se define como:

Una etiqueta hashtag (del inglés hash, almohadilla o numeral y tag, etiqueta) es una cadena de caracteres formada por una o varias palabras concatenadas y precedidas por una almohadilla o gato (#). Es, por lo tanto, una etiqueta de metadatos precedida de un carácter especial con el fin de que tanto el sistema como el usuario la identifiquen de forma rápida.

Dentro de Twitter se considera un elemento imprescindible para marcar los trending topic, las tendencias de las que más se habla en la red de microblogging.

De cara a su estrategia de marketing, las empresas tratan de hacer correr sus correspondientes hashtags con el fin de hacer que sus clientes (actuales o potenciales) se involucren con la marca o con determinada acción que esta propone.

Ahora bien, cuando es un usuario privado el que propone un hashtag, cuando pone una expresión después de la almohadilla, se convierte en una forma de dar importancia determinada conclusión. En la expresión oral disponemos del tono de voz y del lenguaje corporal para reforzar nuestro discurso. En la expresión escrita, además de no vernos coartados por los 140 caracteres que impone Twitter y poder explayarnos libremente, podemos contar con elementos tipográficos como la cursiva, la negrita o el subrayado, elementos de refuerzo de los que no disponen los usuarios de la red social. Aquí es donde entra en juego el hashtag: el usuario es consciente de que la almohadilla refuerza la idea que viene a continuación por lo que terminaría resultando el equivalente a un subrayado o poner un texto en negrita.

Otra red social, nacida al abrigo de la generalización de los teléfonos inteligentes, que también emplea los hashtags es Instagram. En este caso, el uso de dicho elemento se troca en abuso: no es nada raro observar a gente que hace cuelga una foto con una escueta descripción y una nube de etiquetas prácticamente incomprensible, cuyo único fin, si es que tiene alguno, es aparecer en todos los resultados de búsqueda posibles. Por tanto, no trata de reforzar idea alguna, solo de incorporarse a las tendencias temáticas del momento.

Por último, la otra gran red social, Facebook, también se ha encargado de implementar los hashtags como elemento de su comunicación, de forma que parecería que el fenómeno también se debiera extender a esta plataforma. Lo cierto es que el uso de las almohadillas por parte de los usuarios privados de la red creada por Mark Zuckerberg es meramente anecdótico, ya que no existe una limitación de caracteres, se puede agregar a la actualización del estado gran cantidad de emoticonos e imágenes y, por último, pero no menos importante, las actualizaciones de Facebook están pensadas (en principio) para el entorno de amigos, no están abiertas al público como los tweets.

Expertos en todología


entrada_28052014

Muy poca gente es capaz de evitarlo: cuando alguien te cuenta que está leyendo el best-seller del momento, no importa cuál sea o que lo hayamos leído o no, todos nos vemos capaces de dar nuestra opinión. ¿Y en qué la basamos? Nuestras opiniones sobre “Cincuenta sombras de Grey” y en la forma que está escrito parece que nos llegan por inspiración divina, cuando lo cierto es que proceden de distintas fuentes de las redes sociales. No necesitamos leer los artículos completos o sesudos ensayos y críticas al respecto, nos basta con leer los titulares y las entradillas para convertirnos en críticos expertos sobre el tema.

¿Que ha habido “edredoning” en el último reality show de Telecinco? ¿O que la hija de una tonadillera de conocido bigote ha decidido cambiarse de sexo? Podríamos ver el vídeo correspondiente o leer un artículo al respecto pero eso nos llevaría demasiado tiempo. Sólo con revisar Twitter y Facebook y entrar en un par de artículos es suficiente para formarnos una opinión y pontificar sobre el tema. Y ya que hablamos de pontificar, no hemos oído una homilía completa del actual Papa, mucho menos leer alguno de sus artículos, pero hemos revisado los suficientes tuits suyos retuiteados por gente a la que seguimos en Twitter como para poder decir que su posición sobre desigualdad y justicia social es tremendamente progresista.

Nunca había sido tan fácil como ahora fingir que sabemos sobre tantas cosas como ahora sin saber nada en absoluto. Cogemos temas, piezas relevantes que se repiten Facebook, Twitter o newsletters y las regurgitamos. En lugar de ver “Mad men” o el final de liga o un debate político, nos dedicamos a leer el timeline de alguien que lo tuitee en directo o a leer el resumen al día siguiente. Nuestro canon cultural se está viendo limitado a aquello que obtiene más clicks.

