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Adicción


… y a un lado las maletas,
las fotos en sepia
y las tendencias pirómanas.
No digas que no te lo advertí,
que siempre te mostré mi humo,
que no te oculté mi hoguera.

Fue después de mucho tiempo
buscando
cuando encontré el rescoldo.

Después de mucho tiempo
que me volví adicto
a los corazones rotos
adicto
a los ojos negros
adicto
a las causas perdidas
y las batallas ganadas
adicto
a hacer maletas
adicto
a deshacer lazos,
todo lo que puedo haber sido
ya no significa nada.

No nos engañemos.
Nunca te he mentido.
Nunca.
Ni cuando estaba acorralado.
Tampoco cuando no distinguía
entre el deseo y el desespero.
Nunca.
No te escondí mi humo.
Tampoco mi hoguera.

Ni mis tendencias pirómanas.

Esa memoria de agua


Esa memoria de agua
justo al borde de tus dedos,
sal y precipicio
donde el tiempo te mira
desde atrás
y no sabes cómo pedir perdón
por dar la espalda.

Esa memoria
que aún no es.

Memoria de agua
en un mar
que el tiempo
se encargará de convertir
en desierto.

¿Qué quieres que diga?

Ahora el fragor de la batalla
ha dejado mis labios heridos.

Recuento de bajas.

Memoria de agua
que me ata
como un as de guía.

Mi cuerpo de noray.

Tus manos de mar
y tierra adentro
donde el agua
es el delirio
de un demente.

Tu delirio,
el desprecio
por lo que vendrá,
la alergia a los tiempos verbales
del presagio y de la premonición.

Y otra vez la memoria,
la maldita memoria de agua
que recupera canales olvidados,
dominios anegados
antes de ser desiertos.

Ven.

Que te voy a enseñar un olvido
en el que nunca has estado;
la triste sordidez
de las habitaciones vacías
que construyen mi cuerpo,
los laberintos sin salida
de una cinta de Moebius.

Ven.

Que la memoria de agua
convertirá el antes
en después
y el ahora
en mañana.

Ojos de ti


No hace falta
repetir las excusas de la inmediatez,
del deseo apresurado
que apenas se encuentra
en la punta de los dedos.

No hace falta.

No.

En serio,
no es necesario
seguir bebiendo de tu sed
y llevar mis ojos llenos de ti.
Mis ojos vacíos.
Llenos.
Ojos.
De ti.

Nunca he creído
en el después
porque nunca se sabe
qué demonios pasa
tras el colorín colorado.

¿Quién iba a creer
que, por una vez,
rezaba con la fe
de quien está
al borde de un precipicio?

Fe.
Y naufragios.
Náufrago de mi mismo.
Condenado a llamarme
Viernes
cuando me quito la careta
de Robinson.

Mis ojos llenos de ti.
Vagando entre rostros.
Ojos vacíos.
Llenos.
Ojos de ti.

Ahora se pudre la fruta
y en cada hachazo
me desnudo un poco más.
Sólo un poco.
Más.

Fe y naufragios.
Ojos de ti.
Sentimiento esterilizado
que perdí en la mudanza.

Abandono


Abandono
la búsqueda
de soledades premeditadas,
los silencios envueltos
en papel de aluminio
en la segunda balda
de la nevera.

Me retiro de los llantos
de la ropa recién colgada
y de los desastres,
sobre todo de los desastres,
de aquellos que me esperan
tras el hundimiento del buque.

También renuncio
a las esperas.

Porque sí.

A partir de ahora
no querré otro silencio
de pasos perdidos.

Porque se me ha arañado el alma,
mi alma
se ha herido
con un rastrillo
de jardines secos,
con la cuchilla
de un patín para el hielo,
con el desdén de las nubes.

