Todas las entradas por antoniofse

Criticando el mundo desde 1976

Diferentes estadios de tu desnudez (1)


entrada_1006014

Primero, los zapatos,
víctimas inermes de tu desprecio.

En tu boca
el simulacro de una sonrisa
antes de empañarse
con el jersey
y convertirse en una mueca.

Tras la camisa,
tu piel de trigo,
geografía desconocida;
terra incognita
en cualquier mapa
a escala 1:25.000.

Cinturón.
Botón.
Cremallera.
Tus escurridas caderas

al final de tus piernas.

Tu ropa interior
como telón de fondo.

El escenario


entrada_05062014

La ciudad muere
entre convulsos estertores
que tienen eco en el abismo.

Despierto.

La ciudad muere
y yo despierto
y estoy desarmado
ante los envites
del luto.

Me desperezo entre brumas
que siempre son blancas y frías
y raramente dulces y oscuras,
tinieblas de alquiler
sobre la tramoya.

La ciudad muere
como cada día
y, como cada día,
la rutina
da paso a las costumbres
que camuflan el olvido.

Y en medio,
la tregua del aburrimiento.

Lentamente me desperezo
mientras la ciudad muere
y ante mis ojos se desvelan
con prístina claridad
los contornos de las rutinas,
para volver a dormir
para dormir en el mar

Google contra nuestra humanidad: cómo Internet nos está transformando en robots


Cada vez más, nuestras vidas se están automatizando ¿qué consecuencias acarreará?

entrada_04062014
Según el último informe del Centro de Investigaciones Pew (Pew Research Center) para el 2025, cuando el Internet de las Cosas esté establecido nuestras vidas mejorarán de forma dramática. Según señala Janna Anderson, coautora del documento, los expertos esperan “un cambio positivo en la salud, transporte, compras, producción industrial y medio ambiente.” Mientras que estas son posibilidades completamente válidas, es preocupante que no se preste demasiada atención a algo que va más allá de los potenciales problemas de privacidad: el coste moral de dejar nuestras decisiones en manos de aparatos inteligentes conectados a la red.
Consideremos nuestras tareas diarias una vez el Internet de las Cosas esté generalizado. Los responsables del informe prevén que estaremos rodeados de elementos más llenos de vida que las escobas mágicas que aparecen en “Fantasia de Walt Disney”: bricks de leche que informan al supermercado de que se han terminados; cepillos de dientes en conexión directa con nuestro odontólogo; recomendaciones de viaje personalizadas en función de nuestras preferencias gastronómicas; ropa inteligente que nos anima a hacer ejercicio; aparatos que señalan cómo queremos que nos traten los demás; e inteligencias artificiales que hagan nuestras compras personales.
Es más que probable que sea Google quien lidere algunas de estas innovaciones. Como indica Hal Varian, jefe económico de la compañía, en declaraciones para el análisis del Centro Pew: “Hace siglos, los ricos tenían sirvientes y, en el futuro, todos tendremos cibersirvientes.” Por lo que parece, donde quiera que vayamos, habrá un ayuda de cámara que nos hará seguimiento, evaluará nuestro comportamiento, nos dirigirá hacia nuestras metas y anticipará nuestras necesidades.
De primeras, suena maravilloso tener a nuestra disposición un mayordomo personal que trabaja incansablemente para satisfacer nuestras necesidades sin el problema de que tenga sentimientos. Pero antes de empezar a celebrarlo debemos considerar cierta precaución.

El autor de “The Psychodynamics of Social Networking (La psicodinámica de las redes sociales)”, Aaron Balick puso el dedo en la llaga de la externalización del trabajo cuando dijo a los investigadores de Pew: “Los aspectos positivos pueden verse reducidos por la creciente confianza en la externalización en tecnologías que se basan en algoritmos, no en las necesidades humanas… Podemos perder de vista nuestros propios deseos, nuestras voluntades, como esos conductores de los que hemos oído hablar que confiaban tanto en su GPS que terminaban en los lugares más inverosímiles pese a la evidencia contraria del mundo real.”