Ahora mismo lo que sufrimos es la constante presión de saber de todo en todo momento, a menos que queramos quedar como analfabetos culturales. De esta forma podremos sobrevivir a una conversación de ascensor, una reunión de negocios o una fiesta, de manera que podemos publicar, tuitear, comentar o whatsapear como si hubiéramos visto, leído, mirado y escuchado. Lo que importa la mayoría de las veces no es que hayamos consumido el producto de primera mano, sino que sepamos que existe y desde la opinión que nos hemos formado al respecto, ser capaces de que nuestro interlocutor se involucre. Estamos llegando a conformar un pastiche de pseudoconocimiento que no deja de ser un nuevo modelo de todología.

No es que mintamos cuando demos la razón a un colega sobre lo que comenta respecto a una película o un libro que ni hemos visto, ni leído, ni siquiera revisado la crítica. Hay grandes posibilidades que nuestro interlocutor simplemente repita las mordaces observaciones de alguien en su timeline o en su muro. Gran parte de las interrelaciones conversacionales se construyen a partir de unos cuantos datos extraídos de la revisión diaria de las aplicaciones de nuestros teléfonos móviles. Al fin y al cabo, a nadie le gusta quedar como la persona que no está al corriente de la temporada de “Juego de tronos” al ritmo de emisión de Estados Unidos, menos aún de la serie coreana de la que toda la gente entendida habla sin parar.

Cuando quiera que cualquiera en cualquier lugar menciona cualquier cosa, nosotros debemos fingir conocer el tema. Incluso parecer expertos. Los datos se han convertido en nuestra moneda de cambio. Y hablando de moneda, el ejemplo perfecto sería la Bitcoin, algo de lo que no dejamos de hablar pero que parece que nadie llega a comprender del todo.

Es comprensible que una de las partes, o ambas, en una conversación pueden tener una idea somera sobre el tema que están tratando. Todos estamos muy ocupados, más que ninguna generación hasta ahora. Y como nos pasamos el día mirando nuestros teléfonos y nuestras pantallas, mandando mensajes y tuiteando sobre lo ocupados que estamos, ya no tenemos demasiado tiempo para consumir información de primera mano. En lugar de eso, confiamos en la gente a la que “seguimos” o en nuestros “amigos” o eso es lo que creemos.

¿Quién decide qué debemos saber, qué opiniones debemos tener en cuenta, qué ideas podemos reciclar como propias? Parece ser que los algoritmos puesto que tanto Google, como Facebook o Twitter y el resto del complejo de redes sociales post-industriales confían en estas herramientas matemáticas para saber qué estamos leyendo, viendo y comprando.

Hemos externalizado nuestras opiniones en este bucle de datos que nos permitirá mantener las apariencias en una cena en la mientras parece que se está hablando de “El Gran Hotel Budapest” lo que realmente se hace es comparar las fuentes de redes sociales, mientras nadie reconoce que está completamente perdido en la conversación. En lugar de eso asentiremos mientras decimos “He escuchado algo” o “Me suena un montón”, lo que normalmente quiere ser una declaración sobre nuestro absoluto desconocimiento del tema en cuestión.

Ahora la información está en todas partes, nos someten a un constante flujo que está en nuestras manos, en nuestros bolsillos, en nuestros portátiles, nuestros coches, hasta en la nube. El flujo de datos no puede controlarse. Fluye en nuestras vidas como una marea creciente de palabras, hechos, bromas, chascarrillos, GIFs, cotilleos y comentarios que amenazan con ahogarnos. Tal vez el temor a ahogarnos es lo que está detrás de nuestra insistencia de que hemos visto, hemos leído, hemos sabido. Es una manera poco convincente de considerarnos a flote.

Así nos encontramos braceando desesperados, haciendo observaciones sobre memes de cultura pop, porque admitir que nos hemos quedado atrás, que no sabemos de lo que se está hablando, de que no tenemos nada que decir sobre cada tema que aparece en nuestra pantalla, es estar muerto.

