Archivo de la etiqueta: poesia

El exilio de los viernes


Me he desterrado de los viernes
y de tus ojos,
sin embargo nunca una ausencia
se me había parecido tanto,
tanto, al recuerdo.

Con el paso de los años
las heridas
son ahora rendijas
en vez de profundos pozos
en los que vivir tu exilio.

A fuerza de odiarte tanto,
tanto, he atravesado la línea
del cariño.

He querido abrazarte
y encuentro mis brazos vacíos.

Pero el tiempo
no significa olvido,
sino heridas menos profundas,
apenas arañazos.

He querido besarte
y no he hallado tus labios.

Me he desterrado de los viernes
que van de enero a diciembre,
pero no por eso
me siento más vacío.

Preferiría haberte odiado
con el exceso de la lujuria
que amarte
en presente simple,
pero a veces
no es posible aguantar tanto,
tanto, silencio.

La soledad del corredor de fondo


Me he acostumbrado
a la autosuficiencia normativa
que habita en tus ojos
para terminar tomando las riendas
de mis noches,
que tensas y relajas
para conducirme entre tus piernas,
acostumbradas a recorrer
burdeles y lupanares,
y calles solitarias
en las que el deseo
es moneda de cambio.

Me he acostumbrado
a las palabras gélidas
de tu ausencia,
a la distancia grosera y vasta
que, más que hacerme daño,
me ha inmunizado
contra el delirio.

Relajada la presión
entre mis sienes,
una vez que he corrido
hacia el precipicio de todos los apeaderos,
a todas luces
insuficientes para una maratón,
he llegado al recuerdo
con los párpados pesados
del cansancio,
pero también con la certeza
de que he elegido el camino
adecuado.

Conclusión (Haiku)


Los chicos guapos
mienten
cuando dicen la verdad.

De la lujuria como excusa


…tus largas piernas
atrapándome contra el asiento de atrás
de tu coche,
acatando las estrictas normas
de la lujuria.

La próxima vez
-si es que la hay
recuérdame
como ésta noche.

Con la espalda bañada de luna.

Con el alma náufraga.

Y tus labios en mi piel.

O mejor aún,
olvídame,
que el que juega al escondite
con el deseo
siempre se encuentra
con el desengaño.

Autocomplacencia


Me ves respirar
dormido
en la cama,
cuando sales del cuarto
y tus pies
te parecen
lo más real a lo que puedes asirte.

Sólo piensas en ti mismo.

Me ves respirar
mientras abandonas el cuarto
buscando retazos
de la noche anterior
con los que construirte
un recuerdo a medida.

Sólo piensas en ti mismo.

Me ves hundirme,
dormido,
en la cama,
buscas un salvavidas
que te arranque
del pecho
éste error.

Sólo piensas en ti mismo.

Y no sé reprocharte lo egoísta que eres.

Me ves hundirme
respirando en la cama
mientras la habitación queda lejos
y la mañana
hiere tus pupilas
con su amarga calidez.

Sólo piensas en ti mismo.

Y aún no sé cómo odiarte.

Despertar prematuro


Tan cansado de caminar
descalzo
sobre los cristales rotos,
como un mártir
de estampita
de tienda de baratillo,
que a veces
-sólo a veces-
me arrepiento
de haber tenido que tallar mis días
con buril y cincel.

Tan hastiado
de mirar tras el cristal
que me arrepiento
de haber olvidado cómo se respira.

Y ahora qué.

Otra vez el sueño
de un despertar prematuro.

Qué le voy a hacer
si no encuentro excusas
y no estoy seguro
de porqué amanece tan temprano,
de porqué puedo seguir solicitando
asilo,
acogiéndome a sagrado.

En fin.

No puedes intentar humillarme,
tan aburrido estoy
de tus contradicciones
que el alma ya no me duele.

El alma ya no me duele.

Excusas y trenes


Ando buscando
una excusa
que sirva para todo,
una forma de explicar
porqué siempre he odiado
las
líneas
rectas.

Ahora que he olvidado
todo lo que he aprendido
podré empezar
a olvidarte.

Pero qué le voy a hacer,
si mis heridas sangran
cuando las creía cicatrices,
si los trenes
salen a su hora
y yo sigo esperando
en el andén.

Los tiempos del ser


Ahora ya no soy como era
porque sé lo que viene
después del colorín colorado,
porque nunca he comido perdices
y ya sé
que lo del érase una vez
no va conmigo
-me da alergia -.

Ya no soy como era,
como he sido o como fui,
pero tampoco soy
como voy a ser
o como seré,
mucho menos como podría haber sido.

Ya no lo soy.

Pero no merece la pena llorar
o lamentarse.

No merece la pena jurar y perjurar
que he vuelto a dejar que me engañes.

No porque esté de vuelta de todo
-ni mucho menos-
sino porque hay piedras
en las que merece la pena
volver a tropezar para caer de nuevo.

Qué quieres que te diga;
nunca se me dieron bien
los finales felices.

Trapecista


He caído otra vez,
cuando creí que todo estaba atado
y el trapecio
parecía un columpio,
he vuelto a caer
pensando que todo era seguro,
cuando no sabía si salir de la cama
o lamerme las heridas
o mirarme al espejo
para decir «sólo soy yo».

He vuelto a caer
entre paradojas
y crueldades.

He caído otra vez.
Y sólo me queda rezar.

Instante polaroid


Seguirá siendo fría la aurora
cuando el destino
vuelva a reunirnos
y reconozcas mi cara
entre la multitud.

No podrás negarlo
porque tu condena será
no olvidarme.

Entonces pararás el tiempo.