Balick tiene razón al preocuparse por la reducción de nuestra autonomía cuando una guía crónica computacional coreografíe nuestras idas y venidas. Pero también debemos considerar un problema existencial, una alienación que tendrá profunda consecuencias para los que consideramos significativos nuestros proyectos y nuestras relaciones. Bienvenidos a la delegación engañosa.

Cuando delegamos las tareas más arduas de la vida diaria a omnipresentes tecnologías que dirigen nuestro comportamiento imbricándose en un segundo plano, ocurren dos cosas íntimamente relacionadas entre sí. Nos desconectamos de la toma de decisiones. Y somos susceptibles de creer que nos merecemos el mérito por los aparatos que están actuando en nuestro lugar haciendo un buen trabajo.

La delegación engañosa es un llamativo rasgo de las representaciones sociológicas de nuestras relaciones actuales con nuestros subordinados. De hecho, cuando Arlie Russell Hochschild transmite la duplicidad emocional que hay en juego en la labor de un planificador de boda, bien podría estar señalando por qué el Internet de las cosas nos está llevando en dirección hacia la colisión contra una falsedad generalizada.

En “The Outsourced Self: What Happens When We Pay Others To Live Our Lives For Us (El yo externalizado: qué ocurre cuando pagamos a otros para que vivan nuestras vidas)” Hochschild examina el creciente número de tareas que el mercado contemporáneo nos permite delegar en ayudantes contratados, consultores y sustitutos. Dedica un capítulo a los planificadores de boda porque su trabajo ejemplifica las complicaciones de la externalización. Por una parte, se responsabilizan de proveer a los clientes de experiencias personalizadas que hagan del gran día algo especial. Para lograrlo, el planificador necesita conocer la esencia de los gustos y preferencias de los clientes para poder crear eventos que reflejen una personalidad única. Por otra parte, los planificadores de bodas se ven desposeídos de forma efectiva de su esfuerzo hercúleo. Transfiriendo un sentido de consecución permite a los novios tomar las riendas del ritual y mantener un apego emocional a su organización y ejecución.

“Así que parte de contratar el trabajo de un especialista significa que alguien se hace cargo del vínculo emocional de un acto (sentirse ansioso por que algo no vaya a estar en el sitio correcto para luego tranquilizarse al verlo ahí)” explica Hochschild. “Y parte del trabajo es devolver el vínculo emocional a la pareja, de forma que se sientan tan involucrados como si se hubieran encargado ellos de los detalles.”

Cierto es que este ejemplo sólo compete a las parejas que pueden permitirse pagar este tipo de eventos. Pero aún así, la experiencia descrita por Hochschil puede generalizarse. Ocurre cada vez que alguien o algo se encarga de nuestra tarea y se nos felicita o se nos critica por el resultado. Un ejemplo sería el jefe de equipo que es criticado por sus superiores porque el equipo de ventas que ha escogido él personalmente no está llegando a objetivos. En lugar de reconocer la amarga realidad que supone el hecho que la compañía está vendiendo productos que los consumidores no quieren, prefiere culpar a los subordinados en cómo se aproximan a la venta, y enfoncándose en cómo cambiarían las cosas si fue él quien hiciera las llamadas).

Cuando entra en juego el sentimiento de culpa, podemos encontrar tremendamente atractivo usar a un tercero como cabeza de turco y crear una distancia con la causa más cercana al desastre, quizás incluso proclamando que si nos hubiéramos involucrado más las cosas se hubieran hecho mejor. Pero lo cierto es que la seducción de la mala fe sigue siendo poderosa cuando los resultados son buenos y nos proclamamos la llave del éxito.

Cuando recibimos un cumplido, es difícil no querer llevarse el mérito por lo que se está reconociendo. Si en el futuro consigues un espaldarazo por lograr tus objetivos de dieta y ejercicio ¿crees que tu yo del futuro compartirá el mérito con el sistema de navegación inteligente que evitó que pasaras por locales de comida rápida y la prenda inteligente que incrementó tu fuerza de voluntad digital? Si no lo haces, tampoco nadie te va a decir nada porque las herramientas que componen el Internet de las Cosas no están programadas para tener egos heridos o quejarse de que sus esfuerzos son minimizados.