Traducción y adaptación del artículo original de Karl Taro Greenfeld “Faking cultural literacy” para New York Times

Palabras que aún no acepta la RAE: Gentrificación


Dentro de los términos y los conceptos también existe la moda. Hace años fue la “globalización”, durante meses vivimos pendientes de la “prima de riesgo” y recientemente sufrimos el “twerking” o el “selfie”.

Gentrificación” es otro de estos nuevos términos que aparecen en nuestras vidas y que no sabemos exactamente qué quieren decir pero los utilizamos de todas maneras. Debemos prestarle atención, máxime cuando es una cuestión que afecta directamente a los espacios en los que habitamos y que se deriva de la especulación, una de esas razones que nos ha metido en el jardín de la crisis.

Tómese un espacio urbano ya desarrollado, cuanto más céntrico mejor y del que las instituciones públicas se olviden, condenándolo a un progresivo deterioro y una inevitable degradación. En muchas ocasiones, estos espacios son habitados por gente de edad avanzada en edificios con indudables carencias (ascensores, eficiencia energética,…) El descalabro en el valor del espacio se ve acompañado por la falta de pequeños negocios que puedan competir con los grandes gigantes que están instalados en los centros urbanos, junto con la aparición de “dudosa calaña” ¿Conocéis la calle Desengaño en Madrid? Pues es perfecto ejemplo de lo que estamos hablando. Pero la gentrificación afecta a todo el barrio de Malasaña, como antes ocurrió en Chueca o en el Born en Barcelona. Así se obtiene la degradación de un espacio céntrico en el que especular para sacar el máximo beneficio.

https://www.flickr.com/photos/jafsegal/2304968114/
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Una vez el espacio está degradado, con el consecuente malestar vecinal, los gobiernos (especialmente en épocas electorales) tienden a buscar soluciones con las que tratan de embaucar a sus potenciales electores. Así, de la mano de distintas empresas privadas buscan soluciones para poner de nuevo en valor el barrio.

En líneas generales, el primer paso suele ser la reactivación del comercio, pero no el tradicional, de pequeñas tiendas de consumo diario, sino de locales que aporten cierto grado de exclusividad y valor añadido. Los locales dedicados a la hostelería más tradicional, van perdiendo peso, frente a espacios de cuidado diseño y propuestas vanguardistas. Los renovados locales atraen a gente de fuera del barrio que empiezan a desarrollar vida en el mismo. A lo mejor a Paca, la vecina del 4º con su pensión de jubilada, no le interesan las nuevas zapatillas All Stars ni le apetece tomar un gin-tonic premium con frutas del bosque y tónica de azahar. Pero el emprendedor que sigue las tendencias no dudará en desplazarse al centro para conseguir esa exclusividad. Así cazan al mercado objetivo. Y una vez se atrae a esa gente al barrio (la que tiene dinero, a la que las empresas pueden exprimir y que ya están enganchadas a lo exclusivo que les da la zona) llega el momento de echar a la gente que no resulta tan rentable. Lo que quieren vender es una nueva forma de vida en la que se habita y se consume en el mismo espacio y, si no puedes consumir en dicho espacio, tal vez Paca la del 4º tenga que plantearse que no debe de vivir ahí.

Tampoco es baladí el hecho que las viviendas de estos espacios son muy diferentes a las que se construyen en la actualidad, especialmente en el tamaño, a veces superior a los 100 m2, y en su distribución. ¿Para qué quiere Paca una casa tan grande para ella sola? ¿Y la gente joven que es objetivo de los especuladores? Esos no conocen ni lo que es semejante área. Así que gran parte de los edificios que se han ido quedando vacíos, previa venia del ayuntamiento de turno, son remodelados buscando un modelo más “acorde con las necesidades de los individuos que van a ocuparlos” y de espacio más reducido. Es decir, se aumenta el número de viviendas existentes y se reduce la superficie de las mismas, rentabilizando de forma óptima el espacio.

https://www.flickr.com/photos/jafsegal/4373690544/in/set-72157621905134894
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De esta manera se aúnan servicios de alto valor, con cierto halo de exclusividad, con espacios residenciales a los que se les transfieren dichas características (aunque los paneles de pladur ni sean de alto valor ni demasiado exclusivos).