Lloraré
por todos los muertos
que en el mundo han sido
y también por los ataúdes vacíos,
más aún por esas cajas vacías
que buscan un dueño,
un nombre,
una esperanza…

(Fuente foto: http://www.morguefile.com/archive/display/659240)

Diferentes estadios de tu desnudez (y 4)


Tras el resto de la piel,
el pelo,
tus labios
y la saliva,
tras el sudor
y el semen,
tras todo eso,
pequeñas escaramuzas
de aprendiz de mosquetero.

Un tiempo para la distancia.

Una distancia para el tiempo.

Tregua en tu batalla
antes de continuar la guerra.

Cuenta atrás.

De nuevo tu piel y tus manos,
tus besos
con lengua
y nuevas escaramuzas
en las que perder
la guerra.

Diferentes estadios de tu desnudez (3)


Tu pelo arremolinado
tras la batalla.

Después del fuego
queda el rescoldo
de marcas rosadas
sobre la piel de trigo
de tu espalda.

Ahora conozco tu cuerpo.

Ya no es como antes.
Ya no.
Ya no podrá serlo.

Ahora he conocido
tus continentes y tus mares,
tus valles,
tus ríos,
tus montañas.

He trazado un minucioso mapa
de lo desconocido,
poniendo mi bandera
en cada cima y cada llanura,
en cada nuevo territorio.

Ahora formas parte
de mi atlas.

Diferentes estadios de tu desnudez (2)


entrada_12062014

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Agua.

Mares y galernas
entre tus piernas.

Soy la costa
y el acantilado
y la playa.

Bienvenido a casa,
tú, mi náufrago.

Lanza el mensaje en la botella,
ahora que estás a salvo.

Compartimos el aire,
cercanía entre nuestras bocas,
hambrientas de pecado.

Depredo sobre tus labios.

Vuelvo a casa,
yo, caníbal de causa perdida.

No soy la pregunta
ni la respuesta
ni el deseo
ni el deseado.

Ven a mí, mi náufrago
que yo soy el caníbal
de tu isla.

Diferentes estadios de tu desnudez (1)


entrada_1006014

Primero, los zapatos,
víctimas inermes de tu desprecio.

En tu boca
el simulacro de una sonrisa
antes de empañarse
con el jersey
y convertirse en una mueca.

Tras la camisa,
tu piel de trigo,
geografía desconocida;
terra incognita
en cualquier mapa
a escala 1:25.000.

Cinturón.
Botón.
Cremallera.
Tus escurridas caderas

al final de tus piernas.

Tu ropa interior
como telón de fondo.

El escenario


entrada_05062014

La ciudad muere
entre convulsos estertores
que tienen eco en el abismo.

Despierto.

La ciudad muere
y yo despierto
y estoy desarmado
ante los envites
del luto.

Me desperezo entre brumas
que siempre son blancas y frías
y raramente dulces y oscuras,
tinieblas de alquiler
sobre la tramoya.

La ciudad muere
como cada día
y, como cada día,
la rutina
da paso a las costumbres
que camuflan el olvido.

Y en medio,
la tregua del aburrimiento.

Lentamente me desperezo
mientras la ciudad muere
y ante mis ojos se desvelan
con prístina claridad
los contornos de las rutinas,
para volver a dormir
para dormir en el mar

Elegías / Silogismos


Un viaje en transporte público,
un trastornado drama
de película de sobremesa,
un beso anegado de trigo,
una meseta en la que
se agotan las miradas.

Cierta candidez fingida,
éste destino indeciso
de pasos de tango,
tal vez la revelación definitiva,
quizás la incertidumbre que
se esconde de sí misma.

Una pasión de esquimal,
un lunes cualquiera
donde no existen las tres y cuarto,
una embriaguez simulada,
un adolescente huraño
se oculta de los reyes magos.

Cierto adjetivo esdrújulo,
éste barullo afónico
de escándalos infundados,
tal vez la mañana atemporal,
quizás la voz de alarma que
se agota en su principio.

En resumen,
por aquello de agotar las posibilidades,
la colección de hastíos
con la que jalonar la vuelta al precipicio.

mp3: New Order «Elegia»