Tal vez, el Internet de las Cosas esconde una dimensión clasista. Si empezamos a engañarnos a nosotros mismos creyendo que la tecnología puede ser nuestro apoderado sin influencia en nuestra biografía, seremos tan viles como las élites privilegiadas que se atribuyen todo el mérito cuando lo único que hacen es disponer del trabajo que se ha hecho para ellos.

Puedes leer aquí el artículo original

Elegías / Silogismos


Un viaje en transporte público,
un trastornado drama
de película de sobremesa,
un beso anegado de trigo,
una meseta en la que
se agotan las miradas.

Cierta candidez fingida,
éste destino indeciso
de pasos de tango,
tal vez la revelación definitiva,
quizás la incertidumbre que
se esconde de sí misma.

Una pasión de esquimal,
un lunes cualquiera
donde no existen las tres y cuarto,
una embriaguez simulada,
un adolescente huraño
se oculta de los reyes magos.

Cierto adjetivo esdrújulo,
éste barullo afónico
de escándalos infundados,
tal vez la mañana atemporal,
quizás la voz de alarma que
se agota en su principio.

En resumen,
por aquello de agotar las posibilidades,
la colección de hastíos
con la que jalonar la vuelta al precipicio.

mp3: New Order «Elegia»

Mirada de bolero


«Sí» y «no», «mañana» y «cuando»
quiebran agudas puntas
de inútiles saetas
en tu silencio liso
sin derrota ni gloria.

Sin voz, desnuda, Pedro Salinas

entrada_29052014

Un rastro amargo
de una trampa
de una indefensión,
una intimidad impostada
que afloraba en momentos
en que eras tu contra el mundo
en que era sólo yo
contra mí mismo
sometidos a la carnalidad
de un lecho inexpugnable.

Persiguiendo caminos,
tarareando canciones
con telas de araña
en las semicorcheas,
leyendo tu rostro en Braille,
jugando a unir los puntos
sobre tu espalda,
escudándome en el deseo
que yo quería encontrar
en tu mirada de bolero.

Creo que la trampa de ser indefenso
me valió para hacer del tiempo
mi escudo
y mi lanza,
de los adjetivos
puntualizaciones blindadas
contra los martirios,
de tu mirada
(promesa de hierba)
la necesidad de ser chivo expiatorio.

mp3: Silvio Rodríguez «Desnuda y con sombrilla»

Expertos en todología


entrada_28052014

Muy poca gente es capaz de evitarlo: cuando alguien te cuenta que está leyendo el best-seller del momento, no importa cuál sea o que lo hayamos leído o no, todos nos vemos capaces de dar nuestra opinión. ¿Y en qué la basamos? Nuestras opiniones sobre “Cincuenta sombras de Grey” y en la forma que está escrito parece que nos llegan por inspiración divina, cuando lo cierto es que proceden de distintas fuentes de las redes sociales. No necesitamos leer los artículos completos o sesudos ensayos y críticas al respecto, nos basta con leer los titulares y las entradillas para convertirnos en críticos expertos sobre el tema.

¿Que ha habido “edredoning” en el último reality show de Telecinco? ¿O que la hija de una tonadillera de conocido bigote ha decidido cambiarse de sexo? Podríamos ver el vídeo correspondiente o leer un artículo al respecto pero eso nos llevaría demasiado tiempo. Sólo con revisar Twitter y Facebook y entrar en un par de artículos es suficiente para formarnos una opinión y pontificar sobre el tema. Y ya que hablamos de pontificar, no hemos oído una homilía completa del actual Papa, mucho menos leer alguno de sus artículos, pero hemos revisado los suficientes tuits suyos retuiteados por gente a la que seguimos en Twitter como para poder decir que su posición sobre desigualdad y justicia social es tremendamente progresista.

