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Los tiempos del ser


Ahora ya no soy como era
porque sé lo que viene
después del colorín colorado,
porque nunca he comido perdices
y ya sé
que lo del érase una vez
no va conmigo
-me da alergia -.

Ya no soy como era,
como he sido o como fui,
pero tampoco soy
como voy a ser
o como seré,
mucho menos como podría haber sido.

Ya no lo soy.

Pero no merece la pena llorar
o lamentarse.

No merece la pena jurar y perjurar
que he vuelto a dejar que me engañes.

No porque esté de vuelta de todo
-ni mucho menos-
sino porque hay piedras
en las que merece la pena
volver a tropezar para caer de nuevo.

Qué quieres que te diga;
nunca se me dieron bien
los finales felices.

Trapecista


He caído otra vez,
cuando creí que todo estaba atado
y el trapecio
parecía un columpio,
he vuelto a caer
pensando que todo era seguro,
cuando no sabía si salir de la cama
o lamerme las heridas
o mirarme al espejo
para decir «sólo soy yo».

He vuelto a caer
entre paradojas
y crueldades.

He caído otra vez.
Y sólo me queda rezar.

Instante polaroid


Seguirá siendo fría la aurora
cuando el destino
vuelva a reunirnos
y reconozcas mi cara
entre la multitud.

No podrás negarlo
porque tu condena será
no olvidarme.

Entonces pararás el tiempo.

Días en los que intenté vivir


No sería más de las tres,
o tal vez sí,
pero no importa,
y trataba de resolver
problemas pendientes,
eso sí que no importa,
la cuestión
es que la respuesta
nunca pareció tan acertada.

Los días en los que intenté vivir
se convirtieron
en recortes de periódicos
en una hemeroteca abandonada.

Apuraba el último rastro de alcohol,
mirando más allá de la melancolía.

Lo único que encontré
fue lo que nunca quise hallar.

Aún faltaba demasiado para que amaneciera.

Los días en los que intenté vivir
se convirtieron en polvo,
nunca fueron más que un desengaño,
pero no me importó.

No me importó.

Retrato


Lo sabía.
Sabía que eras uno de esos
que vende orgasmos a plazos
cuando las mañanas
rayan el cristal
de las ventanas.

Instrucciones para cargar el teléfono móvil


El otro día, ojeando «Historias de cronopios y de famas» de Cortázar volví a releer el mínimo y maravilloso artefacto literario que es «Instrucciones para dar cuerda al reloj» e, inmediatamente, pensé que en la vida actual no nos preocupa tanto dar cuerda al reloj como quedarnos sin batería en el teléfono móvil. Por eso me atrevo a actualizar a Cortázar. Por favor, disculpad mi osadía.

Preámbulo a las instrucciones para cargar el teléfono móvil

Piensa en esto: cuando te regalan un teléfono móvil te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el teléfono móvil, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, americano el último en el mercado; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te guardarás en el bolsillo y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su funda de protección como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de cargar su batería todos los días, la obligación de cargar su batería para que siga siendo un teléfono móvil; te regalan la obsesión de atender a la vibración de cada notificación, de cada mensaje. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu teléfono móvil con los demás teléfonos móviles. No te regalan un teléfono móvil, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del teléfono móvil.

Instrucciones para cargar el teléfono móvil

Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el teléfono móvil con una mano, tome con dos dedos el extremo del cargador e introdúzcalo, conéctelo a la red suavemente. Cuando la batería esté plena de energía se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.

¿Qué más quiere, qué más quiere? Guárdelo pronto en su bolsillo, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra la batería, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del teléfono móvil, gangrenando la fría sangre de su procesador. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

Por cierto, que si deseáis leer el original, podéis encontrarlo en este enlace.

Fausto


Hay momentos
en que eres tan inocente
como un niño
con una granada en el bolsillo.

Otras veces
tus labios
se desvelan como minas.

Desconcierto.

Y tus gestos
abarcan todo el espacio
todo el tiempo
y me robas
el horizonte.

Anhelo.

Cuando me despisto
descubro la traición
de un temblor
-leve-
en tus palabras.

Escarnio sobre tus labios.

Y el reloj avanza.

No puedo suponer
ni imaginar
otra forma de odiarte
más que fingir desprecio.

Desconcierto.

Es que no sé por donde vienes.

Es que no sé adonde vas.

¿Crees que en algún momento
podrás devolverme el alma?

Tocar tierra


Puedo hacerlo.

De verdad.

Aterrizar
y llenarme las rodillas
de tierra
y el alma de arañazos,
los ojos
de arena.

Tocar tierra
no debe de ser tan difícil
una vez has conseguido volar,
después de haber despegado
y compartir con Ícaro
alas y trayectos.

No puede ser difícil.

Tengo que hacerlo.

Después de remontar el vuelo
tocaré tierra,
sin querer y sin poder,
como si hubiera caído
de un columpio
en desordenado vaivén.

Podré hacerlo.

Volar y tomar tierra.

Como uno de esos sueños.

Sé volar
y voy a hacerlo.

Aunque luego despierte.

Escribo sexo


Escribo sexo
con las letras de tu nombre,
con las ropas
esparcidas por el cuerpo,
con tu peso tibio
sobre el colchón.

También escribo deseo
pero se mezcla con recuerdo,
no del todo,
como aceite y agua.

Junto la s con la e,
añado una x
concluyendo con la o…
relleno un crucigrama
sin definiciones.

Es difícil.

Lo sé.

Cuántas veces
puedo tropezar contra
los mismos muros de hormigón.

Me vence el cansancio
de este castigo
que se escribe como el tedio
también con las letras de tu nombre.

Y tristeza,
no nos olvidemos de ella,
que también tu nombre
me sirve para escribir
sobre ella,
y tacharla
y escupirla
e irla desterrando de los diccionarios.

Adicción


… y a un lado las maletas,
las fotos en sepia
y las tendencias pirómanas.
No digas que no te lo advertí,
que siempre te mostré mi humo,
que no te oculté mi hoguera.

Fue después de mucho tiempo
buscando
cuando encontré el rescoldo.

Después de mucho tiempo
que me volví adicto
a los corazones rotos
adicto
a los ojos negros
adicto
a las causas perdidas
y las batallas ganadas
adicto
a hacer maletas
adicto
a deshacer lazos,
todo lo que puedo haber sido
ya no significa nada.

No nos engañemos.
Nunca te he mentido.
Nunca.
Ni cuando estaba acorralado.
Tampoco cuando no distinguía
entre el deseo y el desespero.
Nunca.
No te escondí mi humo.
Tampoco mi hoguera.

Ni mis tendencias pirómanas.