En conclusión, se fuerza el desarrollo de un nuevo tejido urbano en el que no tienen cabida ni los comercios tradicionales ni la población envejecida en aras de una ocupación más intensiva del espacio. Eso es lo que se llama gentrificación. Próximamente en todas sus pantallas.

Coda: Paca la del 4º se ha ido a vivir con su hijo, su nuera y sus dos nietos al apartamento en la Manga del Mar Menor que ganó cuando participó hace veintiocho años en el “Un, dos, tres”. Todos con la pensión de ella. Pero eso es una historia que contaremos en otra ocasión.

El cielo es para la neurociencia: Cómo el cerebro crea visiones de dios (y III)


Lee el artículo original aquí.

El despertar espiritual de los epilépticos del lóbulo temporal.

entrada15052014

Se da por seguro que Dostoyevsky sufría de epilepsia del lóbulo temporal (que se sitúa tras las sienes envolviendo literalmente el cerebro, como una especie de orejeras). No todos los epilépticos del lóbulo temporal convulsionan, pero muchos experimentan una distintiva aura. Las auras son visiones, sonidos, olores u hormigueos que se dan justo cuando comienzan los ataques, un presagio de las cosas peores que están por venir. La mayoría de los epilépticos experimentan auras de algún tipo, y la mayoría de los que sufren de epilepsia pero no en el lóbulo temporal, las encuentran desagradables: algunos desafortunados notan un hedor a heces quemadas o notan hormigas caminando bajo su piel. Pero por alguna razón (quizás porque las cercanas estructuras límbicas son aceleradas) las auras que se originan en el lóbulo temporal se sienten más ricas emocionalmente y muchas veces con un cariz sobrenatural. Algunas víctimas sienten que sus “almas” se unen con alguna divinidad (por eso los antiguos doctores denominaban la enfermedad sagrada). Por su parte, las crisis de Dostoyevsky se veían precedidas por una rara “aura mística” en la que sienten una ducha tan intensa que dolía. Como dijo a un amigo “Tal gozo sería inconcebible en una vida normal… una completa armonía entre yo y el mundo entero”. Después se sentiría destrozado: magullado, deprimido, acosado por sentimientos de maldad y culpa (motivos comunes en su ficción). Pero Dostoyevsky insistía en que los sufrimientos merecían la pena: “Por un breve instante de gozo daría diez o más años de mi vida, incluso mi vida entera.”

La epilepsia del lóbulo temporal, ha transformado la vida de otras personas de una forma similar. Parece que todos los seres humanos disponen de conexiones mentales que reconocen ciertas cosas como sagradas y nos predisponen a sentirnos un tanto espirituales. Sólo es una característica de nuestro cerebro. Pero parece que las crisis de los lóbulos temporales parecen sobreestimular dichas conexiones y normalmente dejan a sus víctimas con una sensación intensamente religiosa, como si una deidad les bendijera con su presencia. Aunque las víctimas no se conviertan en religiosas, su personalidad normalmente se modifica de forma previsible. Empiezan a preocuparse por la moralidad, normalmente perdiendo su sentido de humor por completo (Las líneas jocosas son escasa en Dostoyevsky). Se vuelven obstinados en las conversaciones, continuándolas pese a las señales de aburrimiento de su interlocutor. Y por alguna desconocida razón, muchos de los pacientes empiezan a escribir de forma compulsiva. Pueden dedicarse a rellenar página tras página de ripios y aforismos, o copiar letras de canciones y etiquetas de latas de comida. Aquellos que visitan el paraíso, normalmente detallan sus visiones de forma minuciosa.

Basándose en estos síntomas, en concreto en la rectitud y el repentino despertar espiritual, doctores modernos han retrodiagnosticado ciertos iconos religiosos como epilépticos, incluyendo a San Pablo con la luz cegadora y estupor cerca de Damasco, Mahoma y los viajes al cielo y Juana de Arco con sus visiones y su sentido del destino. Swedenborg también cumple con el perfil. Se convirtió de forma abrupta, escribía como un adicto a la metanfetamina (el libro “Arcana Coelestia” tiene dos millones de palabras) y muchas veces se estremecía y caía inconsciente durante sus visiones. En ocasiones sentía como había “ángeles” que colocaban su lengua entre sus dientes para que se la arrancara de un mordiscos, un peligro bastante común durante las crisis epilépticas.