Nunca había sido tan fácil como ahora fingir que sabemos sobre tantas cosas como ahora sin saber nada en absoluto. Cogemos temas, piezas relevantes que se repiten Facebook, Twitter o newsletters y las regurgitamos. En lugar de ver “Mad men” o el final de liga o un debate político, nos dedicamos a leer el timeline de alguien que lo tuitee en directo o a leer el resumen al día siguiente. Nuestro canon cultural se está viendo limitado a aquello que obtiene más clicks.

Ahora mismo lo que sufrimos es la constante presión de saber de todo en todo momento, a menos que queramos quedar como analfabetos culturales. De esta forma podremos sobrevivir a una conversación de ascensor, una reunión de negocios o una fiesta, de manera que podemos publicar, tuitear, comentar o whatsapear como si hubiéramos visto, leído, mirado y escuchado. Lo que importa la mayoría de las veces no es que hayamos consumido el producto de primera mano, sino que sepamos que existe y desde la opinión que nos hemos formado al respecto, ser capaces de que nuestro interlocutor se involucre. Estamos llegando a conformar un pastiche de pseudoconocimiento que no deja de ser un nuevo modelo de todología.

No es que mintamos cuando demos la razón a un colega sobre lo que comenta respecto a una película o un libro que ni hemos visto, ni leído, ni siquiera revisado la crítica. Hay grandes posibilidades que nuestro interlocutor simplemente repita las mordaces observaciones de alguien en su timeline o en su muro. Gran parte de las interrelaciones conversacionales se construyen a partir de unos cuantos datos extraídos de la revisión diaria de las aplicaciones de nuestros teléfonos móviles. Al fin y al cabo, a nadie le gusta quedar como la persona que no está al corriente de la temporada de “Juego de tronos” al ritmo de emisión de Estados Unidos, menos aún de la serie coreana de la que toda la gente entendida habla sin parar.

Cuando quiera que cualquiera en cualquier lugar menciona cualquier cosa, nosotros debemos fingir conocer el tema. Incluso parecer expertos. Los datos se han convertido en nuestra moneda de cambio. Y hablando de moneda, el ejemplo perfecto sería la Bitcoin, algo de lo que no dejamos de hablar pero que parece que nadie llega a comprender del todo.

Es comprensible que una de las partes, o ambas, en una conversación pueden tener una idea somera sobre el tema que están tratando. Todos estamos muy ocupados, más que ninguna generación hasta ahora. Y como nos pasamos el día mirando nuestros teléfonos y nuestras pantallas, mandando mensajes y tuiteando sobre lo ocupados que estamos, ya no tenemos demasiado tiempo para consumir información de primera mano. En lugar de eso, confiamos en la gente a la que “seguimos” o en nuestros “amigos” o eso es lo que creemos.

¿Quién decide qué debemos saber, qué opiniones debemos tener en cuenta, qué ideas podemos reciclar como propias? Parece ser que los algoritmos puesto que tanto Google, como Facebook o Twitter y el resto del complejo de redes sociales post-industriales confían en estas herramientas matemáticas para saber qué estamos leyendo, viendo y comprando.

Hemos externalizado nuestras opiniones en este bucle de datos que nos permitirá mantener las apariencias en una cena en la mientras parece que se está hablando de “El Gran Hotel Budapest” lo que realmente se hace es comparar las fuentes de redes sociales, mientras nadie reconoce que está completamente perdido en la conversación. En lugar de eso asentiremos mientras decimos “He escuchado algo” o “Me suena un montón”, lo que normalmente quiere ser una declaración sobre nuestro absoluto desconocimiento del tema en cuestión.

Ahora la información está en todas partes, nos someten a un constante flujo que está en nuestras manos, en nuestros bolsillos, en nuestros portátiles, nuestros coches, hasta en la nube. El flujo de datos no puede controlarse. Fluye en nuestras vidas como una marea creciente de palabras, hechos, bromas, chascarrillos, GIFs, cotilleos y comentarios que amenazan con ahogarnos. Tal vez el temor a ahogarnos es lo que está detrás de nuestra insistencia de que hemos visto, hemos leído, hemos sabido. Es una manera poco convincente de considerarnos a flote.

Así nos encontramos braceando desesperados, haciendo observaciones sobre memes de cultura pop, porque admitir que nos hemos quedado atrás, que no sabemos de lo que se está hablando, de que no tenemos nada que decir sobre cada tema que aparece en nuestra pantalla, es estar muerto.

Traducción y adaptación del artículo original de Karl Taro Greenfeld «Faking cultural literacy» para New York Times

Daño colateral


entrada27052014

No es tu sexo lo que en tu sexo busco
sino ensuciar tu alma

Diario de un seductor, Leopoldo M. Panero

Sin apenas dudarlo
rebusco en tu alma de madelman
el ánimo soliviantando
del que tantas veces
a sagrado trató de acogerse
en camas ajenas.

Lúbrico.

Voyeur.

Descarado.

Escarbarse las entrañas.

Confesar debilidades ajenas.

Daño colateral del silencio.

Nuevos intentos
habituales opiniones
sumido en la críptica jerigonza
con la que intentar evitar el dolor…
práctica y estrategia
de automutilaciones.

Y vivir de la mendicidad
de los minutos.

mp3: Muse «Blackout»

Palabras que aún no acepta la RAE: Gentrificación


Dentro de los términos y los conceptos también existe la moda. Hace años fue la “globalización”, durante meses vivimos pendientes de la “prima de riesgo” y recientemente sufrimos el “twerking” o el “selfie”.

Gentrificación” es otro de estos nuevos términos que aparecen en nuestras vidas y que no sabemos exactamente qué quieren decir pero los utilizamos de todas maneras. Debemos prestarle atención, máxime cuando es una cuestión que afecta directamente a los espacios en los que habitamos y que se deriva de la especulación, una de esas razones que nos ha metido en el jardín de la crisis.

Tómese un espacio urbano ya desarrollado, cuanto más céntrico mejor y del que las instituciones públicas se olviden, condenándolo a un progresivo deterioro y una inevitable degradación. En muchas ocasiones, estos espacios son habitados por gente de edad avanzada en edificios con indudables carencias (ascensores, eficiencia energética,…) El descalabro en el valor del espacio se ve acompañado por la falta de pequeños negocios que puedan competir con los grandes gigantes que están instalados en los centros urbanos, junto con la aparición de «dudosa calaña» ¿Conocéis la calle Desengaño en Madrid? Pues es perfecto ejemplo de lo que estamos hablando. Pero la gentrificación afecta a todo el barrio de Malasaña, como antes ocurrió en Chueca o en el Born en Barcelona. Así se obtiene la degradación de un espacio céntrico en el que especular para sacar el máximo beneficio.

https://www.flickr.com/photos/jafsegal/2304968114/
https://www.flickr.com/photos/jafsegal/2304968114/

Una vez el espacio está degradado, con el consecuente malestar vecinal, los gobiernos (especialmente en épocas electorales) tienden a buscar soluciones con las que tratan de embaucar a sus potenciales electores. Así, de la mano de distintas empresas privadas buscan soluciones para poner de nuevo en valor el barrio.

En líneas generales, el primer paso suele ser la reactivación del comercio, pero no el tradicional, de pequeñas tiendas de consumo diario, sino de locales que aporten cierto grado de exclusividad y valor añadido. Los locales dedicados a la hostelería más tradicional, van perdiendo peso, frente a espacios de cuidado diseño y propuestas vanguardistas. Los renovados locales atraen a gente de fuera del barrio que empiezan a desarrollar vida en el mismo. A lo mejor a Paca, la vecina del 4º con su pensión de jubilada, no le interesan las nuevas zapatillas All Stars ni le apetece tomar un gin-tonic premium con frutas del bosque y tónica de azahar. Pero el emprendedor que sigue las tendencias no dudará en desplazarse al centro para conseguir esa exclusividad. Así cazan al mercado objetivo. Y una vez se atrae a esa gente al barrio (la que tiene dinero, a la que las empresas pueden exprimir y que ya están enganchadas a lo exclusivo que les da la zona) llega el momento de echar a la gente que no resulta tan rentable. Lo que quieren vender es una nueva forma de vida en la que se habita y se consume en el mismo espacio y, si no puedes consumir en dicho espacio, tal vez Paca la del 4º tenga que plantearse que no debe de vivir ahí.