Pero al mismo tiempo, hay problemas para catalogar a Swedenborg y otro religiosos como epilépticos. La mayoría de los ataques tienden a durar segundos, como mucho minutos, no las horas que algunos profetas aseguran haber pasado en estado de trance. Y como un ataque temporal puede paralizar el hipocampo, que ayuda a la creación de recuerdos, muchos epilépticos del lóbulo temporal no pueden recordar sus visiones en detalle (Incluso Dostoyevsky caía en vagas descripciones cuando trataba de volver a relatar su visiones). Además, mientras que los trances de Swedenborg eran una mezcla de visiones, sonidos y olores en una embriagadora espuma celestial, la mayoría de los epilépticos tienen alucinaciones con un sólo sentido al mismo tiempo. Más aún, la mayoría de las auras epilépticas terminan resultando tediosas, produciendo la misma luz refulgente, el mismo coro de voces o los mismo aromas a ambrosía una y otra vez.

En conclusión, mientras la epilepsia bien pudo inducir las visiones, es importante recordar que Juana de Acro, Swedenborg, San Pablo y los demás, trascendieron su epilepsia. Con seguridad, nadie más que Juana de Arco hubiera podido capitanear a Francia, nadie más que Swedenburg hubiera imaginado ángeles comiendo mantequilla. Como cualquier tic neurológico, la epilepsia del lóbulo temporal no hace tábula rasa de la mente de alguien. Simplemente moldea y vuelve a dar forma lo que ya estaba ahí.

Extraído de “The Tale of the Dueling Neurosurgeons: The History of the Human Brain as Revealed by True Stories of Trauma, Madness, and Recovery” by Sam Kean. Copyright © 2014 by Sam Kean. Reprinted by arrangement with Little, Brown and Company. All rights reserved.

Parte I | Parte II

El cielo es para la neurociencia: Cómo el cerebro crea visiones de dios (II)


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¿Es la epilepsia la respuesta a las visiones celestiales? Tal vez el caso de Dostyevsky lo pueda explicar.

entrada14052014

En su nivel más básico, la epilepsia involucra neuronas que se activan cuando no debieran lo que genera una especie de tormentas de actividad eléctrica dentro del cerebro. Las neuronas se pueden activar por distintas razones. Algunas neuronas se desarrollan con malformaciones en los canales de su membrana y no pueden regular el intercambio de iones. En otras ocasiones, cuando los axones están dañados, las neuronas sufren descargas eléctricas simultáneas, como si fueran cables eléctricos pelados. A veces estas alteraciones son de carácter local y sólo afectan a una parte del cerebro, lo que sería una crisis parcial. Otras veces, la crisis cortocircuita por completo el cerebro llevando a crisis de distinta intensidad. Las crisis tónico-clónicas (o gran mal) comienzan con rigidez muscular y terminan con movimientos convulsivos y espumarajos: el comportamiento que todos tenemos en mente cuando nos referimos a la epilepsia. Los petit mals no conllevan convulsiones pero normalmente causan “ausencias” durante las que el enfermo queda congelado y su mente se queda en blanco durante unos momentos.

El desencadenante de una crisis epiléptica puedes ser increíblemente específico: determinado olor, luces brillantes, cubos de Rubik, fichas de mah-jongg, instrumentos de viento, parásitos. Aunque relativamente embarazosas, las crisis no siempre comprometen la calidad de vida y, en algunas ocasiones, suponen un beneficio. Algunos de aquellos que sufren una crisis por primera vez de pronto descubren que son capaces de dibujar mejor o de apreciar la poesía. Algunas mujeres incluso disfrutan de orgasmos durante las crisis. Dejando de lado los desencadenantes específicos, las crisis se dan de forma mayoritaria durante momentos de estrés o problemas psicológicos y emocionales. El mejor ejemplo de esto sería Fyodor Dostoyevsky.