Tampoco es baladí el hecho que las viviendas de estos espacios son muy diferentes a las que se construyen en la actualidad, especialmente en el tamaño, a veces superior a los 100 m2, y en su distribución. ¿Para qué quiere Paca una casa tan grande para ella sola? ¿Y la gente joven que es objetivo de los especuladores? Esos no conocen ni lo que es semejante área. Así que gran parte de los edificios que se han ido quedando vacíos, previa venia del ayuntamiento de turno, son remodelados buscando un modelo más «acorde con las necesidades de los individuos que van a ocuparlos» y de espacio más reducido. Es decir, se aumenta el número de viviendas existentes y se reduce la superficie de las mismas, rentabilizando de forma óptima el espacio.

https://www.flickr.com/photos/jafsegal/4373690544/in/set-72157621905134894
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De esta manera se aúnan servicios de alto valor, con cierto halo de exclusividad, con espacios residenciales a los que se les transfieren dichas características (aunque los paneles de pladur ni sean de alto valor ni demasiado exclusivos).

En conclusión, se fuerza el desarrollo de un nuevo tejido urbano en el que no tienen cabida ni los comercios tradicionales ni la población envejecida en aras de una ocupación más intensiva del espacio. Eso es lo que se llama gentrificación. Próximamente en todas sus pantallas.

Coda: Paca la del 4º se ha ido a vivir con su hijo, su nuera y sus dos nietos al apartamento en la Manga del Mar Menor que ganó cuando participó hace veintiocho años en el “Un, dos, tres”. Todos con la pensión de ella. Pero eso es una historia que contaremos en otra ocasión.

Adoctrinamiento sincrético para relojes de arena


El tiempo pasa mientras miras a otro lado

Elegy, Isabel Coixet

Si alguna vez lees ésto has de saber
que mis palabras están
cada vez más lejos del mar
(que tome nota el apuntador )

Si hace falta levar anclas
de éste yermo baldío,
huyamos del sincretismo hastiado
de la blasfemia
y los desiertos a escala de los relojes de arena
mientras que, con la crueldad
de los cuentos de hadas, sonreímos.

Si alguna vez has escuchado lo que he dicho
has de saber y sabrás
que por más que haya representado
mi papel (éste premio
se lo dedico a mi chivato )
nunca supe cuál era mi sitio.

mp3: Joan Manuel Serrat  «Dondequiera que estés»

El cielo es para la neurociencia: Cómo el cerebro crea visiones de dios (y III)


Lee el artículo original aquí.

El despertar espiritual de los epilépticos del lóbulo temporal.

entrada15052014

Se da por seguro que Dostoyevsky sufría de epilepsia del lóbulo temporal (que se sitúa tras las sienes envolviendo literalmente el cerebro, como una especie de orejeras). No todos los epilépticos del lóbulo temporal convulsionan, pero muchos experimentan una distintiva aura. Las auras son visiones, sonidos, olores u hormigueos que se dan justo cuando comienzan los ataques, un presagio de las cosas peores que están por venir. La mayoría de los epilépticos experimentan auras de algún tipo, y la mayoría de los que sufren de epilepsia pero no en el lóbulo temporal, las encuentran desagradables: algunos desafortunados notan un hedor a heces quemadas o notan hormigas caminando bajo su piel. Pero por alguna razón (quizás porque las cercanas estructuras límbicas son aceleradas) las auras que se originan en el lóbulo temporal se sienten más ricas emocionalmente y muchas veces con un cariz sobrenatural. Algunas víctimas sienten que sus “almas” se unen con alguna divinidad (por eso los antiguos doctores denominaban la enfermedad sagrada). Por su parte, las crisis de Dostoyevsky se veían precedidas por una rara “aura mística” en la que sienten una ducha tan intensa que dolía. Como dijo a un amigo “Tal gozo sería inconcebible en una vida normal… una completa armonía entre yo y el mundo entero”. Después se sentiría destrozado: magullado, deprimido, acosado por sentimientos de maldad y culpa (motivos comunes en su ficción). Pero Dostoyevsky insistía en que los sufrimientos merecían la pena: “Por un breve instante de gozo daría diez o más años de mi vida, incluso mi vida entera.”

La epilepsia del lóbulo temporal, ha transformado la vida de otras personas de una forma similar. Parece que todos los seres humanos disponen de conexiones mentales que reconocen ciertas cosas como sagradas y nos predisponen a sentirnos un tanto espirituales. Sólo es una característica de nuestro cerebro. Pero parece que las crisis de los lóbulos temporales parecen sobreestimular dichas conexiones y normalmente dejan a sus víctimas con una sensación intensamente religiosa, como si una deidad les bendijera con su presencia. Aunque las víctimas no se conviertan en religiosas, su personalidad normalmente se modifica de forma previsible. Empiezan a preocuparse por la moralidad, normalmente perdiendo su sentido de humor por completo (Las líneas jocosas son escasa en Dostoyevsky). Se vuelven obstinados en las conversaciones, continuándolas pese a las señales de aburrimiento de su interlocutor. Y por alguna desconocida razón, muchos de los pacientes empiezan a escribir de forma compulsiva. Pueden dedicarse a rellenar página tras página de ripios y aforismos, o copiar letras de canciones y etiquetas de latas de comida. Aquellos que visitan el paraíso, normalmente detallan sus visiones de forma minuciosa.

Basándose en estos síntomas, en concreto en la rectitud y el repentino despertar espiritual, doctores modernos han retrodiagnosticado ciertos iconos religiosos como epilépticos, incluyendo a San Pablo con la luz cegadora y estupor cerca de Damasco, Mahoma y los viajes al cielo y Juana de Arco con sus visiones y su sentido del destino. Swedenborg también cumple con el perfil. Se convirtió de forma abrupta, escribía como un adicto a la metanfetamina (el libro “Arcana Coelestia” tiene dos millones de palabras) y muchas veces se estremecía y caía inconsciente durante sus visiones. En ocasiones sentía como había “ángeles” que colocaban su lengua entre sus dientes para que se la arrancara de un mordiscos, un peligro bastante común durante las crisis epilépticas.

Pero al mismo tiempo, hay problemas para catalogar a Swedenborg y otro religiosos como epilépticos. La mayoría de los ataques tienden a durar segundos, como mucho minutos, no las horas que algunos profetas aseguran haber pasado en estado de trance. Y como un ataque temporal puede paralizar el hipocampo, que ayuda a la creación de recuerdos, muchos epilépticos del lóbulo temporal no pueden recordar sus visiones en detalle (Incluso Dostoyevsky caía en vagas descripciones cuando trataba de volver a relatar su visiones). Además, mientras que los trances de Swedenborg eran una mezcla de visiones, sonidos y olores en una embriagadora espuma celestial, la mayoría de los epilépticos tienen alucinaciones con un sólo sentido al mismo tiempo. Más aún, la mayoría de las auras epilépticas terminan resultando tediosas, produciendo la misma luz refulgente, el mismo coro de voces o los mismo aromas a ambrosía una y otra vez.

En conclusión, mientras la epilepsia bien pudo inducir las visiones, es importante recordar que Juana de Acro, Swedenborg, San Pablo y los demás, trascendieron su epilepsia. Con seguridad, nadie más que Juana de Arco hubiera podido capitanear a Francia, nadie más que Swedenburg hubiera imaginado ángeles comiendo mantequilla. Como cualquier tic neurológico, la epilepsia del lóbulo temporal no hace tábula rasa de la mente de alguien. Simplemente moldea y vuelve a dar forma lo que ya estaba ahí.

Extraído de “The Tale of the Dueling Neurosurgeons: The History of the Human Brain as Revealed by True Stories of Trauma, Madness, and Recovery” by Sam Kean. Copyright © 2014 by Sam Kean. Reprinted by arrangement with Little, Brown and Company. All rights reserved.

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