Los biógrafos no se ponen de acuerdo si Dostoyevsky sufrió algún ataque durante su juventud, pero él mismo confirmó que la epilepsia apareció sólo tras un simulacro de ejecución en Siberia. Dostoyevsky y otro radicales fueron arrestados en abril de 1849 bajo la acusación de conspirar para destronar al Zar Nicolas. Aquél diciembre los soldados arrastraron al grupo a una plaza nevada con tres altos postes plantados en el centro. Hasta aquél momento los camaradas creyeron que les sentenciarían a trabajos forzados picando piedras. Entonces llegó un sacerdote junto con un pelotón de ejecución y los funcionarios les hicieron entrega de casacas blancas para que se las pusieran: mortajas. Dostoyevsky se puso frenético, más aún cuando un amigo señaló un carro que parecía contener ataúdes. Los soldados arrastraron a los cabecillas del complot hasta los postes y cubrieron sus ojos con vendas blancas. Los pistoleros alzaron los rifles. Transcurrió un minuto agónico. De pronto, bajaron los rifles y un mensajero llegó trotando a caballo con el perdón del zar. En realidad Nicolas organizó toda la farsa para enseñar a los conspiradores una lección, pero el estrés sacó a Dostoyevsky de sus casillas. Y tras pasar varios meses en un campo de trabajo (el zar no les permitió irse libres tan fácilmente), los abusos de los guardias y las duras condiciones meteorológicas finalmente le llevaron al límite, desencadenando su primera gran crisis: convulsiones, espumarajos… todos los síntomas.

Aquella primera crisis redujo el umbral de tolerancia del cerebro de Dostoyevsky y, tras esa primera vez, el más mínimo estrés, físico o mental, podía dar lugar a una crisis. El descorche de un champán, mantenerse en pie toda la noche escribiendo o perder dinero en la ruleta, podrían ser desencadenantes. Hasta una mera conversación podía ser la causa: durante una acalorada disquisición filosófica con un amigo en 1863, Dostoyevsky comenzó a andar arriba y abajo moviendo los brazos, exaltado respecto algún punto. De pronto se tambaleó. Su cara se contorsionó y las pupilas se dilataron, cuando abrió la boca se escapó un quejido: la contracción de los músculos del pecho forzaron que expulsara todo el aire de golpe. La crisis que siguió fue intensa. Un incidente similar ocurrió unos años después cuando se colapsó en el divan del salón en casa de la familia de su esposa y empezó a aúllar de forma clamorosa. Los sueños podían ser otra razón que desencadenara una crisis, tras las cuales mojaba la cama. Dostoyevski comparaba los ataques con posesiones demoniacas y muchas veces transponía la agonía de las mismas en su escritura, incluyendo personajes epilépticos en “Los hermanos Karamazov” o en “El idiota”.

Parte I | Parte III

El cielo es para la neurociencia: Cómo el cerebro crea visiones de dios (I)


Lee el artículo original aquí.

Reconocidas figuras como Juana de Arco o Dostoyevsky aseguraban tener visiones sobrenaturales. Y la respuesta estaba en su cerebro.

entrada13052014

Durante gran parte de la historia, los seres humanos han situado la mente (por extensión, también el alma) no en el cerebro sino en el corazón. Por ejemplo, los antiguos sacerdotes egipcios, al preparar las momias para el más allá, sacaban el corazón completo y lo guardaban en una vasija ceremonial, por el contrario, arrancaban el cerebro a través de las fosas nasales con ganchos de hierro, alimentaban con ello a los animales y llenaban la calavera con serrín o resina (esto no es un comentario jocoso respecto a sus líderes, consideraban cualquier cerebro inútil). La mayoría de los filósofos griegos también consideraban el corazón como la parte más importante del cuerpo. Aristóteles señalaba que el corazón contaba con grandes arterias para lanzar mensajes al resto del cuerpo mientras el cerebro sólo disponía de endebles venas. Además, el corazón se sitúa en el centro del cuerpo, el lugar perfecto para dirigir, mientras que el cerebro está exiliado en la parte alta del cuerpo. El corazón se desarrolla antes en el embrión y responde en sincronía con nuestras emociones, latiendo más rápido o más despacio, mientras el cerebro sólo parece estar ahí. Por lo tanto, el corazón debería albergar nuestras más altas capacidades.

Algunos médicos siempre han mantenido una perspectiva distinta de dónde viene la mente. Ver a tantos pacientes que, al sufrir un traumatismo en la cabeza, pierden alguna de sus facultades, hace pensar que no se trate de una coincidencia. De esta forma, los doctores empezaron a promover una visión “cerebrocéntrica” de la naturaleza humana. Y pese a algunos acalorados debates a lo largo de los siglos (sobre todo respecto a la especialización o no de algunas áreas del cerebro), para el siglo XVII la mayoría de las personas de cierto nivel cultural ubicaban el espíritu en el cerebro. Algunos valientes incluso trataron de localizar una especie de “El Dorado” de la anatomía: el punto exacto del cerebro en el que se encuentra el alma.

Uno de aquellos exploradores fue el filósofo sueco Emanuel Swedenborg, uno de los personajes más estrafalarios de la historia. La familia de Swedenborg hizo una fortuna a finales del siglo XVII gracias a la minería y, pese a provenir de una familia muy pía (su padre escribía himnos para bendecir la mesa cada día y terminó convirtiéndose en obispo) Swedenborg dedicó su vida a la física, la astronomía y la geología. Fue la primera persona en sugerir que el sistema solar se formó por el colapso de una gigantesca nube de polvo espacial y, de la misma forma que Leonardo, abocetó aeroplanos, submarinos y armas de fuego es sus diarios. Sus contemporáneos le llegaron a llamar “el Aristóteles sueco.”

En 1730, al poco de cumplir cuarenta años, Swedenborg se empezó a dedicar a la neuroanatomía. En lugar de diseccionar cerebros, lo que hizo fue ocupar un sillón confortable y dedicarse a devorar una montaña de libros. Basándose exclusivamente en sus indagaciones, desarrolló algunas ideas de una clarividencia pasmosa. Su teoría respecto a que el cerebro contenía millones de pequeñas piezas independientes conectas entre sí por fibras anticipaba la doctrina “neuronal”, dedujo correctamente que el “corpus callosum” permitía la comunicación entre ambos hemisferios cerebrales y determinó que la pituitaria actúa como un “laboratorio químico”. En cada caso Swedenborg afirmó que él sólo había extraido una serie de conclusiones obvias a partir de las investigaciones de otras persona. En realidad, lo que hizo fue reinterpretar de forma radica la neurociencia de la época y la mayoría de sus fuentes serían condenados como lunáticos y/o herejes.

La historia de la neurociencia hubiera adquirido un cariz distinto si Swedenbourg hubiera continuado con sus estudios. Pero en 1743 comenzó a caer en trances místicos. Visiones de caras y ángeles, truenos retumbando en sus oídos, incluso sufría alucinaciones olfativas y táctiles. En medio de estos trances muchas veces se derrumbaba entre convulsiones y una vez un mesonero en Londres se lo encontró envuelto en su camisola de dormir, soltando espumarajos por la boca y desvariando en latín sobre ser crucificado para salvar a los judíos. Swedenborg recuperó la conciencia, insistiendo haber tocado a dios, en otras ocasiones clamaba haber conversado con Jesús, Aristóteles, Abraham y los habitantes de otros cinco planetas (entonces no se conocía la existencia de Urano ni de Neptuno, de lo contrario seguro que se hubiera encontrado con oriundos de allí). A veces sus visiones revelaban respuesta a misterios científicos, por ejemplo, cómo los cuerpos comidos por los gusanos podrían ser recompuestos en el día del Juicio Final. Otros trances era menos trascendentales, como la ocasión en la que compartió un desayuno con ángeles para descubrir que estos seres odiaban la mantequilla. En otra ocasión, dios le gastó una broma pesada transformando su cabello en una maraña de serpientes como la cabellera de la Medusa. En comparación con esas intensas visiones, los placeres de la ciencia palidecían y desde 1744 dedicó su vida a relatas aquellas revelaciones.

Swedenborg falleció en 1772 y la historia devuelve un veredicto escindido respecto a su legado. Sus diarios con sueños eclécticos encandilaron a gente como Coleridge, Blake, Goethe o Yeats. Mientras, Kant le despreció tildándole como el “archi-fanático de todos los fanáticos.” Muchos otros observadores estaban igual de desconcertados ¿Qué pudo transformar a un talentoso y reservado caballero científico en alguien a quien John Wesley llamó “uno de los más ingeniosos, vibrantes y entretenidos locos que jamás haya puesto una pluma sobre el papel”? La respuesta puede ser la epilepsia.

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